jueves, 5 de noviembre de 2026

Los Escarceos del Zalandrajo

Lo que se está dando a conocer sobre el comportamiento sexual del rijoso espécimen que habitó la Casa de Nariño en el más reciente cuatrienio da pie para varias reflexiones acerca de la vida privada de los gobernantes y sus relaciones con el derecho y la moral.

Desde el punto de vista jurídico, una de las más preciosas conquistas del derecho liberal toca con la protección de la intimidad, uno de cuyos aspectos toca con la vida sexual. Es un lugar común en la doctrina vigente sobre los derechos fundamentales que lo que hagan los adultos voluntariamente en su intimidad escapa al control del ordenamiento jurídico y es del todo libre. Pero, como sucede con cualquier otro principio, en el que se menciona obran ciertas excepciones o condicionamientos. Una cosa es lo que se hace a solas y otra distinta lo que se hace con otras personas, individualmente o en grupo, pues acá es necesario considerar que los demás también obran de acuerdo con su libre voluntad reflexiva. Se excluyen del principio entonces las participaciones que obedezcan a distintos tipos de presión, trátese de la coacción física o incluso de la psicológica, cuando se la ejerza sobre un subordinado o medie algún género de extorsión o de engaño, caso en el cual el asunto ubica dentro de la jurisdicción penal.

Hay un aspecto por así decirlo vidrioso atinente a la dignidad que debe observar quien ejerza la presidencia de la república. El artículo 175-2 de la Constitución Política autoriza al senado para destituir al presidente en virtud de acusaciones que se le formulen relativas a indignidad por mala conducta, que es una causal que escapa a la tipificación de los delitos que prevé el Código Penal y abre las puertas para que penetre la moralidad en el derecho positivo.

¿Cuál es la moralidad aplicable a estos casos?

En términos generales, lo moral toca con tres escenarios que pueden o no ser convergentes: las convicciones personales, las vigencias sociales o algo más profundo que concierne a las relaciones del alma individual con Dios.

Cada individuo alberga sus propias convicciones sobre lo correcto y lo incorrecto. Aspira, en consecuencia, a vivir de acuerdo con ellas y exigir que los demás, incluyendo el cuerpo social, respeten su libre albedrío. Es, en general, el punto de vista de los libertinos y los inconformes con los ordenamientos sociales. Pero éstos obedecen a otra lógica y a través de lo que los sociólogos denominan la presión social tratan de imponer normas de conducta a menudo reforzadas por el peso de las costumbres. Su fuente es lo que algunos filósofos identifican como el se impersonal o colectivo: se ordena, se permite, se desaconseja, se prohíbe, se censura, etc. Es lo que impone la cultura en cada comunidad.

 Los conflictos entre la conciencia individual y la colectiva suelen ser muy delicados. Aquélla trata de imponerse sobre la segunda e incluso modificarla. Ahí está la fuente de muchos cambios culturales que nos ha tocado presenciar en nuestra ya muy larga vida. Pero en muchos casos prevalece la defensa de los intereses sociales, y creo que a ello se refiere la categoría de la indignidad por mala conducta. Si el presidente simboliza la unidad nacional, como lo dice el artículo 188 de la Constitución Política, a él le corresponde dar buen ejemplo incluso en su vida privada, tal como lo haría el buen padre de familia de la venerable tradición romana. A nadie escapa que el móndrigo que nos ha desgobernado ha exhibido los peores ejemplos de mala conducta, como el que protagonizó al llevar a su barragana a una audiencia papal.

Una tercera acepción del orden moral se refiere a la relación del alma con Dios, que los filósofos de la modernidad consideran más bien con la racionalidad, dado que han sustituido al Ser Supremo por la Razón o el Logos. Este aspecto de la moral interesa ante todo con el crecimiento espiritual y, en últimas, con nuestro destino eterno, pero a decir verdad no creo que sea en principio asunto atañedero al ordenamiento jurídico, si bien no cabe afirmar que media una total separación entre el orden espiritual y el social que debe garantizar el derecho. A despecho de quienes proclaman esa radical dicotomía, los fundamentos más profundos del ordenamiento jurídico son de índole religiosa. Piénsese tan sólo en la noción de dignidad de la persona humana, que sólo es comprensible a partir de la creencia cristiana que exalta al ser humano dentro del orden de lo creado.

