martes, 28 de enero de 2025

Un deber ineludible

Habida consideración de que la mente controla el cuerpo, al Senado le corresponde dilucidar si los desequilibrios mentales que exhibe el que nos desgobierna podrían ser determinantes de una incapacidad física permanente que le impida permanecer en el cargo, según lo dispuesto por el artículo 194 de la Constitución.

Son de conocimiento público los conceptos de psiquiatras acreditados que aluden a rasgos psicóticos que evidencia el comportamiento del actual inquilino de la Casa de Nariño.

Para la muestra, los graznidos descocados que emitió el reciente domingo y la desvergüenza con que los defendió ayer lunes, lo que da muestra de una alarmante atonía moral.

En otras ocasiones me he referido a que es un individuo que frecuentemente incurre en actos que en un país decente podrían considerarse como constitutivos de indignidad por mala conducta en el ejercicio del cargo que ostenta, lo cual, según el artículo 175-2 de la Constitución Política, podría dar pie para su destitución.

Al Congreso, según el artículo 114 de la Constitución Política le compete ejercer control político sobre el Gobierno y la administración. Por consiguiente, el mal comportamiento del titular del Poder Ejecutivo debería ser asunto de interés prevalente de parte de los congresistas, que son los llamados en primer término a controlarlo.

Un principio básico de nuestra ordenación política es el del gobierno controlado y responsable. 

Me permito hacer al respecto algunas consideraciones sobre el modus operandi del gobierno vía X, antes Twitter, que nuestro gárrulo mandatario ha dado en ejercer sin tino ni medida.

Un principio fundamental del Derecho Público consagra el formalismo tanto en la acción gubernamental como en la administrativa. Ese formalismo indica que las decisiones en dichas esferas ante todo consten por escrito que debe ceñirse a cierto rigor, trátese bien sea de decretos, resoluciones órdenes, instrucciones, conceptos, etc., que es menester que vengan respaldados por las firmas de quienes los emiten.

El artículo 115 de la Constitución Política ordena, como regla general, que los actos presidenciales sólo tendrán valor y fuerza cuando sean suscritos y comunicados por el ministro del ramo respectivo o el director del departamento administrativo correspondiente, quienes por el mismo hecho se hacen responsables.

El titular del poder ejecutivo sólo puede obrar sin dicha exigencia cuando se trate del nombramiento o la remoción de ministros o o directores de departamentos administrativos, o de actos que expida en calidad de Jefe del Estado o de suprema autoridad administrativa.

Bien se ve que ello es excepcional y debe interpretarse de modo restrictivo.

Sería interesante que el Consejo de Estado examinase si la orden dada vía X para impedir el aterrizaje de aviones que transportaban nacionales colombianos que venían de regreso al país podía impartirse por fuera de toda formalidad y sin suscribirse y comunicarse por el ministro o director de departamento administrativo competente para ello.

La dialéctica que invoca el que nos desgobierna para actuar por medio de su teléfono celular no sólo revela ignorancia supina de ese recurso filosófico, sino de la normatividad que lo rige. Al fin y al cabo, poco cabe esperar de quien se formó precisamente desafiando el ordenamiento fundamental del país y se declara libertario contumaz.

No sobra observar que toda manifestación de voluntad, sea gubernamental o meramente administrativa, implica precisamente que se trate de voluntad libre de vicios y reflexiva. Debe, por consiguiente, examinarse si la orden de marras se expidió en estado de lucidez o, por el contrario, según se cree, en medio de un clima emocional dominado por la ingesta de alcohol o sustancias psicoactivas.

Los efectos, afortunadamente conjurados, de tamaño despropósito podrían haber sido catastróficos para el país si no hubieran sido objeto de atenta consideración de parte de funcionarios que merecen aplauso por la diligencia y el tino con que procedieron a enmendar el despiporre que en mala ora suscitó su superior.

