lunes, 23 de diciembre de 2024

Dios a la vista

 Así titula un escrito de José Ortega y Gasset en el que posa su mirada más allá de la filosofía de la inmanencia que proclamó en "El Tema de Nuestro Tiempo" y vislumbra el mundo trascendente de que se ocupa la metafísica tradicional.

Ese mundo trascendente es el del ser eterno, que Edith Stein contrapone al ser finito, o el ser necesario que funda al ser contingente, asunto del que se trata con admirable lucidez Claude Tresmontant en "Cómo se plantea hoy el tema de la existencia de Dios".

Dado que la ciencia actual asume que el universo físico tuvo comienzo y tendrá fin, el suyo no puede considerarse como ser eterno y necesario. Éste, indudablemente, está más allá y condiciona el origen y el destino de aquél. La razón última no ubica en el mundo tangible, sino en la esfera de la trascendencia.

No obstante, para cierto pensamiento místico ese ser necesario y eterno es un Deus Absconditus, que se oculta y es, por ende, incognoscible.

La metafísica bíblica lo ve de otra manera. Siente su presencia y reconoce su acción sobre el mundo. El profeta Isaías lo anuncia: "He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel" (Isaías 7:14). Ese nombre significa Dios con nosotros (Mt. 1:23).

Pues bien, eso es lo que celebramos con efusión en estas fiestas navideñas: la llegada del Niño Dios, cuya enseñanza, en su madurez, nos da a conocer la verdad que nos hace libres y nos traza el camino de la bienaventuranza eterna. 

Lo anuncia el ángel a los pastores, según el relato de San Lucas: "No tengan miedo, pues yo vengo a  comunicarles una gran noticia, que será motivo de alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor. Miren cómo lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lc. 2, 10-12).

Agrega el Evangelista que acto seguido hubo una manifestación de seres celestiales que entonaron este canto de alabanza al Creador: "Gloria a Dios en lo más alto del cielo y en la tierra paz a los hombres: esta es la hora de su gracia" (Lc. 2, 14).

Nuestras creencias cristianas remiten a cuestiones profundas que desafían el sentido común, la racionalidad ordinaria, que se mueve, como reza un interesante libro de Jean Guitton, entre el absurdo y el misterio. Se apoyan, es cierto, en la fe, pero ésta no es arbitraria, pues se nutre de razones y de hechos plausibles, el principal de ellos, la existencia histórica de Jesús de Nazareth, que culmina con su muerte, su resurrección y su ascensión al Cielo, desde dónde vino. Lo que proclama san Pablo, un testigo de excepción, es decisivo: "Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe" (https://www.bibliadenavarra.com/2019/02/si-cristo-no-ha-resucitado-vana-es.html). Ese hecho histórico sustenta toda nuestra creencia.

El coro angelical que acompaña a la navidad entona una promesa de paz, que está en el núcleo de los Evangelios y es tema de las últimas manifestaciones del Resucitado a sus discípulos: "Paz a ustedes" (Mt. 28:9; Lc. 24:36).

La paz que se anuncia no consiste en la claudicación ante los violentos que promueve la "paz total" del que nos desgobierna, sino en un estado de armonía que fluye del ánimo de las personas, primero en su fuero íntimo, y luego en su vida de relación, hasta proyectarse en el escenario colectivo. Es la paz que trae consigo la presencia del Reino de Dios, que "está en medio de ustedes" (Lc. 17.21).

Cuando en el Padrenuestro rezamos "venga a nosotros tu reino", pedimos ante todo su presencia en nuestro interior, que trae consigo la serenidad para aceptar las cosas que no podemos cambiar, el valor para cambiar las que podemos y la sabiduría para reconocer la diferencia, tal como dice la preciosísima Oración de la Serenidad, quizás la segunda más recitada después del Padrenuestro.

Desde luego que es una paz inconcebible para mentes trastornadas y calenturientas en las que bullen los rencores, los resentimientos, las envidias y todos aquellos defectos de carácter que nos llenan de desasosiego. 