El zalandrajo de marras justifica su mala conducta en función del valor supremos de la libertad, pero en su desorden conceptual exhibe una ignorancia crasa sobre la problemática de aquélla. Desconoce, en efecto, los nexos inescindibles entre el acto libre y el acto responsable. En el fondo, es digno de lástima.


miércoles, 21 de octubre de 2026

Un brebaje tóxico

Interrogado en México sobre su identidad doctrinaria, el zarandajo que funge como líder de la oposición entre nosotros se declaró marxista y anarquista.

Sobre lo primero, a nadie podría caberle duda, pues sus simpatías por el comunismo han sido del dominio público. Basta con considerar su apoyo a los regímenes comunistas de la región, su dolencia por la caída del Muro de Berlín, la veneración que exhibió ante la tumba de Mao, su crítica a Stalin por los compromisos que firmó en Yalta o su condescendencia para con los alzados en armas en nuestro país, así como sus constantes ataques contra el capitalismo.

De lo segundo da fe su deplorable conducta personal. Es un transgresor empecinado que no reconoce Dios ni ley. Lo que ha trascendido al público acerca de sus malos hábitos es, simple y llanamente, más que escandaloso, estremecedor. Uno se siente aterrado al saber que un sujeto de semejante calaña haya ocupado la primera magistratura de la república. 

Declararse marxista hoy en día implica reconocerse como seguidor de un pensamiento perimido que no consulta las realidades del mundo en que vivimos. Sus aplicaciones en distintos países muestran sus pésimos resultados en todos los órdenes. Quizás haya en su acervo conceptual algunos elementos rescatables, pero como ideología que intenta dar cabal entendimiento de lo que nos rodea es algo llamado a archivarse en la historia de los devaneos intelectuales.

Sorprende su adhesión emocional a un credo que ha justificado la matanza de más de cien millones de seres humanos a lo largo del siglo XX, de lo que da cuenta un libro imprescindible lectura, "El Libro Negro del Comunismo". Dentro de ese espeluznante inventario no se cuenta la sangre de las innumerables víctimas con que el feroz instinto asesino de los devotos del comunismo ha inundado los campos de nuestra patria.

No menos obsoleta es su adhesión al anarquismo, ideología que gozó de cierto favor en el siglo XIX y principios del XX, pero terminó relegada a círculos de delincuentes radicalmente antisociales. Su idea de un orden espontáneo de las sociedades, ajeno a toda intervención autoritaria, es, más que utópica, delirante.

Ya no se declara seguidor de la Teología de la Liberación, engañifa con la que no hace mucho intentó desorientar a fieles cristianos que no habrían admitido que se manifestara en pro del comunismo ateo. Ya no los necesita para que lo apoyen en los procesos electorales. Le sirvió ese artilugio para conquistar votos campesinos y aldeanos que atrajo a raíz de su visita a S.S. Francisco en vísperas de las elecciones presidenciales de 2022, para lo cual se dice que se repartieron estampitas con fotografías que lo mostraban sonriente al lado del papa.

Combinar marxismo con anarquismo es, como digo, armar un brebaje tóxico. La práctica del marxismo ha conducido a instaurar el más riguroso régimen totalitario de que da cuenta la historia, sobre todo en su versión leninista. Nada que ver con el anarquismo, que reniega de toda autoridad.

No puede considerarse anarquista un personaje que a lo largo de su vida ha mostrado una obsesión desaforada por el poder. Su afiliación desde los años de adolescente al grupo criminal del M-19 que justificaba sus depredaciones motivándolas en el supuesto fraude electoral de 1970 y en las finalidades dizque humanitarias de su proyecto político, lo exhibe más bien como un sujeto afectado por severos desórdenes mentales.

Un autorizado grupo de psiquiatras le pidió al senado que investigara su estado psíquico con miras a declarar su incapacidad para el ejercicio del cargo presidencial. El senado prestó oídos sordos a tan razonable petición y debería responder por omisión culpable al permitir que permaneciera rigiendo los destinos del país quien a todas luces exhibía signos patentes de psicopatía.

