lunes, 22 de abril de 2019

Paz a los hombres de buena voluntad

En política, al igual que en muchas otras esferas de la acción humana, esta se juzga más por los resultados que por las intenciones.

Partamos de la base de que Juan Manuel Santos estuvo animado de las mejores intenciones al emprender como presidente de los colombianos lo que ahora llama en un libro que acaba de publicar la batalla por la paz.

Logró, es cierto, firmar un acuerdo con las Farc y algunos resultados aparentemente satisfactorios, tales como la desmovilización de varios de sus frentes, la reinserción de un número aún no bien establecido de guerrilleros a la vida civil, la conversión de las Farc en partido político, la entrega parcial de armamento y bienes de esa colectividad subversiva, y otros más.

Pero los aspectos negativos de la empresa política de que se ufana quizás contrarresten los positivos.

Lo más contundente es lo que José Alvear Sanín llama el entramado del narcoestado (vid. http://www.lalinternaazul.info/2019/04/22/el-entramado-del-narcoestado/). Con probablemente 250.000 hectáreas de cultivos de coca, que crecieron en forma acelerada a lo largo del proceso de negociaciones con las Farc, nos convertimos en el primer productor mundial de cocaína. El legado más nítido de Santos es ese: nos dejó convertidos en un narcoestado.

El conflicto armado cesó con parte de las Farc, no con todos sus efectivos. Y, según la Cruz Roja, en Colombia persisten al menos cinco conflictos armados internos: con el ELN, con el EPL, con las Autodefensas Gaitanistas, con los disidentes de las Farc y el conflicto entre el ELN y el EPL (Vid. https://www.aa.com.tr/es/mundo/cruz-roja-asegura-que-en-colombia-persisten-cinco-conflictos-armados-internos/1432953).

En realidad, la lista podría ampliarse, pues ya se habla de que los narcotraficantes mexicanos y los brasileños se preparan a entrar en la liza para obtener el control del jugoso negocio de la droga, que no solo se nutre de la demanda exterior, sino también del consumo interno. A alguien le oí decir en estos días que en cada cabecera municipal hay por lo menos una "olla". Basta con considerar la incontenible violencia que azota al Valle de Aburrá para darse cuenta de la magnitud del problema.

El presidente Trump quizás se refirió hace poco en términos desconsiderados a su colega Duque, pero no se le puede negar que tenía toda la razón: la droga sigue llegando al mercado norteamericano en cantidades superiores a las de antes. Ello, porque nuestro gobierno tiene las manos atadas para controlar efectivamente su producción. Lo ata el NAF, como también un fallo sospechoso de la Corte Constitucional, fuera de las limitaciones inherentes a su propósito de instaurar el imperio de la ley en un territorio tan extenso y difícil como es el nuestro, así como en una población tan heterogénea y refractaria a las normatividades que lo habita.

Para suscribir el NAF y ponerlo en vigencia, Santos se llevó de calle nada menos que la institucionalidad. En rigor, socavó la Constitución y perpetró no uno sino varios golpes de Estado en contra suya. 

Lo más grave fue que perdió de vista los presupuestos morales de la edificación de la paz y dejó una opinión ásperamente dividida en torno de ese noble propósito. 

La idea de cumplir sin modificación alguna lo que se estipuló con las Farc suscitará nuevos y quizás más hondos conflictos en la sociedad colombiana, como ya se está viendo con la impunidad que la JEP cree garantizar para sus crímenes atroces.

El llamado Himno de los Ángeles, en el que estos celebran el nacimiento del Hijo de Dios (Lc. 2,14), vincula la idea de la paz con la de buena voluntad:"Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad".

Dejando de lado las discusiones filosóficas sobre el contenido y el alcance de este concepto, hay que admitir que sin buena fe, sin espíritu de justicia, sin lealtad de las partes, sin el propósito de llegar a acuerdos que en lo fundamental sean aceptables para todas ellas, la paz es ilusoria. 

Un sector considerable de la opinión pública colombiana cree que el NAF no es un acuerdo de paz, sino una claudicación de las autoridades  frente a un grupo criminal que pretende obtener el poder para instaurar un régimen totalitario y liberticida entre nosotros.

El modo como han obrado las Farc no contribuye a despejar esa creencia, pues insisten en su adhesión a los postulados del marxismo-leninismo y su carácter de organización revolucionaria. ¿Es posible entonces un acuerdo sobre lo fundamental con quienes de entrada niegan los principios de la democracia pluralista y afirman su propósito de destruirla, así sea por vías aparentemente legales?

Habla la prensa sobre un gran número de colombianos que están pidiendo nacionalidad o residencia en el exterior, por miedo a que este gobierno fracase y en 2022 gane las elecciones un candidato como Petro. Hay, en efecto, miedo en muchos sectores de la población, y ello no es positivo. Del miedo se siguen, como lo muestra elocuentemente la historia, muchas calamidades. 