Es lástima que ahora que celebramos la presencia de Dios entre nosotros al festejar la natividad de su Hijo, el que nos desgobierna haya prescindido de mencionarlo al darle posesión al nuevo procurador general, al que juramentó ante el pueblo de Colombia y no ante Dios. Si la Constitución en su artículo 192 ordena que el presidente tome posesión diciendo "Juro a Dios y prometo al pueblo cumplir fielmente la Constitución y las leyes de Colombia", parece que todo funcionario deba someterse a la misma fórmula. Pero el actual inquilino de la Casa de Nariño parece que aspira a desalojar a Dios del espíritu público.

Feliz Navidad y venturoso año venidero es mi deseo ferviente para todos mis apreciados lectores.





viernes, 20 de diciembre de 2024

El Imperio de la Moral

"Matarife" se defiende de las acusaciones que se le han formulado por la obscenidad de sus trinos diciendo que ellos hacen parte de una obra literaria de su autoría y que sobre las obras de arte no proceden juicios morales.

Ello trae a mi memoria lo que leí hace tiempo en un libro acerca del arte contemporáneo, en el que se menciona un extremo de degradación al que se llegó cuando en una exposición en el MAM de Nueva York alguien exhibió un frasco que contenía un excremento humano como muestra de su creatividad.

Por supuesto que sobre lo que pretenda ser obra de arte caben ante todo juicios estéticos, a partir de los cuáles la producción del sujeto de marras sale muy mal librada, como acaba de salir en un concurso de vallenatos una producción de "Vulgarcito", ése que funge de ministro de Educación del fementido gobierno del cambio.

Pero la cuestión de fondo es la de si hay aspectos de la vida humana que son intocables para la moral, que lo mismo que el derecho, su pariente en el universo de las normatividades, se caracteriza por lo que con cierta prosopopeya se denomina la plenitud hermética, lo que significa que nada de lo humano le es extraño y todo lo nuestro da lugar a que se lo aplauda, se lo tolere, se lo desaconseje o se lo reprima.

Para una mejor comprensión del asunto, creo que conviene observar que los juicios morales se mueven por lo menos dentro de tres escenarios que pueden diferir entre ellos.

El primero toca con la moral social, la que se genera y trata de imponerse en la vida de relación. Es un dato sociológico fundamental: toda interacción humana produce reglas de conducta que en los ámbitos colectivos se clasifican como reglas de trato social o de buena educación, reglas morales y reglas jurídicas, que pueden imponerse mediante la coerción. Pues bien, hasta en las organizaciones criminales rigen normatividades tendientes a asegurar la fidelidad de sus integrantes. De hecho, cada cultura provee al grupo de reglas morales mediante las cuáles se trata de mantener la cohesión y ciertos modos de convivencia que la facilitan. Es claro que esos ordenamientos morales adolecen de relatividad, aunque, si bien se miran las cosas, parece posible advertir en todos ellos alguna uniformidad, tal como lo señalan no pocos pensadores eminentes. Esa uniformidad se basa en que, pese a sus diversas manifestaciones, hay una naturaleza humana de la que todos participamos y se exhibe en forma semejante en todo tiempo y lugar.

La moral social tropieza con resistencias individuales, pues a menudo nuestros congéneres deciden seguir sus propias valoraciones, que pueden no coincidir con las colectivas. No es exagerado afirmar que cada individuo se define por aquello en que cree y valora. Sartre decía que el hombre es lo que hace, pero el obrar humano depende de creencias y valoraciones que se albergan en el interior de cada cual. 

Todo individuo es moral a su manera. Las hay bastante disparatadas, por cierto, como la del taxista que me contó que tenía dos mujeres y al preguntarle cómo hacía para manejarlas, respondió: "Con mucha ética, señor: yo no le muestro mi novia a mi esposa".