Este antecedente da pie para sugerir que mediante acto legislativo se reforme la Constitución Política, con el propósito de que no vuelva a ocupar la presidencia alguien tocado de los graves vicios que están hoy saliendo a la luz en torno de ese móndrigo.



viernes, 16 de octubre de 2026

Leyes Imaginarias

Nuestro recordado profesor Miguel Moreno Jaramillo nos hablaba en su cátedra de Introducción a la Ciencia del Derecho acerca de las leyes imaginarias, las que se cree que están en vigencia, pero sólo habitan en el imaginario colectivo.

Tal sucede con la idea de que nuestra Constitución Política, al consagrar la libertad de cultos y la igualdad de todas las confesiones religiosas e iglesias (art. 19), impuso un laicismo radical que excluye del debate público toda argumentación de índole religiosa.

Olvidan los que así piensan que la propia Constitución se expidió invocando en su preámbulo la protección de Dios, al tiempo que le exige al presidente al tomar posesión de su cargo que jure ante Dios cumplir on los deberes inherentes al mismo. El mismo ordenamiento protege las riquezas culturales de la Nación (art. 8) y declara que el patrimonio cultural de la Nación que está bajo la protección del Estado (art. 72), lo que incluye, desde luego, las creencias religiosas que contribuyen a configurar la identidad nacional.

No es cierto entonces que el carácter laico que se desprende del texto del artículo 19 en cita deje de lado toda consideración religiosa en lo atinente al contenido de los derechos fundamentales.

El Colombiano, que ha dejado de ser un periódico conservador y exhibe a menudeo tintes abortistas, censuró hace poco la decisión del gobierno actual de adherir al grupo de países que niegan que haya un derecho internacional al aborto ni obligación de los Estados para aceptarlo, facilitarlo e incluso financiarlo. La queja del editorialista se funda precisamente en una concepción radical del principio del Estado laico que no encuentra asidero en nuestro ordenamiento constitucional. Invoca, pues, una ley imaginaria.

La exclusión de la Ley de Dios del Derecho positivo y la aceptación del aborto son cuestiones disputadas sobre las que no median consensos definitivos.

Es cierto que en el pensamiento jurídico obra con insistencia la mentalidad positivista que considera como referente supremo del derecho la voluntad general que emana de la soberanía popular. Pero esta tendencia ignora que la idea de que el pueblo es soberano tiene origen en las especulaciones que acerca del poder en la sociedad forjaron los teólogos católicos, quienes postularon que ese poder viene de Dios, quien lo adjudica a la comunidad y ésta, a su vez, lo concierta con el gobernante, que se obliga a gobernarla justamente.

El profesor Harold J. Berman, en su excelente libro titulado "La Formación de la Tradición Jurídica de Occidente", observa que dicha tradición hunde sus raíces en el Derecho Canónico, deudor a su vez del Derecho Romano, la Sagrada Biblia y el gran pensamiento griego (la trinidad de Sócrates, Platón y Aristóteles, ante todo, pero también los estoicos). 

Las ideas sobre la dignidad de la persona humana, la igualdad esencial de todos los seres humanos, la compasión para con los menesterosos, el bien común y la justicia como fines fundamentales de la autoridad política, la búsqueda de la paz en las redes colectivas e incluso las ideas de libertad individual, todas ellas están impregnadas de coloración religiosa y específicamente cristiana. Así lo enseñaba el célebre Lord Acton en sus escritos acerca de la libertad.

No podemos entender nuestra civilización prescindiendo de sus raíces religiosas. Ya sabemos cuáles son los efectos de su negación en los totalitarismos nazi y comunista. Hay otro totalitarismo in nuce, el Woke, contra el que acaba de advertirnos y pronunciarse el presidente De La Espriella, que pretende erradicar todos los fundamentos morales de nuestra civilización bajo la consigna de la divinización del ser humano, a cuyo tenor el deseo se erige como suprema instancia del ordenamiento colectivo.