Lo que se requiere hoy es un acuerdo que suscite la esperanza en el ánimo de los colombianos. Para lograrlo, hay que superar el sectarismo ideológico que domina a las Farc, su revanchismo, su idea delirante de refundar a Colombia, su insistencia en que se les garantice la impunidad por todo lo que hicieron, su propósito de persistir en el abominable negocio del narcotráfico, etc. Solo si de parte de las Farc se producen gestos generosos podrán sus dirigentes esperar lo mismo de quienes hoy les temen y hasta los odian.

Buena voluntad, en síntesis, es lo que debe animar a los protagonistas de la política para que reine la convivencia civilizada entre nosotros. Vuelvo sobre un tópico que traté en pasada oportunidad: el nuestro es, en el fondo, un problema de civilización. Si no nos ponemos de acuerdo para resolverlo, continuaremos sumidos en la barbarie.

miércoles, 17 de abril de 2019

Semana de reflexión

Estos días que conmemoran la pasión, la muerte y la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo invitan a reflexionar sobre su significado para la historia de la humanidad, la vida de las sociedades y la experiencia personal de cada uno de nosotros.

Si verdaderamente era el Hijo de Dios que vino al mundo para dar testimonio del amor del Padre, liberarnos de la opresión del pecado y enseñarnos un camino cierto de vida eterna, no cabe duda de que se trata del personaje y los acontecimientos más importantes de la historia, y así lo hemos creído sus fieles a lo largo de casi dos mil años en todas las latitudes.

Pero suponiendo que era apenas un iluminado que, al igual que otros muy significativos, ofreció unas enseñanzas, dio unos testimonios de vida e inició un muy influyente movimiento religioso que se ha extendido por todo el mundo, su dimensión histórica no podría sernos indiferente, ya que su ejemplo y sus enseñanzas han inspirado dos grandes civilizaciones, la cristiana occidental y la bizantina, y está ejerciendo renovada influencia en África y Asia.

Hay una cosmovisión cristiana inspirada en el Evangelio que se ha proyectado en las instituciones, las normatividades, la política, el pensamiento, el arte, la literatura, la arquitectura, la ciencia, la educación, las costumbres y, en fin, la vida cotidiana de muchos pueblos.

Aunque ahora se pretende ignorarla, demeritarla y hasta erradicarla, ahí está aún vigente y dando muestras de su fuerza civilizadora. No se puede negar, sin embargo, que es una cosmovisión que postula un ideal no realizado y quizás irrealizable, pues se trata nada menos que de hacer que venga a nosotros el Reino de Dios, que no es de este mundo. Es un ideal que postula que es necesario superar nuestra naturaleza en aras de la trascendencia del espíritu. Puede haber sociedades que acerquen más unas que otras a su realización, pero de ninguna se puede afirmar, como bien lo dijo Chesterton, que sea auténticamente cristiana.

Paul Ricoeur ha dicho que toda civilización surge de un impulso hacia lo alto. Y las de más elevadas miras, pero también las más difíciles, son precisamente las que se inspiran en la cosmovisión cristiana.

En otra ocasión me he preguntado sobre lo que sucedería si en la vida colectiva desaparecieran del todo los valores que promueve el cristianismo. Por ejemplo, ¿qué sería de la fecunda idea de la dignidad de la persona humana si la desconectásemos de sus raíces evangélicas? ¿Qué pasaría si en las relaciones interpersonales desapareciera el valor de la caridad? ¿Qué sería de cada uno de nosotros si abandonásemos, como reza la entrada al infierno de Dante, toda esperanza? ¿Podemos darle sentido a nuestra vida si perdemos del todo la fe en algo superior a lo que consideramos útil o meramente deleitable? ¿Qué valor tendría nuestra libertad si la desligáramos del amor, asunto del que trata una preciosa conferencia de Gustave Thibon que encontré por casualidad en mis frecuentes navegaciones por la red ? (Vid. http://www.fundacionspeiro.org/verbo/1980/V-189-190-P-1159-1169.pdf)

Pero más que a la configuración de las sociedades, el mensaje evangélico se dirige a cada uno de nosotros para ordenar nuestra interioridad y nuestras relaciones interpersonales. Es un mensaje de conversión que nos llama a modificar nuestras actitudes y nuestros comportamientos, así como a relacionarnos amorosamente con nuestro prójimo. De ahí se sigue el mejoramiento de la sociedad: esta cambia para bien en la medida de la transformación de cada uno de nosotros.

La edificación del Reino de Dios parte de nuestras disposiciones íntimas y va cobrando forma en nuestra vida de relación a través del ejemplo, la abnegación en el servicio, la ayuda desinteresada a los demás, la cooperación, el desapego a los bienes terrenales, y todo aquello que entraña la idea de la santidad: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt. 5:48).