El tercer escenario es mucho más profundo y decisivo que los de las moralidades colectivas e individuales. Hay quienes consideran, como Kant, que es el de la moral racional con pretensiones de universalidad. Pero los creyentes pensamos que es el de las relaciones con nuestro Supremo Hacedor. En todo caso, este escenario es el de las normatividades que procuran la realización plena de nuestra humanidad mediante la búsqueda de la excelencia. Son las reglas que trazan el camino que a Dios nos conduce, las que nos hacen mejores seres humanos y nos protegen de extravíos y degradaciones como las que exhiben "Matarife" y sus patrocinadores en el alto gobierno.

La primorosa restauración de la catedral de Notre Dame en París ilustra sobre cómo la búsqueda de la excelencia nos lleva a escenarios celestiales. Hace tiempo leí en los comentarios sobre alguna obra musical que en el Concilio de Trento se discutió si la polifonía que reemplazaba al canto llano era adecuada para alabar al Señor. Se pensaba que distraía a los oyentes, pero se llegó a la conclusión de que no era inadecuada para la liturgia católica. La excelsitud de esta era apreciada hasta por los no creyentes. Recuerdo a propósito de ello que un nutrido y selecto grupo de personalidades de la cultura, entre las que figuraba nadie menos que el muy célebre Yehudi Menuhin, considerado como el violinista del siglo XX, se dirigió al entonces papa Pablo VI abogando por la conservación de la misa tradicional, la que engalanaron Bach con su Misa en Si Menor o Beethoven con su Misa Solemne. 

A propósito, se dice que Beethoven consideraba que esta era la expresión más elevada de su arte musical. "El Secreto de Beethoven", una película que vi hace años, apoya la tesis de que el más grande compositor de todos los tiempos buscaba en sus últimas obras, los célebres cuartetos finales, llegar hasta el umbral de la Divinidad.

Nada que ver, por supuesto, con lo que "Matarife" y "Vulgarcito" pretenden que es el arte.


sábado, 14 de diciembre de 2024

Palabras bastas

"Prendido como un arbolito de navidad", según dicho de la representante Carolina Arbeláez, el que en mala hora nos desgobierna pronunció en Barranquilla un discurso alebrestado que puso de manifiesto sus torpes conceptos sobre temas tan delicados como la libertad y el amor, con el propósito de defender el nombramiento de un fementido escritorzuelo que aspira al cargo de embajador ante el reino de Tailandia.

A mis estudiantes solía ponerles de presente las severas dificultades que suscita la cuestión de la libertad, respecto de la cual se discute acerca de en qué consiste en últimas, cuál es el concepto que mejor la refleja, cuáles son las condiciones sociales que la hacen posible y, "last but not least", cuál es en definitiva su valor.

A la luz de la tradición judeo-cristiana la libertad no es un fin en sí misma, sino un medio, si bien un instrumento ciertamente excelso para la realización cabal de la persona humana. Pascal consideraba que el hombre no es ángel ni bestia. La libertad rectamente entendida puede elevarlo a la dignidad de aquél, pero mal ejercida tiene la virtualidad de arrojarlo al cenagal de la bestialidad. A mis discípulos les decía que la libertad puede hacer de nosotros un san Francisco de Asís o una santa Teresa de Calcuta, pero también puede convertirnos en un Tirofijo o una atroz Rosario Tijeras.

El cristianismo oriental pone énfasis no sólo en la santidad, sino en lo que a ésta caracteriza, que es la divinización del ser humano, un propósito que lo lleva ante la presencia de Dios. Es tema que ha tratado con singular maestría Claude Tresmontant en "L'Enseignement de Ieschoua de Nazareth", libro del que he extraído invaluables enseñanzas. Según Tresmontant, el Evangelio contiene una verdadera ciencia cuya aplicación nos eleva a la condición de hechuras de Dios a su imagen y semejanza.

Los que consideran que la libertad no es un medio, sino que ella en sí misma es del todo valiosa, son incapaces de discernir sus aspectos positivos y los negativos. Es la postura de los emancipatorios o libertarios, que le asigna el mismo valor a quien se sirve de ella para avanzar hacia la santidad y al que se aplica al libertinaje, como el demoníaco Don Giovanni de Mozart o el perverso protagonista de "La carrera del libertino", de Stravinsky. 