Conviene agregar que las relaciones internacionales se desarrollan en medio de protocolos estrictos establecidos bien sea por la práctica o los tratados. El graznido con que el guache que nos desgobierna se dirigió al presidente Trump a las cuatro de la tarde del domingo pasado es de una ordinariez y tontería que para nada mejora nuestra imagen ante el mundo civilizado. Ha hecho bien el gobierno norteamericano en ignorarlo, pero es seguro que no lo olvidará.


   

sábado, 4 de enero de 2025

Alerta, colombianos

Las limitaciones físicas que me impone la avanzada edad dificultan mi asistencia cotidiana a la iglesia, motivo por el cual ya sigo la celebración de la misa a través de la transmisión televisiva de Magnificat TV, la estación de los Franciscanos de María, bien sea desde Roma o desde Madrid.

Los padres Santiago y Javier Martín suelen pedir en las eucaristías por las víctimas de las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela, países cuyos gobernantes han convertido en verdaderos infiernos.

Cuba, que es objeto de veneración del que nos desgobierna, sufre toda clase de padecimientos bajo la opresión de una minoría despiadada y rapaz. Aunque allá se dice que se garantiza la libertad religiosa, de hecho el régimen promueve el ateísmo y maltrata a los creyentes. Hace poco leí las declaraciones de un sacerdote católico que contaba que en su juventud le negaron el acceso a la universidad porque ésta sólo se reservaba a los revolucionarios. La opresión policial es la regla, sobre todo ahora que todo escasea en esa isla prisión.

Nicaragua está sometida al yugo de una pareja demoníaca. Es de público conocimiento que la brujería hace su agosto en ese desafortunado país. Su gobierno ha desatado una feroz persecución contra la Iglesia católica, pese a que fueron los jesuitas de la Teología de la Liberación los promotores de la revolución sandinista, según lo demuestra Ricardo de la Cierva en su importante libro "Las Puertas del Infierno", que trata sobre los ataques que en los últimos siglos ha sufrido la Iglesia y cómo ésta ha logrado defenderse.

El caso de Venezuela es atroz. Hace poco escribí sobre el régimen mafioso que impera en la Rusia de Putin. Nuestra nación vecina no se queda atrás. También una pandilla asesina y ladrona se ha enseñoreado allá, en donde ha desaparecido todo vestigio de Estado de Derecho y lo que impera es una despiadada arbitrariedad. Estamos a pocos días de saber si ese bravo pueblo podrá recuperar su libertad o continuará sometido a la ominosa tiranía de Maduro y sus copartícipes.

Nuestra región no ha madurado en lo que concierne a la política. Hace algo más de setenta años, cuando llegué al uso de razón, casi toda estaba dominada por dictadores que fueron cayendo uno tras otro en lo que se pensaba que venía en camino una primavera democrática. No ocurrió así. La violencia comunista suscitó reacciones dictatoriales en Brasil, Argentina, Chile, Uruguay y otros países.

Un gran libro de Germán Arciniegas que se reeditó hace poco, "Entre la Libertad y el Miedo", describe el drama de la democracia liberal en Nuestra América en la primera mitad del siglo pasado. Hoy recupera su actualidad, sobre todo cuando se consideran los citados casos de Cuba, Nicaragua y Venezuela. 

Nosotros padecemos hoy el desgobierno de un comunista recalcitrante y taimado que deplora la caída del muro de Berlín, le rinde culto a Mao Zedong y acaba de hacer el elogio de Castro. Fue asesor de Chávez y es in péctore correligionario de Maduro y sus matones, pero no se atreve a hacerse presente en el lastimoso evento de la posesión que proyecta para el próximo 10 de enero. Allá estará, sin embargo, su embajador, salvo que las circunstancias lo impidan.