Es todo un programa de vida en extremo difícil de llevar a cabo. Implica negarnos a nosotros mismos. Cuando creemos haber alcanzado ciertas metas así sean parciales y hasta menudas en ese camino de perfección, cualquier acontecimiento inesperado puede afectarlas y producir retrocesos, como sucede con una decepción amorosa, un fracaso que nos humilla, una enfermedad que nos doblega, un tropiezo que nos desanima, una ofensa que nos hiere y pone a prueba nuestra disposición de perdonar de modo tal que seamos capaces de amar a nuestros enemigos, etc. Solo por la gracia de Dios nos es dable superar estas dificultades y transitar hacia esos estadios avanzados de la vida espiritual.

El cristiano es un ser que anda en contravía de la sociedad que lo rodea. Esta constituye uno de sus tres grandes enemigos: el mundo. Suele presionárselo para que se adapte a sus dictados, cuando su misión es desafiarlo y transformarlo. El gran desafío se da cuando Nuestro Señor Jesucristo se entrega al suplicio de la cruz. A partir de ahí, cada uno de nosotros ha de estar dispuesto a tomar su cruz y seguirlo. Pero son sacrificios  que dan frutos de redención en muchos sentidos.

Muchos pasajes evangélicos nos ponen a prueba, obligándonos a reflexionar seriamente acerca de la vida que llevamos. Pienso al azar en parábolas como la del Buen Samaritano, el Hijo Pródigo, el Pobre Lázaro, la Oración del Publicano, la Dracma Perdida, el Óbolo de la Viuda, los Jornaleros de la Última Hora,  etc. o en episodios como el de la Mujer Adúltera, el Buen Ladrón, el Joven Rico y tantos otros que nos confrontan con nosotros mismos.

¿Nos aprisiona la buena conciencia del fariseo que en su oración se declara satisfecho por sus muestras exteriores de virtud? ¿Creemos tener derecho a ocupar los primeros puestos en el banquete celestial? ¿Nos sentimos mejores que nuestros semejantes? ¿Qué nos espera al hacer el tránsito de esta vida mortal a la eterna? ¿Qué podemos mostrarle al Señor que sea verdaderamente meritorio?

Pienso en esto a menudo y viene a mi memoria el recuerdo de mi madre agonizante que temía presentarse ante Él con las manos vacías, ella que hizo bien por doquiera.



 


sábado, 13 de abril de 2019

Colombia:¿un país ingobernable?

Cuando se expidió la Constitución de 1991, mi amigo José Alvear Sanín promovió la publicación de 12 ensayos sobre la misma y me hizo el honor de pedirme que escribiera el primero de ellos, en el que sostuve que ese que denominé el Estatuto del Revolcón contenía ingredientes susceptibles de hacer ingobernable a Colombia.

El próximo 4 de julio se cumplirán 28 años de la comedia en que Álvaro Gómez Hurtado, Horacio Serpa y Antonio Navarro dijeron a voz en cuello en cacofónico trío que expedían, sancionaban y promulgaban la carta de navegación dizque para un futuro promisorio en el que se harían realidad todos los sueños de este desventurado país.

Dije, y me ratifico en ello, que era de cierto modo la Constitución de Escalona, pues habían levantado una casa en el aire, que por cierto les quedó en obra negra y llena de remiendos. La que consideraron como obra perfecta e imperecedera, al cumplirse 27 años de su entrada en vigencia ya había sido objeto de 46 reformas (vid. https://www.lanacion.com.co/2018/07/08/a-los-27-anos-de-la-constitucion/), a las que siguieron las relacionadas con el NAF, con las que de hecho se la ha sustituído. No en vano ha observado Jorge Humberto Botero que el texto de ese acuerdo con las Farc, tal como lo refrendó el Congreso en acto a tudas luces irregular y lo legitimó la Corte Constitucional en decisiones más irregulares todavía, tiene todos los visos de una Supraconstitución inmodificable a lo largo de los tres períodos presidenciales subsiguientes a su firma (Vid. https://www.semana.com/opinion/articulo/acuerdo-de-paz-con-las-farc---columna-de-jorge-botero/609125).

Si la Constitución que se expidió en 1991 formalizó un acuerdo que saciara el apetito del M-19, protagonista del peor episodio de nuestra historia, que lo es el Holocausto del Palacio de Justicia, lo que ahora rige por obra y gracia de la claudicación de todos los poderes públicos coloca a la más sanguinaria y despiadada pandilla criminal que ha pisado el suelo patrio en el umbral del poder para que lleve a efecto su proyecto totalitario y liberticida.

En efecto, todo ahí está pensado para que los criminales de las Farc gocen de impunidad, se organicen políticamente bajo la protección de las autoridades, laven su imagen a través de la manipulación de la Memoria Histórica, la Verdad y la Justicia, gocen de libertad de acción para desestabilizar las instituciones invocando la movilización y la protesta populares, capitalicen la acción social del Estado en beneficio del sector rural, consoliden su poder económico por medio del narcotráfico, etc.