Nuestro desafortunado Profeta Apocalíptico y Líder Galáctico posa de pensador, pero en realidad sufre una deplorable confusión de conceptos, como puede observarse en lo que proclama sobre el amor, concepto central de la enseñanza cristiana acerca de la vida espiritual, que también puede devaluarse hasta el punto de identificarlo con la relación meramente carnal, así sea consentida por las partes que entran en ella. 

Vengo de leer en el muy interesante libro del padre Carlos Martins, "The Exorcist Files", cómo a través del ejercicio de la sexualidad concebida sólo desde su aspecto sensual y despojada de ese profundo sentido espiritual que, según lo proclaman el Génesis y el Evangelio mismo, hace que el hombre y la mujer lleguen a ser "la misma carne", vale decir, perfecta unidad de varón y hembra, se convierta en un aterrador instrumento de posesión diabólica. Mantengo presente lo que hace tiempos leí atribuido a Sófocles acerca de que el apetito sexual, que tanto pondera el depravado que nos desgobierna, "es un amo cruel y avasallador" o, en palabras de Discépolo, "el viejo enemigo que enciende castigos y enseña a llorar" ("Canción desesperada"  https://www.youtube.com/watch?v=u0ausf7_RoQ)

He señalado en otras partes que estamos en poder de un energúmeno que en su insensato discurso de marras pone de manifiesto que lo dominan por lo menos cuatro de los siete pecados capitales, a saber: la soberbia, la ira, la lujuria y la envidia.

Discrepo de la nota de "El Colombiano" que le reconoce que por lo menos es un gran orador (vid. https://www.elcolombiano.com/colombia/petro-desatado-en-sus-discursos-chequeo-a-sus-mentiras-y-agresiones-PC26060861). Sus peroratas cantinflescas no pueden compararse con las preclaras oraciones que le dieron lustre en el pasado al foro colombiano. Si ellas se acercan al clasicismo, lo de ahora es ni más ni menos que raggaetón de la peor clase.


lunes, 2 de diciembre de 2024

Sólo por la gracia de Dios

El extravagante Benedetti pisa terreno movedizo al jactarse a los cuatro vientos de la enésima recuperación de su insaciable apetito por el alcohol y la droga.

Se presenta ahora como un alcohólico y drogadicto recuperado de dos adicciones que combinadas son calamitosas a más no poder.

Hoy es frecuente que el alcohólico acuda a la cocaína para pasmar la borrachera y seguir bebiendo como macho asoleado, sin percatarse de que la conjunción del licor y la droga conduce más rápidamente a la destrucción física, anímica y social del adicto.

Es posible que haya variados métodos para tratar las adicciones, pero todos ellos exigen un cambio de vida, partiendo de la transformación interior de la persona.

Es bien sabido que la sola voluntad de modificar las actitudes y los hábitos no es suficiente. Esa voluntad tiene que reposar sobre la humilde aceptación de la derrota, que es lo que se llama tocar fondo, y la entrega a un poder superior que se identifica con Dios como cada quien lo conciba. 

Es la acción de ese poder superior lo que logra contrarrestar la en principio irresistible inclinación que producen esas adicciones.

Para que ello surta efectos duraderos son muchos los cambios que hay que aceptar en la vida cotidiana. Dentro de esos cambios están el reconocimiento y la corrección de los defectos de carácter que favorecen las adicciones.

