lunes, 22 de junio de 2026

Obró la Providencia

Como solía decir mi finada esposa -¡alma bendita!- Dios nos miró ayer con ojos de misericordia al librarnos de la victoria del candidato comunista que habría llevado a su culminación la agenda que el taimado inquilino de la Casa de Nariño venía preparando para instaurar entre nosotros un régimen inspirado en lo que ha llevado a cubanos y venezolanos a padecer los rigores de la miseria más atroz.

Las elecciones de ayer cierran un ciclo que no ha debido abrirse y hacen renacer la esperanza en millones de compatriotas que temían lo peor y hoy observan con optimismo el porvenir de nuestra patria, sabedores de que al mando habrá un tándem inspirado en el propósito de enderezar hacia rutas de progreso en todos los órdenes el rumbo que el desgobierno actual conducía hacia el desastre.

Supongo que igual que yo muchos colombianos veníamos elevando plegarias al Altísimo para que nos protegiera del comunismo y de las protervas intenciones de sus promotores. Por experiencia personal, estoy convencido de que la oración que se recita con fervor y buenas intenciones produce resultados beneficiosos. "Pedid y se os dará", promete el Evangelio.

Por supuesto que el camino que tocará recorrer a partir del próximo 7 de agosto será proceloso a más no poder, pues la herencia que nos lega el desgobierno actual está plagada de desastres de toda índole. En consecuencia, nos tocará aplicar aquello de "a Dios rogando y con el mazo dando", aceptando muchos sacrificios en pro del bien común.

Los expertos hablan del riesgo de una tremenda crisis fiscal; otros hablan de la posibilidad inminente de un apagón eléctrico; la crisis de la salud es dramática; el control territorial de la delincuencia es tenebroso; la inseguridad para todos está a la vuelta de la esquina; los resultados sociales de que se jacta el que nos desgobierna no se explican por la vitalidad de la economía, sino por el derroche del gasto público; ya la cocaína es el principal renglón de nuestras exportaciones y, como lo demuestran los resultados electorales de ayer, el control político de los narcotraficantes sobre las comunidades nos pone al borde de convertirnos en un narcoestado; nuestra fuerza pública está desmoralizada y debilitada, sin recursos suficientes para enfrentar el poderío de la delincuencia; nuestra patria se ha convertido en el hazmerreír de la comunidad internacional por los despropósitos recurrentes del que nos desgobierna, que ha arrastrado por el suelo nuestra dignidad. Rescatar la dignidad de nuestra Colombia y nuestro gobierno será tarea urgentísima de Abelardo y José Manuel, pues sólo cuando es respetable puede la autoridad reclamar acatamiento.

Hay muchas hipótesis acerca de la polarización que ha llevado a que el cuerpo electoral se divida prácticamente por partes iguales, con una ligera diferencia de cerca de 250.000 votos entre los contendientes. Me inclino a pensar que los seguidores del candidato comunista no tuvieron claridad acerca de su índole y sus intenciones ocultas. Muchos votaron, como se ha dicho, con el fusil en la nuca; otros sucumbieron ante la demagógica fijación del salario mínimo o la multiplicidad de puestos y de contratos que nos está llevando a la ruina; a otros los convenció la propaganda negra que se difundió contra los defensores de la patria o el cuento cruel de la superioridad moral y la decencia del candidato comunista. En la medida que avance un buen gobierno, esas voluntades desviadas podrían inclinarse en favor suyo.

Abelardo recibió la noticia de su triunfo dándole gracias a Dios. A diferencia del que nos desgobierna, que según Isabel Cuervo es feligrés de una oscura religión de origen africano, tanto Abelardo como José Manuel son católicos devotos, convencidos de la necesidad de adelantar una política del espíritu a la que hice referencia en un escrito reciente. Esa política se inicia elevando el nivel moral del gobierno, tanto en lo público como en lo privado. Su propósito es la realización del bien común, que es una idea que entraña vasta profundidad acerca del destino colectivo. Que Dios los ilumine y proteja. 

lunes, 15 de junio de 2026

Alea Jacta Est

El próximo domingo los colombianos elegiremos entre la democracia liberal y el comunismo. Como dicen que dijo el poeta, "todo nos llega tarde, hasta la muerte". La "Guerra Fría" que se libró a lo largo de la segunda década del siglo XX y terminó con la derrota del comunismo, exhibe sus estertores entre nosotros enfrentando a Abelardo y José Manuel contra Cepeda y sus secuaces amigos del castro-chavismo. 