El funesto episodio de la "minga" que acaba de paralizar al suroccidente colombiano a lo largo de casi un mes es muestra fehaciente de lo que se avecina. Los agentes de la subversión gozan de la garantía de que sus desmanes no serán reprimidos ni castigados y, por el contrario, darán para ellos los frutos esperados. El gobierno, impotente para hacer valer sus prerrogativas, se siente bien servido porque no hubo el derramamiento de sangre que esperaban los subversivos para desacreditarlo ante el mundo. Se evitó la masacre que ellos esperaban, pero a costa del desquiciamiento de la autoridad.

Este es, en efecto, uno de los grandes males que aquejan a Colombia y la hacen, como digo, ingobernable. Una opinión mal orientada tiende a censurar el ejercicio de la autoridad, ignorando que sin el cabal ejercicio de la misma no puede haber orden ni garantía alguna de seguridad para los derechos más elementales que debe proteger una sociedad civilizada. 

El imperio de la ley ha desaparecido entre nosotros. Los asesinos, los corruptos, los narcotraficantes, los azuzadores, los degenerados, en fin,  los depredadores de todo género, obran a sus anchas porque saben que una ciudadanía desorientada por una prensa mercenaria no está dispuesta a apoyar a las autoridades cuando estas se apliquen a conservar y restaurar el orden social. 

Alguna vez leí un escrito del finado Alberto Aguirre, que en el fondo era un anarquista, en el que citaba un texto de Lévi- Strauss: "La civilización es un reglamento". Pues bien, si queremos hacer de Colombia una sociedad civilizada tenemos que empezar por que sea gobernable, es decir, por la consolidación de la autoridad. Ese es el punto de partida. Si lo desconocemos, todo andará al garete.

lunes, 11 de marzo de 2019

Estado de Derecho y Democracia en Colombia

Sendos artículos publicados en El Colombiano la semana pasada, de Alberto Velásquez Martínez (https://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/estado-de-derecho-KB10330912) y Armando Estrada Villa (https://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/estado-de-la-democracia-en-el-mundo-LC10309471), invitan a reflexionar sobre la situación del Estado de Derecho y la democracia entre nosotros.

El primero comenta un estudio de World Justice Project según el cual nuestro país empeora cada año en los índices de credibilidad y efectividad de su institucionalidad jurídica. El segundo ubica la nuestra dentro de la categoría de las democracias imperfectas,"donde los requisitos se cumplen a medias con elecciones libres y justas, respeto a los derechos civiles y políticos y reconocimiento del pluralismo, pero arrojan bajos niveles de participación, cultura política poco desarrollada y deficiencias en la gobernabilidad. "

Lo vengo diciendo desde hace tiempos: en Colombia ha desaparecido el Estado de Derecho. La juridicidad es una mera apariencia, pues las altas Cortes la manejan a su amaño, prevalidas de la ausencia de controles eficaces para sancionar sus escandalosos prevaricatos. De hecho, padecemos una ominosa dictadura judicial que se ha llevado de calle la separación de poderes que es de la esencia de un régimen que merezca ser catalogado como constitucional. 

La Constitución ha dejado de ser el referente supremo de la normatividad jurídica y la acción estatal, pues su contenido lo fija ad libitum la Corte Constitucional, que la pone a decir lo que ella quiera. Cinco magistrados que hagan mayoría sustituyen la voluntad del electorado, del Congreso o del Gobierno, sin asumir responsabilidad alguna por sus decisiones.

A ello se añade el fenómeno repugnante a más no poder de la conformación de  verdaderas pandillas criminales, los cárteles de togados que actúan en la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia y, a la luz de lo que hace poco se ha sabido, también probablemente en el engendro monstruoso de la JEP, sobre la que acaba de publicar un impactante artículo Saúl Hernández Bolívar (Vid. http://saulhernandez.co/2019/la-putrefacta-justicia-especial-para-las-farc)

Habida consideración de la pésima experiencia del gobierno del presidente Uribe Vélez en su confrontación con la Corte Suprema de Justicia, que le hizo la más descarada de las oposiciones, el gobierno actual se ha mostrado cauteloso en sus relaciones con los diferentes órganos jurisdiccionales. Pero tarde o temprano llegará el momento de enfrentarlos para ponerlos en cintura. 

Esta crisis puede dejarse sin solución en el corto plazo, pero en el mediano o en el largo terminará desquiciando el orden institucional y habrá que buscarle remedio.

La crisis de la democracia colombiana va de la mano con la del Estado de Derecho. 

El estudio que cita Estrada Villa clasifica los regímenes políticos en democracias plenas, democracias imperfectas, regímenes híbridos y regímenes autoritarios. Estos últimos desconocen totalmente los principios democráticos, tal como sucede por ejemplo en Venezuela, Cuba, Nicaragua, Rusia y China, es decir, en países de orientación comunista o que sufren la influencia de su vieja adhesión a dicha ideología.