Es todo un programa vital que, por ejemplo en AA, se resume en los 12 pasos, a saber:

1. Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables. 2. Llegamos a creer que un Poder superior a nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio. 3. Decidimos poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, como nosotros lo concebimos. 4. Sin temor hicimos un minucioso inventario moral de nosotros mismos. 5. Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos, y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros defectos. 6. Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que Dios nos liberase de nuestros defectos. 7. Humildemente le pedimos que nos liberase de nuestros defectos. 8. Hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos ofendido y estuvimos dispuestos a reparar el daño que les causamos. 9. Reparamos directamente a cuantos nos fue posible el daño causado, excepto cuando el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o para otros. 10. Continuamos haciendo nuestro inventario personal y cuando nos equivocábamos lo admitíamos inmediatamente. 11. Buscamos a través de la oración y la meditación mejorar nuestro contacto consciente con Dios como nosotros lo concebimos, pidiéndole solamente que nos dejase conocer su voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para cumplirla. 12. Habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratamos de llevar el mensaje a los alcohólicos y de practicar estos principios en todos nuestros asuntos.

La rehabilitación del alcohólico y el drogadicto se puede coadyuvar con tratamientos médicos y terapias conductuales, pero en rigor sólo puede lograrse de modo duradero mediante la acción sanadora del espíritu.

Ojalá que Benedetti tome atenta nota de ello. No es la primera vez que hace gala de sus intentos de recuperación. Ya hace algún tiempo la había pregonado dando gracias a su madre y, si mal no recuerdo, hasta a la Santísima Virgen. 

Los alcohólicos y drogadictos que no siguen lealmente sus programas de recuperación recaen fácilmente y, a menudo, las recaídas son cada vez peores.

Una de las condiciones para evitarlas consiste en alejarse de malas compañías, como las que seguramente habrá de encontrar en el ambiente deletéreo que reina en la Casa de Nariño.

Dios no lo quiera, allá habrá ambiente propicio para volverle a escuchar las horribles palabrotas con que ha acostumbrado a acompañar sus desafueros verbales.

Hay que reiterarlo: la soberbia, la vanagloria y la jactancia no son convenientes para llevar a cabo un programa eficaz de recuperación de las adicciones. La mejor compañía es la aceptación humilde de los defectos de carácter que las estimulan y la fe en la acción sanadora de la gracia de Dios. Hay que ponerlo todo en sus santas manos.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

El Aborto: ¿Derecho fundamental o crimen contra la humanidad?

Es la pregunta que formula el profesor emérito Dr. Bernard Splitz en un valeroso escrito que publicó recientemente Belgicatho (vid. http://www.belgicatho.be/archive/2024/11/15/l-avortement-entre-droit-fondamental-et-crime-contre-l-human-6523054.html).

La cuestión del aborto es una de las más debatidas en los tiempos que corren. La opinión pública está fuertemente dividida en torno suyo. No cabe duda de lo que este asunto pesó, por ejemplo, en las elecciones norteamericanas que dieron lugar a la confrontación entre las propuestas abortistas de Biden y la candidata perdedora Harris, y las contrarias, algo matizadas, de Trump.

Hace poco se aprobó en la Constitución francesa una iniciativa que consagra el derecho fundamental al aborto. Entre nosotros esta idea no ha hecho carrera en el Congreso, pero de hecho la Corte Constitucional la ha introducido en nuestro ordenamiento jurídico. 

¿Se trata de veras de un derecho fundamental?

La figura de los derechos fundamentales está en el núcleo del constitucionalismo liberal. Es una de las conquistas más significativas del liberalismo, pero a decir verdad no constituye un aporte del todo original suyo, pues aparece en las grandes tradiciones religiosas y particularmente en el cristianismo. No obstante, a los liberales les debemos el haberla destacado dentro del ordenamiento político a punto tal que éste gira a su alrededor. El derecho fundamental pesa sobre todo el aparato del Estado y goza de protección reforzada a través de múltiples mecanismos.

La consagración de los derechos fundamentales en sus comienzos amparaba un listado más o menos preciso y estricto, pero con el tiempo se lo ha engrosado de tal modo que hoy puede considerarse que se trata de una categoría elástica y quizás arbitraria que comprende contenidos bastante disímiles. Pensemos en que nuestra Corte Constitucional la ha ampliado hasta el punto de considerar que gozamos del derecho fundamental de tener mascotas en nuestras unidades residenciales.