No cabe duda del talante despótico del actual inquilino de la Casa de Nariño. Hará todo lo posible para permanecer ahí, aunque sea en cuerpo ajeno. Nos esperan momentos muy difíciles y es necesario que todos los que descreemos de las promesas del comunismo nos pongamos de acuerdo para hacerle frente a tamaña amenaza. No hay que prestar oídos sordos a los llamados que se vienen haciendo para salvar a nuestra patria, que hoy está en tan malas manos.

Hay que unir nuestras oraciones a las de las Franciscanos de María para que la Providencia obre liberándonos de caer en lo mismo de Cuba, Nicaragua y Venezuela.


lunes, 23 de diciembre de 2024

Dios a la vista

 Así titula un escrito de José Ortega y Gasset en el que posa su mirada más allá de la filosofía de la inmanencia que proclamó en "El Tema de Nuestro Tiempo" y vislumbra el mundo trascendente de que se ocupa la metafísica tradicional.

Ese mundo trascendente es el del ser eterno, que Edith Stein contrapone al ser finito, o el ser necesario que funda al ser contingente, asunto del que se trata con admirable lucidez Claude Tresmontant en "Cómo se plantea hoy el tema de la existencia de Dios".

Dado que la ciencia actual asume que el universo físico tuvo comienzo y tendrá fin, el suyo no puede considerarse como ser eterno y necesario. Éste, indudablemente, está más allá y condiciona el origen y el destino de aquél. La razón última no ubica en el mundo tangible, sino en la esfera de la trascendencia.

No obstante, para cierto pensamiento místico ese ser necesario y eterno es un Deus Absconditus, que se oculta y es, por ende, incognoscible.

La metafísica bíblica lo ve de otra manera. Siente su presencia y reconoce su acción sobre el mundo. El profeta Isaías lo anuncia: "He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel" (Isaías 7:14). Ese nombre significa Dios con nosotros (Mt. 1:23).

Pues bien, eso es lo que celebramos con efusión en estas fiestas navideñas: la llegada del Niño Dios, cuya enseñanza, en su madurez, nos da a conocer la verdad que nos hace libres y nos traza el camino de la bienaventuranza eterna. 

Lo anuncia el ángel a los pastores, según el relato de San Lucas: "No tengan miedo, pues yo vengo a  comunicarles una gran noticia, que será motivo de alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor. Miren cómo lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lc. 2, 10-12).

Agrega el Evangelista que acto seguido hubo una manifestación de seres celestiales que entonaron este canto de alabanza al Creador: "Gloria a Dios en lo más alto del cielo y en la tierra paz a los hombres: esta es la hora de su gracia" (Lc. 2, 14).

Nuestras creencias cristianas remiten a cuestiones profundas que desafían el sentido común, la racionalidad ordinaria, que se mueve, como reza un interesante libro de Jean Guitton, entre el absurdo y el misterio. Se apoyan, es cierto, en la fe, pero ésta no es arbitraria, pues se nutre de razones y de hechos plausibles, el principal de ellos, la existencia histórica de Jesús de Nazareth, que culmina con su muerte, su resurrección y su ascensión al Cielo, desde dónde vino. Lo que proclama san Pablo, un testigo de excepción, es decisivo: "Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe" (https://www.bibliadenavarra.com/2019/02/si-cristo-no-ha-resucitado-vana-es.html). Ese hecho histórico sustenta toda nuestra creencia.

El coro angelical que acompaña a la navidad entona una promesa de paz, que está en el núcleo de los Evangelios y es tema de las últimas manifestaciones del Resucitado a sus discípulos: "Paz a ustedes" (Mt. 28:9; Lc. 24:36).

La paz que se anuncia no consiste en la claudicación ante los violentos que promueve la "paz total" del que nos desgobierna, sino en un estado de armonía que fluye del ánimo de las personas, primero en su fuero íntimo, y luego en su vida de relación, hasta proyectarse en el escenario colectivo. Es la paz que trae consigo la presencia del Reino de Dios, que "está en medio de ustedes" (Lc. 17.21).

