martes, 6 de octubre de 2026

¡Viva Cristo Rey!

El presidente De La Espriella manifiesta el celo del converso, lo que no es censurable de suyo, sino encomiable. Hay conversos egregios, como san Pablo, san Agustín y san Francisco de Asís, así como otros más recientes: el cardenal Newman, Jacques Maritain o Chesterton. Es muchísimo lo que la fe les debe a ellos.

La profesión pública de sus creencias religiosas por parte del gobernante tiene de positivo el buen ejemplo que ofrece. Destaca el valor de lo sagrado en una sociedad cada vez más sumida en lo profano. Cuando nada es sagrado, el deterioro moral en la vida de relación se hace incontenible. La actitud del presidente marca un significativo contraste con la que exhibió el indigno zarandajo que lo precedió en el ejercicio del cargo, que no hizo cosa distinta a la de basurear con desvergüenza todo lo atinente con el decoro y el buen comportamiento.

Pero estas manifestaciones deben ser prudentes, pues hay efectos colaterales que conviene evitar.

El primero tiene que ver con unos delicados riesgos espirituales contra los que alerta el texto mismo del Evangelio: la hipocresía, la creencia farisea en la superioridad moral, la intolerancia respecto de quienes no profesan las mismas creencias o la imposición de éstas mediante el ejercicio del poder. Conviene reiterar que la fe cristiana se difunde mejor a través del buen ejemplo y que la coerción en cualquiera de sus modalidades suele resultar más bien contraproducente.

Un segundo efecto colateral se refiere al conflicto religioso con quienes adhieren a otras confesiones o rechazan de plano la presencia de lo religioso en la escena pública. 

Lo estamos viendo en la actualidad. Hay sujetos intransigentes que creen equivocadamente que la Constitución consagra un laicismo radical y cuentan con el apoyo de jueces enemigos de la fe. A sus proditorias iniciativas se deben recientes fallos de tutela que afortunadamente han contado con una juiciosa revisión de parte de instancias superiores. Pero esa intransigencia se pone de manifiesto también en hechos violentos contra templos, imágenes sagradas y personas que dan testimonio de su fe, lo cual suele alterar a veces gravemente el orden público.

La paz religiosa conlleva un valor muy apreciable. Para lograrla se requiere un espíritu verdaderamente liberal como el que campea en nuestra Constitución Política. La libertad de conciencia, cuya censura fue un error del Syllabus, comprensible dentro del contexto de las batallas ideológicas del siglo XIX, garantiza el respeto por toda creencia, salvo la que vaya decididamente en desmedro del orden civilizado y ponga en grave peligro la existencia de la sociedad misma. Y cada creencia goza entonces de la posibilidad de expresarse tanto en forma privada como pública. Es un derecho de cada persona, así tenga la calidad de gobernante. 

Volviendo al tema inicial, cabe plantear si la exaltación de Cristo puede ofender a alguien y considerarse lesiva del orden público. Más allá de nuestras creencias personales, hay que recordar que sus enseñanzas han inspirado la civilización en que vivimos, que sigue siendo cristiana a pesar de los esfuerzos que se han hecho para despojarla de su fundamento espiritual. Esos esfuerzos, dicho sea de paso, están demostrando su iniquidad en Europa occidental, que al pretender erradicar su identidad religiosa han despejado el camino para que se impongan creencias que conllevan la crisis de la civilización y su reemplazo por otra cuyos valores nos resultan muy difíciles de asimilar. Pensemos tan sólo en una civilización del todo materialista, como la que tratan de imponer hoy los medios académicos, o quizás en algo peor, una regida por el Corán.

Hoy escuché una homilía muy estimulante en la misa que transmite Televid. El predicador, un joven sacerdote, invitó a perder tiempo, como la María quizás de Betania, en la compañía de Nuestro Señor Jesucristo, tiempo que nos hace más llevadera la existencia terrenal y nos conduce hacia la bienaventuranza eterna. Como dijo S.S. Benedicto XVI cuando fue elegido papa: «¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo» .


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