El célebre profesor Villey censuraba en sus lecciones de Filosofía del Derecho la hipertrofia de tan significativa institución, deplorando a la par no sólo sus inconsistencias, sino su amoralidad. El pensamiento católico denuncia por su parte los falsos derechos fundamentales, sobre todo en lo atinente a las costumbres sexuales.

En la Declaración de Independencia de los Estados Unidos se invoca a Dios como fuente última de los derechos fundamentales. Éstos, por consiguiente, deben ejercerse en sintonía con la Ley Eterna que se manifiesta en el orden natural y, desde luego, en la Revelación. Lo mismo podría predicarse de nuestro ordenamiento constitucional, que se expidió invocando la protección de Dios. Pero la descristianización de los últimos tiempos, que ha dado paso a un ateísmo beligerante, ha privado a los derechos de su elevado y sólido fundamento, para sustentarlos en último término en los deseos humanos que surgen de las pulsiones que mandan en nuestro interior. El "seréis como dioses" que prometió el tentador según el libro del Génesis 3:5 no nos ha divinizado. No nos hemos convertido en dioses, pero hemos elevado nuestros apetitos a tal categoría, en especial los más desordenados.

Al igual que en las depravadas sociedades de la Antigüedad, la nuestra ha endiosado el deleite venéreo. La Revolución Sexual tiene como leitmotiv el desenfreno, la eliminación de toda restricción del deseo, la superación de los supuestos tabúes que ponían coto a las pulsiones carnales. Una de sus ideas consiste en desvincular la relación sexual no sólo de la procreación, sino de la unión amorosa que hace de los copartícipes una sola carne. Y arremete contra la función maternal de la mujer, que genera vida y conserva las sociedades.

El aborto se mira como un control eficaz del crecimiento poblacional, lo que da lugar al desastroso invierno demográfico que ya hace estragos en muchas latitudes. Lo sufren China, Japón, Corea del Sur, Cuba y los países europeos, entre otros. Colombia ya va por ese camino. No cabe duda: ocasiona el suicidio de la civilización.

De hecho, el aborto es la principal causa de muerte en la actualidad. Se considera que acarrea la muerte de unos setenta millones de seres humanos cada año. Pero los abortistas se empeñan en sostener que a los no nacidos se los contabilice como seres humanos. Este es el motivo por el cual la autoridad de la regulación de lo audiovisual en Francia acaba de sancionar con una gravosa multa a una emisora de televisión que informó que el aborto constituye hoy la mayor causa de mortalidad en el mundo. Sostienen que es tendenciosa la noticia que considera como seres humanos a los productos de la concepción. ¿Qué son, entonces? ¿Carecen de ADN? ¿Son meros amasijos celulares? (vid. http://www.belgicatho.be/archive/2024/11/25/france-100-000-euros-d-amende-apres-qu-une-chaine-de-televis-6524439.html).

En otras oportunidades he señalado que para entender el aborto hay que considerar qué se aborta, cómo se aborta, por qué se aborta y para qué se aborta. Cuando se entra en detalles sale uno espantado.



viernes, 22 de noviembre de 2024

Política constitucional

Casi todos los ordenamientos constitucionales constan hoy por escrito, lo que supone que indican a qué deben atenerse gobernantes y gobernados sobre sus estipulaciones. Pero ello no garantiza la certidumbre de sus contenidos, ya que los textos pueden exhibir vacíos, contradicciones y ambigüedades que sea necesario superar mediante la interpretación. 

Hay algo más: en los textos tenemos qué distinguir lo explícito y lo implícito. Cada uno ofrece algún significado que puede parecer nítido a primera vista, pero el mismo se inserta en una abigarrada red de referencias más amplias sobre las cuáles versa una difícil materia jurídica, la hermenéutica.

Hay que considerar que el derecho no sólo consta de normas que se ajustan a la fórmula dado A debe ser B, pues ellas remiten a conceptos y principios que los ordenamientos no siempre definen con precisión, de modo que se hace necesario examinarlos mediante recursos que suministra la cultura jurídica y, en últimas, la cultura misma.