Cuando en el Padrenuestro rezamos "venga a nosotros tu reino", pedimos ante todo su presencia en nuestro interior, que trae consigo la serenidad para aceptar las cosas que no podemos cambiar, el valor para cambiar las que podemos y la sabiduría para reconocer la diferencia, tal como dice la preciosísima Oración de la Serenidad, quizás la segunda más recitada después del Padrenuestro.

Desde luego que es una paz inconcebible para mentes trastornadas y calenturientas en las que bullen los rencores, los resentimientos, las envidias y todos aquellos defectos de carácter que nos llenan de desasosiego. 

Es lástima que ahora que celebramos la presencia de Dios entre nosotros al festejar la natividad de su Hijo, el que nos desgobierna haya prescindido de mencionarlo al darle posesión al nuevo procurador general, al que juramentó ante el pueblo de Colombia y no ante Dios. Si la Constitución en su artículo 192 ordena que el presidente tome posesión diciendo "Juro a Dios y prometo al pueblo cumplir fielmente la Constitución y las leyes de Colombia", parece que todo funcionario deba someterse a la misma fórmula. Pero el actual inquilino de la Casa de Nariño parece que aspira a desalojar a Dios del espíritu público.

Feliz Navidad y venturoso año venidero es mi deseo ferviente para todos mis apreciados lectores.





viernes, 20 de diciembre de 2024

El Imperio de la Moral

"Matarife" se defiende de las acusaciones que se le han formulado por la obscenidad de sus trinos diciendo que ellos hacen parte de una obra literaria de su autoría y que sobre las obras de arte no proceden juicios morales.

Ello trae a mi memoria lo que leí hace tiempo en un libro acerca del arte contemporáneo, en el que se menciona un extremo de degradación al que se llegó cuando en una exposición en el MAM de Nueva York alguien exhibió un frasco que contenía un excremento humano como muestra de su creatividad.

Por supuesto que sobre lo que pretenda ser obra de arte caben ante todo juicios estéticos, a partir de los cuáles la producción del sujeto de marras sale muy mal librada, como acaba de salir en un concurso de vallenatos una producción de "Vulgarcito", ése que funge de ministro de Educación del fementido gobierno del cambio.

Pero la cuestión de fondo es la de si hay aspectos de la vida humana que son intocables para la moral, que lo mismo que el derecho, su pariente en el universo de las normatividades, se caracteriza por lo que con cierta prosopopeya se denomina la plenitud hermética, lo que significa que nada de lo humano le es extraño y todo lo nuestro da lugar a que se lo aplauda, se lo tolere, se lo desaconseje o se lo reprima.

Para una mejor comprensión del asunto, creo que conviene observar que los juicios morales se mueven por lo menos dentro de tres escenarios que pueden diferir entre ellos.

El primero toca con la moral social, la que se genera y trata de imponerse en la vida de relación. Es un dato sociológico fundamental: toda interacción humana produce reglas de conducta que en los ámbitos colectivos se clasifican como reglas de trato social o de buena educación, reglas morales y reglas jurídicas, que pueden imponerse mediante la coerción. Pues bien, hasta en las organizaciones criminales rigen normatividades tendientes a asegurar la fidelidad de sus integrantes. De hecho, cada cultura provee al grupo de reglas morales mediante las cuáles se trata de mantener la cohesión y ciertos modos de convivencia que la facilitan. Es claro que esos ordenamientos morales adolecen de relatividad, aunque, si bien se miran las cosas, parece posible advertir en todos ellos alguna uniformidad, tal como lo señalan no pocos pensadores eminentes. Esa uniformidad se basa en que, pese a sus diversas manifestaciones, hay una naturaleza humana de la que todos participamos y se exhibe en forma semejante en todo tiempo y lugar.

La moral social tropieza con resistencias individuales, pues a menudo nuestros congéneres deciden seguir sus propias valoraciones, que pueden no coincidir con las colectivas. No es exagerado afirmar que cada individuo se define por aquello en que cree y valora. Sartre decía que el hombre es lo que hace, pero el obrar humano depende de creencias y valoraciones que se albergan en el interior de cada cual. 