El aborto no es un procedimiento inocuo. Los que lo promueven no se fijan en el modo atroz cómo se lo lleva a cabo, ni en el daño físico y anímico que causa en la mujer, ni en sus muy perjudiciales consecuencias colectivas. Raymond Aron, al que he considerado como unos de mis maîtres à penser, dijo en un reportaje para L'Express poco antes de su muerte: "Nuestra civilización avanza hacia su destrucción: ya quiere aceptar el aborto". No era creyente y su mentalidad se inscribía dentro del liberalismo más riguroso, pero, como él mismo se describía, era un espectador comprometido (vid.Le Spectateur engage - Raymond Aron.pdf).

La crisis demográfica que padece hoy Europa occidental y nos ha contagiado aquí es una consecuencia desastrosa de la Revolución Sexual que se inició en la década de 1960. Uno de sus promotores entre nosotros ha sido el abyecto zarandajo que nos desgobernó en el más reciente cuatrienio. Su comportamiento disoluto erigió la perversión sexual como ejemplo a seguir para nuestra juventud.

Leí hace años en "The Origins of Pagan and Christian Beliefs", de Edward Carpenter, que el triunfo del cristianismo en el imperio romano fue obra de una auténtica revolución moral a la que no le eran ajenas las creencias judías sobre la moderación de las costumbres, que se oponían al libertinaje imperante en la sociedad antigua, muy parecido al que ejerce el móndrigo que dice actuar como supremo líder de la oposición entre nosotros. Lo que ahora se predica como progresismo en lo que a derechos concierne no es, pues, otra cosa que un destructivo retroceso hacia oscuras etapas del acontecer histórico.


martes, 6 de octubre de 2026

¡Viva Cristo Rey!

El presidente De La Espriella manifiesta el celo del converso, lo que no es censurable de suyo, sino encomiable. Hay conversos egregios, como san Pablo, san Agustín y san Francisco de Asís, así como otros más recientes: el cardenal Newman, Jacques Maritain o Chesterton. Es muchísimo lo que la fe les debe a ellos.

La profesión pública de sus creencias religiosas por parte del gobernante tiene de positivo el buen ejemplo que ofrece. Destaca el valor de lo sagrado en una sociedad cada vez más sumida en lo profano. Cuando nada es sagrado, el deterioro moral en la vida de relación se hace incontenible. La actitud del presidente marca un significativo contraste con la que exhibió el indigno zarandajo que lo precedió en el ejercicio del cargo, que no hizo cosa distinta a la de basurear con desvergüenza todo lo atinente con el decoro y el buen comportamiento.

Pero estas manifestaciones deben ser prudentes, pues hay efectos colaterales que conviene evitar.

El primero tiene que ver con unos delicados riesgos espirituales contra los que alerta el texto mismo del Evangelio: la hipocresía, la creencia farisea en la superioridad moral, la intolerancia respecto de quienes no profesan las mismas creencias o la imposición de éstas mediante el ejercicio del poder. Conviene reiterar que la fe cristiana se difunde mejor a través del buen ejemplo y que la coerción en cualquiera de sus modalidades suele resultar más bien contraproducente.

Un segundo efecto colateral se refiere al conflicto religioso con quienes adhieren a otras confesiones o rechazan de plano la presencia de lo religioso en la escena pública. 

Lo estamos viendo en la actualidad. Hay sujetos intransigentes que creen equivocadamente que la Constitución consagra un laicismo radical y cuentan con el apoyo de jueces enemigos de la fe. A sus proditorias iniciativas se deben recientes fallos de tutela que afortunadamente han contado con una juiciosa revisión de parte de instancias superiores. Pero esa intransigencia se pone de manifiesto también en hechos violentos contra templos, imágenes sagradas y personas que dan testimonio de su fe, lo cual suele alterar a veces gravemente el orden público.

La paz religiosa conlleva un valor muy apreciable. Para lograrla se requiere un espíritu verdaderamente liberal como el que campea en nuestra Constitución Política. La libertad de conciencia, cuya censura fue un error del Syllabus, comprensible dentro del contexto de las batallas ideológicas del siglo XIX, garantiza el respeto por toda creencia, salvo la que vaya decididamente en desmedro del orden civilizado y ponga en grave peligro la existencia de la sociedad misma. Y cada creencia goza entonces de la posibilidad de expresarse tanto en forma privada como pública. Es un derecho de cada persona, así tenga la calidad de gobernante. 