Tradicionalmente esos recursos los aportaban las creencias religiosas, pero el secularismo impuesto por la modernidad ha dado lugar a que los referentes supremos del derecho ubiquen en las ideologías, que intentan sustituir en los tiempos que corren a las religiones y se comportan en la práctica del mismo modo que éstas. Dicho en otros términos, la fe que antaño se depositaba en las religiones ahora se nutre de las ideologías.

Hay Constituciones fundadas en ideologías más o menos nítidas, como ha sucedido con las de los regímenes comunistas. Pero otras, como la nuestra, adolecen de lo que sin duda podemos llamar un sincretismo ideológico, pues abrevan en distintas fuentes y sus orientaciones pueden dar lugar a muy variadas respuestas.

Se sigue de ello que en la identificación, la interpretación y la aplicación de la normatividad constitucional caben diversas soluciones que dependen de las ideologías de los operadores jurídicos.

Ahí es donde hace presencia la política en el ámbito judicial.

Pero se trata de la alta política, la que se nutre de ideas sobre la justicia y el bien común a que hace referencia la Constitución misma.

Desde este punto de vista, pueden advertirse dos grandes tendencias: la de quienes tratan de ceñirse con rigor a los enunciados constitucionales, a los que suele motejarse de conservadores o integristas, y la de aquéllos que tratan de ir más allá de los textos para adaptarlos bien sea a nuevas realidades, ora a sus propias valoraciones ideológicas. Son éstos los llamados partidarios del activismo judicial, que suelen cubrirse con el ropaje de un muy discutible progresismo.

La Corte Suprema de Justicia norteamericana ilustra sobre estas tendencias, las cuáles reflejan los grandes debates ideológicos que se dan en el escenario del país. Son debates de nunca acabar, pues remiten a concepciones muy diferentes y a menudo irreconciliables.

Lo anotado se inscribe dentro de la vida del derecho y se hace menester reconocerlo como un dato ineluctable de su realidad. De hecho, la justicia constitucional es política, repito que en el más alto sentido de la expresión.

El juez constitucional, como cualquiera otro juez, debe ceñirse a sus convicciones, a su sentido del deber, a los ideales que su conciencia le indique sobre lo justo y la interpretación correcta de la normatividad. Debe ser independiente, imparcial y objetivo en la consideración de los hechos sobre los que le corresponda pronunciarse.

Pero al lado de la alta política medra la baja que sigue los impulsos de quienes ostentan el poder, lo resisten o buscan influir en el mismo. Los que se mueven en este medio tratan de manipular la normatividad para acomodarla a sus propósitos, no para que ella se cumpla razonablemente, sino más bien para distorsionarla e incluso destruirla.

Nuestro país padece hoy un desgobierno que en aras de sus delirios de cambio no busca proteger la institucionalidad, sino demolerla, y es refractario a los controles que obran de acuerdo con la separación de poderes. Pretende que todos ellos se plieguen a sus propósitos y toleren sus desafueros. El júbilo que ha manifestado quien lo ocupa por la reciente elección de un magistrado de la Corte Constitucional que considera fiel a su política, no la alta sino la baja, constituye un indicio grave tanto de su falta de respeto por la institucionalidad como por la persona misma del elegido.

En efecto, no espera de él que cumpla con su deber de magistrado, sino que sea un instrumento útil para sus designios, tales como promover una constituyente por fuera de lo que al respecto dispone la Constitución o eludirla para superar las barreras que la misma ha establecido para frenar la reelección presidencial.

Ojalá que el nuevo magistrado dé muestras de algo que cada vez escasea más en nuestro país: carácter para cumplir con su deber, respeto por el juramento que ha de prestar cuando se posesiones de su cargo.


miércoles, 20 de noviembre de 2024

El liderazgo que necesitamos

En el reciente encuentro de precandidatos presidenciales del Centro Democrático que tuvo lugar en Barranquilla, el expresidente Uribe trajo a colación las tres principales características que según Kissinger debe ostentar el liderazgo, a saber: honestidad, energía y competencia.