Todo individuo es moral a su manera. Las hay bastante disparatadas, por cierto, como la del taxista que me contó que tenía dos mujeres y al preguntarle cómo hacía para manejarlas, respondió: "Con mucha ética, señor: yo no le muestro mi novia a mi esposa".

El tercer escenario es mucho más profundo y decisivo que los de las moralidades colectivas e individuales. Hay quienes consideran, como Kant, que es el de la moral racional con pretensiones de universalidad. Pero los creyentes pensamos que es el de las relaciones con nuestro Supremo Hacedor. En todo caso, este escenario es el de las normatividades que procuran la realización plena de nuestra humanidad mediante la búsqueda de la excelencia. Son las reglas que trazan el camino que a Dios nos conduce, las que nos hacen mejores seres humanos y nos protegen de extravíos y degradaciones como las que exhiben "Matarife" y sus patrocinadores en el alto gobierno.

La primorosa restauración de la catedral de Notre Dame en París ilustra sobre cómo la búsqueda de la excelencia nos lleva a escenarios celestiales. Hace tiempo leí en los comentarios sobre alguna obra musical que en el Concilio de Trento se discutió si la polifonía que reemplazaba al canto llano era adecuada para alabar al Señor. Se pensaba que distraía a los oyentes, pero se llegó a la conclusión de que no era inadecuada para la liturgia católica. La excelsitud de esta era apreciada hasta por los no creyentes. Recuerdo a propósito de ello que un nutrido y selecto grupo de personalidades de la cultura, entre las que figuraba nadie menos que el muy célebre Yehudi Menuhin, considerado como el violinista del siglo XX, se dirigió al entonces papa Pablo VI abogando por la conservación de la misa tradicional, la que engalanaron Bach con su Misa en Si Menor o Beethoven con su Misa Solemne. 

A propósito, se dice que Beethoven consideraba que esta era la expresión más elevada de su arte musical. "El Secreto de Beethoven", una película que vi hace años, apoya la tesis de que el más grande compositor de todos los tiempos buscaba en sus últimas obras, los célebres cuartetos finales, llegar hasta el umbral de la Divinidad.

Nada que ver, por supuesto, con lo que "Matarife" y "Vulgarcito" pretenden que es el arte.


sábado, 14 de diciembre de 2024

Palabras bastas

"Prendido como un arbolito de navidad", según dicho de la representante Carolina Arbeláez, el que en mala hora nos desgobierna pronunció en Barranquilla un discurso alebrestado que puso de manifiesto sus torpes conceptos sobre temas tan delicados como la libertad y el amor, con el propósito de defender el nombramiento de un fementido escritorzuelo que aspira al cargo de embajador ante el reino de Tailandia.

A mis estudiantes solía ponerles de presente las severas dificultades que suscita la cuestión de la libertad, respecto de la cual se discute acerca de en qué consiste en últimas, cuál es el concepto que mejor la refleja, cuáles son las condiciones sociales que la hacen posible y, "last but not least", cuál es en definitiva su valor.

A la luz de la tradición judeo-cristiana la libertad no es un fin en sí misma, sino un medio, si bien un instrumento ciertamente excelso para la realización cabal de la persona humana. Pascal consideraba que el hombre no es ángel ni bestia. La libertad rectamente entendida puede elevarlo a la dignidad de aquél, pero mal ejercida tiene la virtualidad de arrojarlo al cenagal de la bestialidad. A mis discípulos les decía que la libertad puede hacer de nosotros un san Francisco de Asís o una santa Teresa de Calcuta, pero también puede convertirnos en un Tirofijo o una atroz Rosario Tijeras.