Los rangos extremos de esta clasificación corresponden a la polaridad que enfrenta la democracia pluralista y la totalitaria, que fue objeto hace algo más de medio siglo de unas lúcidas lecciones de Raymond Aron en la Sorbona.

Hay consenso en Colombia acerca de la imperfección de nuestro régimen democrático. Pero muchos de sus críticos, consciente o inconscientemente, parecen inclinarse hacia la democracia totalitaria al estilo castro-chavista. Así las cosas, cuando en el NAF se habla de profundizarla, el modelo implícito que se tiene en la mira es el de las fenecidas democracias populares, que más que de corte autoritario eran totalitarismos mondos y lirondos.

Desafortunadamente, la democracia pluralista, de corte netamente liberal, no es de buen recibo entre nuestros intelectuales, porque la gran mayoría de ellos se han formado dentro de los cánones del marxismo que a lo largo de años ha sido la ideología predominante no solo en los establecimientos educativos públicos, sino también en muchos de los privados, incluyendo los religiosos.

De ese modo, denunciar la deriva totalitaria hacia la que tiende el NAF, como lo hacemos algunos pocos, da pie para que se nos califique como enemigos de la paz.

Insisto en una tesis que he venido sosteniendo en escritos precedentes: el acuerdo con las Farc no se convino sobre la base de que esta organización revolucionaria renunciase a este credo y aceptase los principios de la democracia pluralista, sino, todo lo contrario, a partir de la premisa de desquiciar estos principios y facilitar la realización de su proyecto totalitario y liberticida.

En rigor, parece imposible conciliar los dos extremos de pluralismo y totalitarismo, o de democracias perfectas y regímenes autoritarios que considera el artículo en comento de Estrada Villa.

La paz que promete el NAF no es tal. Su trasfondo es la capitulación de la democracia pluralista ante la totalitaria que promueven las Farc y sus simpatizantes.


miércoles, 6 de marzo de 2019

Miércoles de Ceniza

Anteriormente, el rito católico de imposición de la ceniza se acompañaba de las siguientes palabras: "Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás". Hoy se dice: "Conviértete y cree en el Evangelio".

Ambos enunciados son complementarios. El primero nos recuerda la fugacidad de nuestra vida terrenal; el segundo, nuestro destino eterno.

La conexión entre uno y otro surge del hecho de que del modo como nos comportemos aquí dependerá nuestra situación allá. Lo que llevamos con nosotros cuando hacemos el tránsito de esta vida mortal a la eterna es lo que hemos edificado en nuestro interior a partir del libre desarrollo de nuestra personalidad.

Es famoso el dictum de Heidegger: "Somos seres para la muerte". La idea que lo inspira está muy difundida en el pensamiento filosófico contemporáneo y en la mente de muchos hoy en día: solo contamos con esta vida mortal, nada hay más allá.

Pero, como lo apuntaba Pascal en su célebre apuesta, ¿qué sucede si en efecto nuestro ser más profundo sobrevive a la muerte del cuerpo y trasciende a otra dimensión supraterrenal?

Las consecuencias prácticas de aceptar o negar nuestra vocación de eternidad son notables.

El que sostiene que a lo más lo que queda de nosotros después de la muerte biológica es apenas un recuerdo destinada a perderse en las brumas del olvido puede adoptar distintas formas de vida. Quizás se esmere precisamente en dejar un buen recuerdo y trate de vivir ejemplarmente. Pero la fuerza de sus apegos terrenales suele llevarlo por otros caminos: "Vida hay una sola y tenemos que aprovecharla al máximo". 

Este es el punto de vista que en general anima al común de los mortales que descreen de la inmortalidad y a no pocos supuestos filósofos morales que consideran que cada individuo tiene derecho a la búsqueda de su propia felicidad, tal como él mismo la conciba, sin otras leyes que las de no dañar a otros y tolerar lo que ellos hagan en función de sus respectivas concepciones de tal felicidad.

Este individualismo extremo, tocado de hedonismo y relativismo, distorsiona el sentido de la moralidad, que en rigor tiene que ver con ordenamientos superiores al individuo que tienden a hacer que su conducta se acompase adecuadamente  con la de sus semejantes y con el buen ordenamiento comunitario, así como a elevarlo a un nivel superior, el de la trascendencia del espíritu. Dicho de otro modo, el sentido de la moralidad no lo fija cada individuo, sino que viene dado por realidades objetivas dentro de las cuales debe orientar su vida práctica.

La mejor tradición filosófica resume esta idea en el primado de la razón: debemos obrar racionalmente. Pero el pensamiento moderno, como lo han señalado no pocos de sus analistas, se halla inmerso en una crisis de la razón. Destaca, es cierto, la racionalidad científica que examina las causas eficientes y materiales, pero desatiende las causas formales y finales. Ha profundizado en ciertos aspectos de la realidad natural, para extraer de ese conocimiento la posibilidad de manipularla a través de la técnica. El reino de los medios es el campo predilecto de sus investigaciones. Pero suele ser un pensamiento ciego respecto del reino de los fines, es decir, el de los valores, a los que suele considerar subjetivos, arbitrarios y reacios al escrutinio racional.