Es muy oportuno reflexionar sobre el asunto, habida consideración del liderazgo tóxico que sufrimos bajo el desgobierno en que estamos.

El país afronta problemas muy graves que exigen atención urgente de las autoridades. No es fácil fijar órdenes de prelación para ello, pero quizás haya consenso acerca de la necesidad de ponerle ante todo coto a la corrupción en que estamos sumidos. Lo triste es que quien se manifestó a lo largo de años como adalid en contra de este flagelo esté presidiendo el que hoy se considera como el gobierno más corrupto quizás de toda nuestra historia. Cada día van apareciendo nuevas manifestaciones de esta infame plaga.

Quien esté llamado a tomar las riendas cuando termine este ominoso período presidencial debe, por consiguiente, acreditar una honestidad intachable, que es algo que brilla por su ausencia bajo el régimen reinante.

La honestidad se pone de manifiesto de muchas maneras. Su punto de partida es la honestidad mental, la buena fe, la transparencia en las actitudes, los pronunciamientos, los procederes. Esa transparencia obliga a ser coherentes, a exhibir razones válidas para sustentar lo que se haga, a dar ejemplo que pueda seguirse en la vida comunitaria. 

Un gobernante honesto se cuida de incurrir en la culpa in eligendo y la culpa in vigilando. Debe esmerarse en rodearse bien y en ejercer control sobre sus subordinados. La máquina del gobierno es compleja y no suele funcionar como se debe. Hay que mantenerse al tanto de sus operaciones. Un gobernante bien intencionado, pero cándido, va camino del fracaso. 

La honestidad obliga a cuidar los recursos públicos y no malgastarlos ni utilizarlos para fines extraños al buen servicio. El desgobierno reinante nos ofrece muestras palpables de lo que no debe hacerse dilapidando dinero que podría emplearse en mejores menesteres. ¿Qué decir de lo que se gasta en masajista de la que ya no sabemos si es la primera dama?

Nombramientos y contratos ponen a prueba la honestidad de los gobiernos. Los subsidios que en principio sean necesarios no pueden convertirse en compra simulada de votos que pervierte el sistema democrático.

Hay, en fin, una severa exigencia ética acerca del respeto que se debe no sólo de modo formal, sino sustancial, a la institucionalidad. La desviación de poder destruye la confianza en el gobernante.

La energía es la segunda característica que Kissinger destaca en el liderazgo. Quien gobierne debe tener el vigor necesario para manejar situaciones difíciles. Algo así como el que tuvo el presidente Ospina Pérez cuando dijo en la noche del 9 de abril de 1948 que "para la democracia colombiana es preferible un presidente muerto que un presidente fugitivo". A propósito, recomiendo a mis lectores el libro "Los Ospina en la historia de Colombia" que está ofreciendo La Linterna Azul. Es otra mirada a nuestro pasado, que contrasta con la muy sesgada que el desgobierno reinante pretende imponernos.

El liderazgo exige, en fin, competencia, asunto que comprende múltiples ingredientes: conocimiento; experiencia; buen sentido para captar las necesidades, determinar prelaciones, identificar factores positivos y negativos de las realidades que se trata de abordar, de los medios que se pretenda utilizar y de los resultados que se busque obtener. Ya sabemos bien lo que cuesta estar bajo el mando de alguien que se destaca por ser arrogante, ignorante e incompetente, entre otros muchos defectos más.

Cada ciudadano debe hacer un severo escrutinio de los aspirantes a reemplazar al exconvicto no arrepentido que ocupa hoy la Casa de Nariño. La tarea de recuperación de nuestra institucionalidad será ingente. Requerirá de un liderazgo que convoque y anime a las fuerzas vivas de nuestra sociedad. Como lo pidió en su momento Alberto Lleras Camargo, Colombia necesita unirse en torno de un gran propósito nacional.