El cristianismo oriental pone énfasis no sólo en la santidad, sino en lo que a ésta caracteriza, que es la divinización del ser humano, un propósito que lo lleva ante la presencia de Dios. Es tema que ha tratado con singular maestría Claude Tresmontant en "L'Enseignement de Ieschoua de Nazareth", libro del que he extraído invaluables enseñanzas. Según Tresmontant, el Evangelio contiene una verdadera ciencia cuya aplicación nos eleva a la condición de hechuras de Dios a su imagen y semejanza.

Los que consideran que la libertad no es un medio, sino que ella en sí misma es del todo valiosa, son incapaces de discernir sus aspectos positivos y los negativos. Es la postura de los emancipatorios o libertarios, que le asigna el mismo valor a quien se sirve de ella para avanzar hacia la santidad y al que se aplica al libertinaje, como el demoníaco Don Giovanni de Mozart o el perverso protagonista de "La carrera del libertino", de Stravinsky. 

Nuestro desafortunado Profeta Apocalíptico y Líder Galáctico posa de pensador, pero en realidad sufre una deplorable confusión de conceptos, como puede observarse en lo que proclama sobre el amor, concepto central de la enseñanza cristiana acerca de la vida espiritual, que también puede devaluarse hasta el punto de identificarlo con la relación meramente carnal, así sea consentida por las partes que entran en ella. 

Vengo de leer en el muy interesante libro del padre Carlos Martins, "The Exorcist Files", cómo a través del ejercicio de la sexualidad concebida sólo desde su aspecto sensual y despojada de ese profundo sentido espiritual que, según lo proclaman el Génesis y el Evangelio mismo, hace que el hombre y la mujer lleguen a ser "la misma carne", vale decir, perfecta unidad de varón y hembra, se convierta en un aterrador instrumento de posesión diabólica. Mantengo presente lo que hace tiempos leí atribuido a Sófocles acerca de que el apetito sexual, que tanto pondera el depravado que nos desgobierna, "es un amo cruel y avasallador" o, en palabras de Discépolo, "el viejo enemigo que enciende castigos y enseña a llorar" ("Canción desesperada"  https://www.youtube.com/watch?v=u0ausf7_RoQ)

He señalado en otras partes que estamos en poder de un energúmeno que en su insensato discurso de marras pone de manifiesto que lo dominan por lo menos cuatro de los siete pecados capitales, a saber: la soberbia, la ira, la lujuria y la envidia.

Discrepo de la nota de "El Colombiano" que le reconoce que por lo menos es un gran orador (vid. https://www.elcolombiano.com/colombia/petro-desatado-en-sus-discursos-chequeo-a-sus-mentiras-y-agresiones-PC26060861). Sus peroratas cantinflescas no pueden compararse con las preclaras oraciones que le dieron lustre en el pasado al foro colombiano. Si ellas se acercan al clasicismo, lo de ahora es ni más ni menos que raggaetón de la peor clase.


lunes, 2 de diciembre de 2024

Sólo por la gracia de Dios

El extravagante Benedetti pisa terreno movedizo al jactarse a los cuatro vientos de la enésima recuperación de su insaciable apetito por el alcohol y la droga.

Se presenta ahora como un alcohólico y drogadicto recuperado de dos adicciones que combinadas son calamitosas a más no poder.

Hoy es frecuente que el alcohólico acuda a la cocaína para pasmar la borrachera y seguir bebiendo como macho asoleado, sin percatarse de que la conjunción del licor y la droga conduce más rápidamente a la destrucción física, anímica y social del adicto.

Es posible que haya variados métodos para tratar las adicciones, pero todos ellos exigen un cambio de vida, partiendo de la transformación interior de la persona.

Es bien sabido que la sola voluntad de modificar las actitudes y los hábitos no es suficiente. Esa voluntad tiene que reposar sobre la humilde aceptación de la derrota, que es lo que se llama tocar fondo, y la entrega a un poder superior que se identifica con Dios como cada quien lo conciba. 

