sábado, 2 de enero de 2021

Hay que sosegar los ánimos

No parece que hubiera sido afortunada la referencia que hace poco hizo el presidente Duque acerca de la ultraderecha que según él no le ha perdonado que hubiese triunfado sobre ella en la contienda por la candidatura del Centro Democrático.

Puedo estar equivocado, pero a mi juicio en esa contienda hubo, como es lógico, confrontación de personalidades, pero no propiamente de proyectos políticos capaces de suscitar divisiones en el seno del partido.

La molestia presidencial toca más bien con las críticas, no todas justificadas pero sí explicables, que algunos sectores del CD han manifestado acerca de distintos aspectos de la política gubernamental, hasta el punto de que se habla de que el partido no cuenta con adecuada representación en el gobierno y hay un déficit de sintonía con el mismo.

El primer mandatario, en lugar de tender puentes para entenderse con el partido, parece estar dispuesto más bien a quemar  las naves de la conciliación con quienes le muestran su desafecto.

Hay que partir de la base de que todos los gobernantes son quisquillosos, unos más que otros, y no reciben de buen grado las críticas que se les formulan. Si bien es cierto que en general Duque no se muestra proclive a la pugnacidad, es comprensible que en medio de las dificultades que lo circundan a veces pueda perder el control de sus reacciones. Pero no le conviene a él, como tampoco le conviene al país, que se profundice un hiato entre su gobierno y el partido que, en alianza con los conservadores, lo llevó al poder.

El Centro Democrático representa un proyecto político no sólo de largo alcance, sino de profunda importancia para la preservación de nuestro régimen democrático, que se vería gravemente comprometida si, como lo temen algunos, la elección presidencial en 2020 llegara a definirse entre dos personajes de los talantes de Fajardo y de Petro.

Hay que hacer todos los esfuerzos posibles para que el Centro Democrático y el Partido Conservador promuevan una gran coalición de fuerzas políticas comprometidas con la reactivación de la economía, la protección de los sectores sociales más afectados por la pandemia, la lucha frontal contra el narcotráfico y la corrupción, y la preservación de nuestro modelo político-económico, al que desde luego cabe hacerle los ajustes que aconsejen las circunstancias.

Digo que hay críticas justificadas a la gestión presidencial, como las que se han expuesto acerca del trato que ha recibido Antioquia, a cuya votación le debe el triunfo en el año 2018. Pero es un tema que todavía es susceptible de aclaración y corrección si se abre un diálogo constructivo en torno suyo.

Menos justificadas encuentro las críticas que se formulan respecto de la posición del gobierno ante el acuerdo con las Farc. Sé bien que ese acuerdo está plagado de inconvenientes, pero es un hecho creado que resulta peligroso desconocer y más difícil aún corregir. Es asunto sobre el que resulta preferible darle tiempo al tiempo. Llegará el momento de darle solución adecuada, pero todavía no estamos en él. Además, hay aspectos del mismo que vale la pena desarrollar con miras al mejoramiento de las condiciones de vida en el campo.

No creo que el Presidente esté ciego frente al peligro de que por políticas equivocadas suyas y de los sectores que lo rodean, el electorado termine inclinándose por candidatos proclives al Socialismo del Siglo XXI que promueven el Foro de San Pablo y el Grupo de Puebla. Pero no sobraría que de su parte se hiciese un esfuerzo por despejar equívocos y superar resquemores.

Como reza una fórmula ritual, si así lo hiciere, que Dios y la Patria se lo premien; de lo contrario, que Él y ella se lo demanden.


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