La religiosidad que se ha manifestado en el actual gobierno ha suscitado ásperas reacciones de muchos que son indiferentes respecto de asuntos que para la mayor parte de la humanidad resultan de gran importancia o, peor aún, son abiertamente escépticos e incluso francos enemigos de todo lo que huela a religión y hasta a espiritualidad.
Todos ellos esquivan cuatro preguntas fundamentales acerca de Dios, el destino final de nuestra personalidad, las normas supremas que rigen sobre las que obran efectivamente en las colectividades y la realidad del mal.
El presidente De la Espriella ha dicho que es necesario ubicar a Dios en el sitial que le corresponde en la cima de nuestra institucionalidad. No en vano la Constitución vigente se expidió invocando la protección de Dios, lo que implica que, sin desmedro de la libertad religiosa, se reconoce y exalta la Divina Majestad. No se ha consagrado entonces una neutralidad absoluta en materia de religión ni muchísimo menos un derecho fundamental a impedir que los gobernantes expresen sus preferencias al respecto. Los que desdeñan a Dios e incluso lo niegan y pretenden desarraigarlo de la mente humana profesan desde luego una increencia respetable en virtud de la garantía constitucional de la libertad de conciencia, pero dejan de lado la distinción inevitable desde los puntos de vista lógico y metafísico entre el ser necesario y eterno, que no puede no ser, y el finito y contingente que, en cambio, puede dejar de ser. La materia que los positivistas consideran como la única realidad tuvo, según la ciencia, principio y tendrá fin, por lo cual no constituye la instancia absoluta y suprema de la realidad.
Uno de los temas básicos de toda religión toca con nuestro destino eterno. El materialismo dominante en muchos sectores hoy en día proclama que venimos de la nada, "arrojados a la existencia" según Heidegger, y destinados a la muerte, que constituye nuestro final ineluctable y definitivo. Pero, qué tal si fuera cierto que tras la muerte biológica nos espera un más allá, asunto sobre el cual media hoy una documentación tan abundante y precisa que no resulta prudente despacharlo de buenas a primeras. Yo he tenido al respecto experiencias tan vivas que no puedo desconocer y me inquietan a diario. Tengo la certeza de que cuando llegue mi hora haré el tránsito a otra vida en la que espero que Dios se apiadará de mis múltiples errores.
Un capítulo fundamental en el estudio de las normatividades sociales versa acerca de si hay instancias supremas que orienten sus contenidos y garanticen el vigor de sus mandatos. Es asunto que en últimas remite a la Ley de Dios, que los creyentes pensamos que se resume en el Decálogo y sobre todo en los dos grandes mandatos evangélicos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos (Mt. 22 37-39). Muchos sujetos sin Dios ni Ley, como el Astado, niegan estas ideas y remiten el fundamento de las normatividades a una deidad que, repito parafraseando a Montaigne, es "vaga, vana y ondulante".
Se me ocurrió ayer, en una amena charla en la se cuestionaba que muchos graves escándalos queden impunes, que de la justicia se piensa en tres escenarios muy distintos, aunque pueda haber relaciones entre ellos: el de la Justicia Divina, que muchos niegan o tergiversan, y de la que nadie escapa; el de la Justicia legal, que exploró con rigor Aristóteles y es desafortunadamente incierta y falible, tal como lo experimentamos a diario; y el de la que podríamos llamar Justicia Criolla, que retrata un tango muy censurable y se identifica con la justicia con la propia mano, y no es otra cosa que la venganza. Es la justicia que invocan los alzados en armas para legitimar sus depredaciones.
A mis discípulos solía citarles el pensamiento de san Agustín, según el cual sin Dios no puede haber pueblo, ni ley ni justicia.
Queda la cuarta pregunta, que versa sobre el problema del mal. Sócrates lo reducía a una cuestión de ignorancia: el malvado se equivoca respecto de la apreciación del bien. Recuerdo que Artur Koestler, varios de cuyos escritos leí con mucho interés y provecho, pensaba que surgía de un desequilibrio entre el cerebro límbico que compartimos con los reptiles y el evolucionado del neocórtex. Pero la explicación que más me satisface es la del entonces cardenal Ratzinger: hay manifestaciones del mal que sólo cabe explicar por influencias de agentes externos, oscuros y en extremo perversos, como los que actúan a través del Astado y sus compinches. De esos agentes dan cabal cuenta los exorcistas y en particular el padre Amorth (vid. Habla Un Exorcista). Los demonios existen y obran de modo implacable sobre los seres humanos. Basta con abrir la prensa cotidiana para encontrar múltiples testimonios de la presencia del mal en las sociedades. Se ha denunciado, por ejemplo, su actividad en la Casa de Nariño bajo el desgobierno del Astado.
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