Es la acción de ese poder superior lo que logra contrarrestar la en principio irresistible inclinación que producen esas adicciones.

Para que ello surta efectos duraderos son muchos los cambios que hay que aceptar en la vida cotidiana. Dentro de esos cambios están el reconocimiento y la corrección de los defectos de carácter que favorecen las adicciones.

Es todo un programa vital que, por ejemplo en AA, se resume en los 12 pasos, a saber:

1. Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables. 2. Llegamos a creer que un Poder superior a nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio. 3. Decidimos poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, como nosotros lo concebimos. 4. Sin temor hicimos un minucioso inventario moral de nosotros mismos. 5. Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos, y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros defectos. 6. Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que Dios nos liberase de nuestros defectos. 7. Humildemente le pedimos que nos liberase de nuestros defectos. 8. Hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos ofendido y estuvimos dispuestos a reparar el daño que les causamos. 9. Reparamos directamente a cuantos nos fue posible el daño causado, excepto cuando el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o para otros. 10. Continuamos haciendo nuestro inventario personal y cuando nos equivocábamos lo admitíamos inmediatamente. 11. Buscamos a través de la oración y la meditación mejorar nuestro contacto consciente con Dios como nosotros lo concebimos, pidiéndole solamente que nos dejase conocer su voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para cumplirla. 12. Habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratamos de llevar el mensaje a los alcohólicos y de practicar estos principios en todos nuestros asuntos.

La rehabilitación del alcohólico y el drogadicto se puede coadyuvar con tratamientos médicos y terapias conductuales, pero en rigor sólo puede lograrse de modo duradero mediante la acción sanadora del espíritu.

Ojalá que Benedetti tome atenta nota de ello. No es la primera vez que hace gala de sus intentos de recuperación. Ya hace algún tiempo la había pregonado dando gracias a su madre y, si mal no recuerdo, hasta a la Santísima Virgen. 

Los alcohólicos y drogadictos que no siguen lealmente sus programas de recuperación recaen fácilmente y, a menudo, las recaídas son cada vez peores.

Una de las condiciones para evitarlas consiste en alejarse de malas compañías, como las que seguramente habrá de encontrar en el ambiente deletéreo que reina en la Casa de Nariño.

Dios no lo quiera, allá habrá ambiente propicio para volverle a escuchar las horribles palabrotas con que ha acostumbrado a acompañar sus desafueros verbales.

Hay que reiterarlo: la soberbia, la vanagloria y la jactancia no son convenientes para llevar a cabo un programa eficaz de recuperación de las adicciones. La mejor compañía es la aceptación humilde de los defectos de carácter que las estimulan y la fe en la acción sanadora de la gracia de Dios. Hay que ponerlo todo en sus santas manos.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

El Aborto: ¿Derecho fundamental o crimen contra la humanidad?

Es la pregunta que formula el profesor emérito Dr. Bernard Splitz en un valeroso escrito que publicó recientemente Belgicatho (vid. http://www.belgicatho.be/archive/2024/11/15/l-avortement-entre-droit-fondamental-et-crime-contre-l-human-6523054.html).

La cuestión del aborto es una de las más debatidas en los tiempos que corren. La opinión pública está fuertemente dividida en torno suyo. No cabe duda de lo que este asunto pesó, por ejemplo, en las elecciones norteamericanas que dieron lugar a la confrontación entre las propuestas abortistas de Biden y la candidata perdedora Harris, y las contrarias, algo matizadas, de Trump.

Hace poco se aprobó en la Constitución francesa una iniciativa que consagra el derecho fundamental al aborto. Entre nosotros esta idea no ha hecho carrera en el Congreso, pero de hecho la Corte Constitucional la ha introducido en nuestro ordenamiento jurídico. 

¿Se trata de veras de un derecho fundamental?