Pero estos son los que confieren sentido a la vida humana. Si andamos en pos de valores equivocados, nuestra vida se frustrará. Por el contrario, si nos guiamos por los que verdaderamente interesan, será plena. 

La gran filosofía es la que se ocupa de las razones últimas de nuestra existencia y el modo de conducirla por el camino de la perfección., que no es otro que el de la santidad. 

Ese camino es el que nos señala el Evangelio al ofrecernos como modelo la persona de Nuestro Señor Jesucristo y sus enseñanzas. "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" no es cosa de mera retórica declamatoria, sino, como lo ha observado Claude Tresmontant, el principio de una ciencia rigurosa, la auténtica ciencia de la espiritualidad humana que nos conduce hacia Dios, principio y fin de nuestra existencia.

La gran tragedia colombiana es su devastadora crisis moral. Muchos de nuestros dirigentes y, a partir de sus malas enseñanzas y sus malos ejemplos, muchas de las gentes sencillas del pueblo, andan por sendas de perdición olvidando que al final tendrán qué rendir cuentas de todo el daño que se esmeraron en hacer en esta vida, cuentas que han de rendirse no ante la Historia, sino ante el Supremo Juez.

domingo, 24 de febrero de 2019

¿De cuál paz se trata?

Un politólogo eminente, David Easton, ha dicho que la política es la acción social tendiente a la adjudicación autoritaria de valores.

Estos son los que la animan. Por medio de ella se pretende mejorar la sociedad. Si tal no es su propósito, se la distorsiona. Ese conjunto de valores que se promueve se integra dentro de un concepto venerable: el bien común. Este es el que permite predicar la racionalidad del acontecer político, de suerte que si se lo deja de lado se entra en el escenario de la sinrazón, la arbitrariedad, las formas patológicas o desviadas de entenderlo y orientarlo.

El bien común puede definirse como el conjunto de condiciones externas que estimulan el adecuado desarrollo de las personas, las familias y las comunidades con miras a su perfeccionamiento material, anímico y espiritual. 

Bien se ve que hay valores de distintas clases y variadas jerarquías comprometidos en esta noción, por lo cual sus pormenores están abiertos a discusiones muchas veces interminables. Por eso, la política, como lo han observado estudiosos de la talla del profesor Duverger, exhibe una faz conflictiva. Es, si se quiere, el reino de lo controvertible por antonomasia.

En su seno se enfrentan intereses, apetitos, propósitos, ideales, utopías, doctrinas, discursos, programas, sensibilidades, protagonismos, modos de ser, etc. cuyas animosidades fácilmente derivan en violencia. 

De ahí que la primera necesidad de un sistema político sea el establecimiento de reglas de juego que reduzcan al mínimo los riesgos de aquella, pues si se la generaliza lo que peligra es el sistema mismo.

La aceptación leal y efectiva de esas reglas de juego por los diferentes actores políticos no es otra cosa que el compromiso por la paz. Este compromiso entraña la renuncia a la violencia como arma política partidista. Si se la deja en manos del Estado, es porque de hecho no se puede renunciar del todo a ella para mantener el orden social, pero ese monopolio supone también la existencia de reglas llamadas a precaver los abusos de las autoridades.

En las sociedades contemporáneas se considera que ante todo las reglas garantes de la paz deben dar sustento a sistemas democráticos genuinos, a unas libertades básicas, a compromisos serios en torno de la acción social del Estado, a políticas de mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores más desprotegidos, a promover la cohesión social y el desarrollo económico. Este, como dijo en memorable ocasión el hoy santo Pablo VI, es el nuevo nombre de la paz.

Pues bien, cabe preguntar si el Nuevo Acuerdo Final (NAF) que suscribió Santos con las Farc y obtuvo el aval del Congreso y la Corte Constitucional, en contra de manifestación expresa de la ciudadanía que votó mayoritariamente por el NO en el plebiscito del dos de octubre de 2017, ofrece en verdad garantías serias de una paz estable y duradera, o por el contrario mantiene el estado de violencia e incluso suscita nuevos factores de intensificación de la misma.

Cada vez se va viendo más nítidamente que el NAF no es un instrumento de paz entre los protagonistas de nuestros procesos políticos , sino de claudicación ante un sector minoritario al que se pretende dotar de ventajas exorbitantes para facilitarle la promoción de un proyecto totalitario y liberticida tendiente a someter al pueblo colombiano a un dominio tan oprobioso como el que se ha impuesto en Cuba y Venezuela.

En efecto, el NAF no significa la conversión de las Farc y sus aliados a los valores de la democracia liberal, sino la renuncia de esta a principios esenciales cuyo debilitamiento la desnaturaliza.