Volviendo al tema inicial, cabe plantear si la exaltación de Cristo puede ofender a alguien y considerarse lesiva del orden público. Más allá de nuestras creencias personales, hay que recordar que sus enseñanzas han inspirado la civilización en que vivimos, que sigue siendo cristiana a pesar de los esfuerzos que se han hecho para despojarla de su fundamento espiritual. Esos esfuerzos, dicho sea de paso, están demostrando su iniquidad en Europa occidental, que al pretender erradicar su identidad religiosa han despejado el camino para que se impongan creencias que conllevan la crisis de la civilización y su reemplazo por otra cuyos valores nos resultan muy difíciles de asimilar. Pensemos tan sólo en una civilización del todo materialista, como la que tratan de imponer hoy los medios académicos, o quizás en algo peor, una regida por el Corán.

Hoy escuché una homilía muy estimulante en la misa que transmite Televid. El predicador, un joven sacerdote, invitó a perder tiempo, como la María quizás de Betania, en la compañía de Nuestro Señor Jesucristo, tiempo que nos hace más llevadera la existencia terrenal y nos conduce hacia la bienaventuranza eterna. Como dijo S.S. Benedicto XVI cuando fue elegido papa: «¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo» .


domingo, 4 de octubre de 2026

¡Cuidado con ese pozo°!...


"Por el camino" es una preciosa zamba que lleva letra de Benjamín Tagle Lara y Carlos Vicente Geroni Flores. Fue muy popular hace años, sobre todo en la versión de Ignacio Corsini. Me contaba el embajador venezolano Juan E. Moreno Gómez, gran conocedor de la música argentina y del que no he vuelto a tener noticias, que cuando Gardel la grabó dijo:"Esta no va. Mucho mejor la de Corsini". Gardel ya había tenido enorme éxito con "El Carretero", que lo consagró en París en 1928.

Pues bien, en la versión de Corsini el carretero le advierte al buey barcino que tenga cuidado con un pozo. Y en la de Gardel la advertencia va por una zanja:"¡Compañero de mi vida, cuidado con esa zanja, no se le quiebre el pértigo, cuide ese buey cola blanca". 

Pozo o zanja, el camino del gobierno menudea en riesgos de toda índole. Ahí abundan los escollos y es fácil tropezar e irse de bruces. Al comienzo todo son fiestas, máxime si el triunfo nos ha librado de una rémora como Cepeda, pero a medida que se va avanzando aparecen, como reza la zamba de Corsini, "los peligros del sendero".

Al presidente Turbay se le reconocía su habilidad política. Mi compañero de universidad Iván Duque Escobar, que fue uno de sus más fieles seguidores, me contaba que una de sus divisas consistía en no multiplicar los enemigos. Según él, cuando uno gradúa a alguien como su enemigo, lo pone a ejercer.

Es lo que, desafortunadamente, está haciendo a troche y moche el presidente De La Espriella, que gradúa enemigos por doquier, olvidando la sabiduría popular que nos dice que no hay enemigo pequeño.

Lo que acaba de acontecer con el presidente de la Andi es, como acaba de señalarlo Rafael Nieto Loaiza, muy inquietante. No conozco personalmente a Bruce MacMaster. Conocí sus padres en Cartagena, que eran unos exquisitos anfitriones cuando había reuniones de la Andi por allá.
 
A propósito, yo fui algo así como un escudero jurídico de Fabio Echeverri Correa cuando el entonces presidente López Michelsen quiso moverle la silla. Echeverri tenía una vigorosa personalidad y no se dejó tumbar. Los que estábamos bajo su mando le colaboramos con todo entusiasmo en su resistencia, que fue eficaz. Mi gran amigo Alberto Velásquez Martínez es testigo y copartícipe de ello.

Las organizaciones gremiales cumplen un papel muy significativo en los procesos gubernamentales. A ellas les corresponde, como enseñan los politólogos, la articulación de intereses, esto es, poner en orden las demandas de sus afiliados y presentarlas debidamente estructuradas a la consideración de los gobiernos. Vale le pena recordar aquí que la Andi surgió precisamente por iniciativa del presidente López Pumarejo, que tenía buenas relaciones con los industriales antioqueños y les recomendó que se organizaran para mejor atender sus solicitudes.