La figura de los derechos fundamentales está en el núcleo del constitucionalismo liberal. Es una de las conquistas más significativas del liberalismo, pero a decir verdad no constituye un aporte del todo original suyo, pues aparece en las grandes tradiciones religiosas y particularmente en el cristianismo. No obstante, a los liberales les debemos el haberla destacado dentro del ordenamiento político a punto tal que éste gira a su alrededor. El derecho fundamental pesa sobre todo el aparato del Estado y goza de protección reforzada a través de múltiples mecanismos.

La consagración de los derechos fundamentales en sus comienzos amparaba un listado más o menos preciso y estricto, pero con el tiempo se lo ha engrosado de tal modo que hoy puede considerarse que se trata de una categoría elástica y quizás arbitraria que comprende contenidos bastante disímiles. Pensemos en que nuestra Corte Constitucional la ha ampliado hasta el punto de considerar que gozamos del derecho fundamental de tener mascotas en nuestras unidades residenciales.

El célebre profesor Villey censuraba en sus lecciones de Filosofía del Derecho la hipertrofia de tan significativa institución, deplorando a la par no sólo sus inconsistencias, sino su amoralidad. El pensamiento católico denuncia por su parte los falsos derechos fundamentales, sobre todo en lo atinente a las costumbres sexuales.

En la Declaración de Independencia de los Estados Unidos se invoca a Dios como fuente última de los derechos fundamentales. Éstos, por consiguiente, deben ejercerse en sintonía con la Ley Eterna que se manifiesta en el orden natural y, desde luego, en la Revelación. Lo mismo podría predicarse de nuestro ordenamiento constitucional, que se expidió invocando la protección de Dios. Pero la descristianización de los últimos tiempos, que ha dado paso a un ateísmo beligerante, ha privado a los derechos de su elevado y sólido fundamento, para sustentarlos en último término en los deseos humanos que surgen de las pulsiones que mandan en nuestro interior. El "seréis como dioses" que prometió el tentador según el libro del Génesis 3:5 no nos ha divinizado. No nos hemos convertido en dioses, pero hemos elevado nuestros apetitos a tal categoría, en especial los más desordenados.

Al igual que en las depravadas sociedades de la Antigüedad, la nuestra ha endiosado el deleite venéreo. La Revolución Sexual tiene como leitmotiv el desenfreno, la eliminación de toda restricción del deseo, la superación de los supuestos tabúes que ponían coto a las pulsiones carnales. Una de sus ideas consiste en desvincular la relación sexual no sólo de la procreación, sino de la unión amorosa que hace de los copartícipes una sola carne. Y arremete contra la función maternal de la mujer, que genera vida y conserva las sociedades.

El aborto se mira como un control eficaz del crecimiento poblacional, lo que da lugar al desastroso invierno demográfico que ya hace estragos en muchas latitudes. Lo sufren China, Japón, Corea del Sur, Cuba y los países europeos, entre otros. Colombia ya va por ese camino. No cabe duda: ocasiona el suicidio de la civilización.

De hecho, el aborto es la principal causa de muerte en la actualidad. Se considera que acarrea la muerte de unos setenta millones de seres humanos cada año. Pero los abortistas se empeñan en sostener que a los no nacidos se los contabilice como seres humanos. Este es el motivo por el cual la autoridad de la regulación de lo audiovisual en Francia acaba de sancionar con una gravosa multa a una emisora de televisión que informó que el aborto constituye hoy la mayor causa de mortalidad en el mundo. Sostienen que es tendenciosa la noticia que considera como seres humanos a los productos de la concepción. ¿Qué son, entonces? ¿Carecen de ADN? ¿Son meros amasijos celulares? (vid. http://www.belgicatho.be/archive/2024/11/25/france-100-000-euros-d-amende-apres-qu-une-chaine-de-televis-6524439.html).

En otras oportunidades he señalado que para entender el aborto hay que considerar qué se aborta, cómo se aborta, por qué se aborta y para qué se aborta. Cuando se entra en detalles sale uno espantado.