Solo la resiliencia del electorado colombiano, su negativa a darles el voto a los agentes de la revolución castro-chavista en su ominosa modalidad madurista y su rechazo a quienes han dado muestras de la barbarie más cruel y despiadada, podrán salvarnos del proceso de demolición que con buenas razones teme Eduardo MacKenzie que está en curso (Vid. http://www.lalinternaazul.info/2019/02/22/la-jep-o-la-demolicion-de-colombia/).

He escrito en otra parte que Colombia padece la opresión de una dictadura judicial contra la que es necesario rebelarse. Inquieta que el presidente Duque muestre tanta vacilación para enfrentarla, pues parece temer que le suceda lo mismo que al expresidente Uribe, contra quien dicha dictadura ha desplegado la persecución más descarada. Pero tarde o temprano habrá que darle batalla para poner coto a sus abusos.

El momento es propicio para ello. Los argumentos que ofrece Mauricio Vargas hoy en "El Tiempo" para vetar la Ley Estatutaria sobre la JEP y corregir lo que arbitrariamente le agregó la Corte Constitucional son contundentes.(Vid. htps://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/mauricio-vargas/corte-y-confeccion-columna-de-mauricio-vargas-330548).

sábado, 23 de febrero de 2019

Al dejar la prisión que las encierra, ¿qué encontrarán las almas?

Estos dos versos finales del poema "Crisálidas", de José Asunción Silva,  dan continuidad a mis dos últimos artículos.(Vid. https://www.poemas-del-alma.com/jose-asuncion-silva-crisalidas.htm).

En "Dos mundos", al referirme al tránsito que hacemos de esta vida mortal a la eterna, pregunto:"¿Cómo sucede ese tránsito? ¿Qué se lleva en él? ¿Qué encuentra en ese después? ¿Cómo transcurre ahí su nueva existencia?"

Como lo observa Georges Barbarin en "L'Après-mort", casi todos los seres humanos, que sabemos que vamos a morir, nos hacemos estas preguntas. Solo los materialistas recalcitrantes se niegan a plantearlas. Pero es frecuente que quienes se las formulan a sí mismos las evadan, sea por el miedo que les producen, ya por considerar que carecen de respuestas pertinentes, ora por indiferencia.

Pero si es un hecho que con la muerte no termina todo para nosotros, sino que comienza una nueva etapa cuya continuidad dependerá de lo que hayamos hecho con nuestra vida terrenal, estas preguntas son probablemente las más importantes que cada persona puede hacerse a sí misma.

Hay un miedo natural a la muerte, que procede del  instinto de supervivencia. Por lo común, tratamos de aferrarnos a esta vida, a menudo por la infundada creencia de que no hay otra. Pero muchas manifestaciones enseñan que ese tránsito en sí mismo no es doloroso, a duras penas si se siente al desprenderse el alma del cuerpo que la encierra. La copiosa literatura sobre Experiencias de Muerte Cercana (EMC o NDE en inglés) es bastante ilustrativa al respecto.

Cuando decimos que es el alma la que abandona el cuerpo empleamos un término bastante impreciso. Evidentemente quien hace el tránsito es, a primera vista, la conciencia del que muere, que mantiene su identidad. Es conciencia de sí. Pero hay que preguntarse en qué consiste ella misma y si de algún modo se aloja en otro cuerpo, que la sabiduría oriental considera como cuerpo astral o etéreo.

En otro escrito recordé que la antropología de San Pablo distingue, por así decirlo, tres niveles en el ser humano: el soma o cuerpo biológico; la psique o sistema mental; y el pneuma o espíritu. Este último puede equivaler a lo que algunos filósofos denominan el Yo profundo e incluso al inconsciente freudiano.

En una manifestación de alguien que pasó sus últimos años con la mente perdida, expuso lo siguiente: "Yo sufrí una amnesia, pero mi espíritu padecía". Otro, más explícito, dijo: "Mira el hoyo en que estoy metido". Se pierde la conciencia mental, pero permanece la espiritual y esos estados son de verdadero purgatorio.

Un amigo cuenta que cierta tarde, a las seis, se encontró de repente en la antigua carrera Unión de Medellín con un primo suyo que lo saludó y se despidió de inmediato diciéndole que iba de afán. Cuando llegó a la casa, le dijo su madre que se organizara para ir al velorio del primo, que se había colgado al  medio día.

Las manifestaciones visibles de agonizantes y difuntos están muy documentadas en la literatura. Los libros de Camille Flammarion y Jean Prieur, por ejemplo, suministran muchísimos detalles al respecto.

Frecuentemente se habla del tránsito a través de un túnel en el que van apareciendo sombras y  figuras muchas veces de parientes y amigos fallecidos, hasta que se divisa una luz blanca y esplendorosa. En una manifestación de mi finada esposa, que era un ser angelical, me dijo que al llegar a esa luz quiso contarme que estaba viendo a Dios.

No estaba consciente de que había muerto y pensaba que todavía podía comunicarse conmigo. 