Las entidades gremiales no son apéndices de los gobiernos. Su tarea es servir algo así como de correas de transmisión de las inquietudes de sus afiliados. De ese modo cooperan con la buena gestión de la cosa pública. Bien intencionadas, les suministran información y propuestas a los gobernantes para que acierten en sus emprendimientos.

Aunque he pertenecido al Centro Democrático desde su fundación y sigo creyendo fielmente en sus postulados, en el reciente debate presidencial decidí apartarme de su candidatura oficial y respaldar la aspiración de Abelardo De La Espriella. De ninguna manera estoy arrepentido de mi voto, pues creo que en compañía de José Manuel Restrepo, a quien ya había propuesto como presidenciable en un artículo que publiqué hace algún tiempo, los dos forman una dupla capaz de sacar adelante a Colombia del tragadal en que la dejó sumida el Astado. Hay que apoyarlos en la ingente tarea que están acometiendo, pero ello no quiere decir que debamos abstenernos de advertirles sobre los errores que puedan cometer.

Una vez más manifiesto mi acuerdo con el senador Nieto Loaiza: lo de la Andi no ha tenido buen manejo, lo mismo que lo de las relaciones con el Centro Democrático. Para salir adelante, hay que sumar e incluso multiplicar, en vez de restar y dividir.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Malos perdedores

El desconocimiento de los resultados de la reciente elección presidencial por parte del PH (Pacto Histriónico) muestra a sus dirigentes y activistas como malos perdedores que patean la mesa de juego si no los favorecen sus resultados.

Es bien sabido que la democracia es un régimen que adolece de muchas imperfecciones y su funcionamiento exige varios requisitos sin los cuales está condenada al fracaso. Uno de ellos es la cultura democrática, que conjuga conceptos y valores que deben inspirar a los actores políticos de modo que quienes pierdan elecciones acojan de buena fe el veredicto de las urnas y respeten el triunfo de sus oponentes.

El Astado y su carnal Cepeda, los máximos rectores del PH, invocan fraude y manipulaciones del electorado que no han podido demostrar, como subterfugios justificativos de su rechazo al presidente De La Espriella y el vicepresidente Restrepo, pese a que los observadores internacionales, así como los escrutadores previstos por la ley, confirmaron la transparencia de los resultados del proceso comicial.

Uno y otro quedaron con los crespos hechos. Fieles a sus convicciones comunistas esperaban que la obra de demolición de la institucionalidad que se adelantó en el último cuatrienio podría continuar en el siguiente en beneficio del proyecto revolucionario que los anima. La ciudadanía les dijo que no y en lugar de reconocer su derrota han resuelto convocar a sus hordas para oponerse en manifestaciones supuestamente pacíficas al nuevo gobierno. Ya veremos que se trata de un propósito subversivo que bordea los linderos del Código Penal.

Es claro que el concepto de democracia que los inspira no es el liberal que funda la soberanía en un colectivo de ciudadanos que asistidos por la razón y debidamente informados deciden sobre la cosa pública. Su modelo es el de la democracia tumultuaria que dio origen al Régimen del Terror durante la Revolución Francesa, animada por las más bajas pasiones y sometida a la ceguera de la masa. 

Reitero que el PH es un partido de inspiración comunista que oculta su peligrosa identidad bajo el rótulo del progresismo, cuyo significado es bastante confuso, por no decir engañoso. Recuerdo acá un lúcido ensayo de Raymond Aron, "Progreso y Desilusión". que muestra las inconsistencias de lo que se presenta como un proyecto de redención de la humanidad. Hay, por así decirlo, una ideología del progreso inspiradora de lo que destacados politólogos consideran como una religión secular llamada a sustituir la que forjó nuestra civilización.

El comunismo era un anhelo hace cien años. Hoy resulta ser un trágico fracaso que no sólo ha arruinado a sociedades enteras, sino causado la muerte de más de cien millones de seres humanos, según lo acredita "El Libro Negro del Comunismo" y lo corrobora "El Pasado de un Ilusión".

La democracia se consolida cuando triunfadores y perdedores se someten de buena fe a sus reglas de juego. Pero se debilita si invocando desviadas consideraciones ideológicas se desconocen sus resultados. 