Es un fenómeno también muy documentado. Sobre todo, muchos de quienes mueren repentinamente o de modo accidental tardan en darse cuenta de su nuevo estado. El psiquiatra norteamericano Carl Wickland ofrece abundantes eventos ilustrativos en su libro "Treinta años entre los muertos"(Vid. http://www.luzespiritual.org/Libro/30AnEntreLosMuertos.pdf).

Es frecuente que los ateos, los que le dan la espalda a toda espiritualidad o los que tengan apegos fuertemente enraizados al dinero, sus posesiones, el poder o el sexo padezcan esta experiencia. Uno de los peligros del juego de la Ouija es la atracción de entidades que tratan de quedarse en quienes participan en el mismo. Muchos casos de sugestión, vejación y hasta de posesión se explican por esta causa.

Hay evidentemente un libre desarrollo de la personalidad. Cada ser humano se hace a sí mismo, para bien o para mal. Y esa edificación interior  es lo que lleva consigo en el tránsito hacia la eternidad.

Un amigo, que era en verdad un dechado de virtudes, me dijo en una manifestación: "Estoy en el cielo". A otro que le pregunté cómo era su situación en el más allá me respondió: "Sufro mucho. Yo fui malo". Uno más fue bastante explícito: "Yo gozo ahora de una paz que ustedes no pueden entender, pero no estoy tan elevado como para ver a Dios. Lo aprecio como un resplandor. Al principio todo fue muy difícil, porque tuve que reconocer todo lo malo que hice y arrepentirme de ello".

El espíritu se confronta consigo mismo haciendo el repaso de la vida terrenal y es llevado a la ubicación que le corresponde según sus méritos o sus deméritos.

Un taxista que sufrió un grave accidente en una motocicleta me hizo el relato de una terrible EMC. Según su testimonio, viajó por el túnel y se encontró solo en un inmenso teatro haciendo inventario de su vida. Se sintió aterrorizado en medio de la oscuridad, pero de pronto algo lo devolvió a su cuerpo que había sufrido severas lesiones.

La teología católica distingue hoy tres postrimerías que le siguen al juicio post-mórtem: cielo, purgatorio e infierno. 

Hoy se insiste mucho en la esperanza que suscita la primera. Varios libros muy difundidos versan sobre la realidad del cielo. V. gr.  el libro del Dr. Eben Alexander, "La Prueba del Cielo" (Vid. https://www.terapeutasdechile.cl/uploads/libros/EbenAlexanderLapruebadelcielo.pdf). 

Sobre el purgatorio tratan las revelaciones de la mística austríaca María Simma: https://drive.google.com/file/d/0B7wQLOaQpm1IZWVLTldmSGtJaWlmSjRkT3BzdGY2MUloS3Jj/view. Es un estado del alma que debe evolucionar hacia la gloria a través del arrepentimiento de los pecados cometidos en la vida terrenal. Puede haber purgatorios leves, pero otros pueden ser drásticos, vecinos de los estados anímicos infernales.

El asunto del infierno suscita polémicas interminables, porque muchos creen que es un invento de la Iglesia para atemorizar a la gente y no es compatible con la misericordia de Dios. Pero en la Biblia hay  por lo menos 36 versículos que hacen referencia al castigo eterno (Vid. https://bible.knowing-jesus.com/Espa%C3%B1al/to pics/El-Infierno,-Como-Incentivo-A-La-Acci%C3%B3n). Y el Diario de Santa Faustina Kowalska, la célebre vidente polaca, revela una espantosa visión del infierno, que, además,es tema de las revelaciones de Fátima (Vid. https://drive.google.com/file/d/0B7wQLOaQpm1ISEdyNGJNYUY1RUU/view; https://www.abc.es/sociedad/abci-tres-secretos-fatima-201705092155_noticia.html).

Esta es la visión de Sta. Faustina.
"En Cracovia el 20 de octubre de 1936: Hoy, un Angel me llevó a los precipicios del Infierno. Es un lugar de grandes torturas. ¡Es impresionante el tamaño y la extensión del sitio!.

He aquí los tipos de torturas que vi:
1.- La primera tortura en que consiste el Infierno es la pérdida de Dios.
2.- La segunda es el remordimiento de conciencia perpetuo.
3.- La tercera es saber que esa condición nunca va a cambiar.
4.- La cuarta es el fuego que penetrará el alma sin destruirla, un sufrimiento terrible, ya que es un fuego puramente espiritual, encendido por la ira de Dios.
5.- La quinta tortura es la permanente oscuridad y un terrible hedor que sofoca, y que, a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven y ven toda la malignidad, tanto propia como de los demás.
6.- La sexta tortura es la compañía constante de satanás.
7.- La séptima tortura es la horrible desesperación, el odio a Dios, las palabras horrendas, las maldiciones y las blasfemias".(Vid. 
https://www.pildorasdefe.net/aprender/fe/Sabes-que-torturas-aguardan-en-el-infierno-Santa-Faustina-lo-describe).