Con los comunistas es muy difícil el diálogo, porque ellos por principio niegan la buena fe de sus contradictores y obsesionados por sus delirios consideran que sólo ellos son los legítimos intérpretes de la voluntad y las aspiraciones del pueblo.

Reitero que es muy inquietante que un elevado porcentaje de nuestra opinión siga apoyando a los comunistas que controlan el PH.

martes, 22 de septiembre de 2026

Viento de loma, cálido arrullo de la paloma

Como en los sentidos versos de Homero Manzi, el ambiente que hoy respiramos en nuestro país suscita buen ánimo sobre los tiempos venideros, bajo la guía de gobernantes que inspiran respeto y confianza por la dignidad y la responsabilidad con que han iniciado la conducción de la república. Lejos estamos al parecer de las miasmas que nos tenían sofocados bajo el desgobierno del Astado y la hez que lo rodeaba. 

Pero el entusiasmo hoy reinante no debe de inducirnos a olvidar que el nuevo gobierno ha recibido un país al borde de la ruina desde todos los puntos de vista. Por donde se la mire, la herencia de esa cauda de truhanes asusta y obliga a poner los pies sobre la tierra.

La tarea que le espera al Tigre es descomunal y requiere el apoyo decidido de todos los colombianos de buena voluntad. Es indispensable unir esfuerzos alrededor de la coalición que lo respalda en el congreso, limando asperezas y superando fisuras que en mala hora han venido apareciendo.

Estoy enteramente de acuerdo con el senador Rafael Nieto Loaiza cuando advierte sobre la necesidad de que las relaciones con el congreso se adelanten reconociendo que es la corporación que representa los diversos y complejos matices de nuestra sociedad.

El finado Luis Carlos Galán, que enarboló las banderas de la lucha contra la corrupción política, reconocía que en el congreso se contaba con personas, excelentes, buenas, regulares, malas y pésimas. El Astado, que se formó en los tragadales de la delincuencia política que defendía dizque en aras de la justicia social, se inclinaba por atraer a esas últimas categorías. Ahora lo que toca es convocar a la excelencia para contar con sus luces en pro de la reconstrucción de Colombia.

No podemos ignorar que, en ausencia de partidos fuertes como los había en el pasado, hoy la gobernanza requiere configurar coaliciones que agrupan tendencias disímiles que suelen ligarse por intereses coyunturales. El manejo de esa diversidad exige mucho tacto de parte de los llamados a conducirla. Todo político aspira a incrementar su poder y es frecuente que en una coalición trate de lograrlo a costa de sus aliados ocasionales. En el caso presente, hay un conjunto que sobresale por su nivel de votación, el Centro Democrático, y no resulta extraño que otros de menor entidad traten de cobrar relevancia a sus expensas. Esa actitud debilita la coalición y mina los esfuerzos que demanda la tarea común.

Aunque es dudoso que la partición casi que por mitades que se puso de manifiesto en la contienda presidencial se mantenga vigente, hay que admitir que por lo menos cerca de un 40 % de la opinión podría conservar su apoyo a la tendencia comunista que solapadamente dirigen el extravagante Astado y su oscuro carnal Cepeda. Es de esperar que esa tendencia vaya debilitándose a medida que el buen gobierno del Tigre muestre sus frutos, pero de todas maneras es indispensable prestarle atención, máxime si se considera la cercanía de las elecciones del año entrante. Ya lo he dicho en otras ocasiones: se trata, como en una célebre película mexicana, de dos tipos de cuidado. El primero de ellos es un agitador irresponsable que busca tensar las cuerdas más oscuras y pugnaces del resentimiento popular. Lo ha hecho con éxito en un pasado reciente y podría ensayarlo de nuevo. El segundo es un tenaz odiador, como lo demuestra la implacable e injusta persecución judicial que a lo largo de varios años ha desatado contra el expresidente Uribe en venganza por haber arrinconado a sus amadas Farc. Son dos energúmenos que suscitan las fuerzas del Averno. Hay que darse la bendición cuando se los menciona.

En síntesis, al optimismo que han traído consigo los inicios del actual gobierno se hace menester rodearlo de buenas dosis de sentido de la realidad política. No hay que olvidar que la política se adelanta primero que todo con base en hechos que, como decía Lenin, son tozudos.