Todo indica que el triunfo será de los primeros, pero no deja de inquietar que una considerable porción del electorado se incline por el candidato comunista. Ello puede interpretarse como una muestra de inmadurez democrática, pero el análisis debe ir más al fondo de las cosas, que vienen mostrando desde hace años la insatisfacción de importantes segmentos del pueblo que consideran que el Estado actual no da curso adecuado a sus apremiantes demandas.

El desgobierno que reina hoy por hoy se jacta de atenderlas, pero lo ha hecho a la bartola, con altas dosis de palabrería y magros resultados, preso entre consignas ideológicas obsoletas cuyo fracaso en otras latitudes es ya indiscutible. Añorar a Stalin, a Mao, a Castro o a Chávez roza en el delirio.

Colombia debe seguir otros modelos que han demostrado ser exitosos en los países en los que se los ha aplicado. Mirar hacia la Cuba de los Castro y la Venezuela de Chávez y Maduro no deja de ser una ironía de pésimo gusto.

El nuevo gobierno que esperamos pueda instalarse el 7 de agosto venidero deberá afrontar una situación difícil como pocas en nuestra historia. El inventario de los desastres que deja el actual salta a la vista y la superación de todos ellos exigirá fuertes dosis de entereza, imaginación y buen sentido de parte de sus dirigentes, pero también de abnegada colaboración de nuestras comunidades. Si no lograre el apoyo decidido de éstas, se verá abocado al fracaso. La célebre cuestión que les planteó el presidente Kennedy a sus compatriotas al tomar posesión de su cargo mantiene su plena vigencia y es el caso de preguntarnos a los colombianos lo que debemos hacer por nuestro país y no por lo que éste puede hacer por nosotros.

Leo en estos momentos "Colombia, un drama", de Abelardo Forero Benavides, al que he llegado por amable sugerencia de mi buen amigo Álvaro Tirado Mejía. Es un libro que su autor no quiso publicar en vida por los severos cuestionamientos a quienes consideraba responsables de la tragedia que padecimos a mediados del siglo XX. Acaba de publicarlo la Universidad de los Andes y es de obligada lectura no sólo para quienes deseen conocer y entender esos aciagos momentos de nuestro devenir, sino para los que hoy tienen a su cargo la responsabilidad de velar por la salud de la república.

Más adelante me adentraré en el comentario de esa especie de "Memorias de Ultratumba". Por lo pronto llamo la atención sobre el ambiente caldeado que se percibe en el país, que nos obliga, como en el poema de Pombo, a "consultar oráculos más altos que nuestro duelo", verso que al citarlo en un artículo publicado en "Sábado" le ganó a Forero la animadversión de Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo, cuando en rigor estaba invitando a que los partidos en pugna elevaran los ojos hacia los supremos intereses de la patria. Eso es lo que nos toca hacer hoy. Entender a los contrarios, no negarles espacios y promover acuerdos que nos permitan transitar por nuevas sendas de bienestar y de progreso.

El sectarismo es un viejo vicio de la política colombiana y lo observa uno en todos los sectores, llámense de derecha, de centro o de izquierda. No hay que ignorar que la política es por su propia naturaleza escenario de opiniones e intereses encontrados que sólo pueden convivir si todos ellos comparten los acuerdos sobre lo fundamental que en el atardecer de su existencia proclamaba Álvaro Gómez Hurtado. Esos acuerdos son posibles en el seno de la democracia liberal, mas no en la comunista, que es totalitaria y liberticida por definición. Han sido, en cambio, muy fecundos con la socialdemocracia, como lo demuestra la experiencia europea después de la II Guerra Mundial. Remito  a los sesudos escritos de Sheri Berman que he citado en este blog en otras oportunidades (vid. [PDF] The Social Democratic Moment by Sheri Berman | 9780674442610, 9780674020849).

Nuestra democracia debe ofrecer espacios para todos, menos para los violentos que pretenden imponerse por medio de las armas y toda suerte de depredaciones. La paz sólo será posible si ellos se someten a la voluntad legítima del Estado. Sólo cuando éste monopoliza el uso de la fuerza en la sociedad puede hablarse de vigencia de la civilización política. Su insurgencia los ubica dentro de la categoría de "Civilization Killers" que ha sido objeto de importantes consideraciones por parte de Mgr. Charles Pope (vid. Civilization Killers – On the Decline of Three Basic Cultural Indicators and What it Means for America – La Linterna Azul).

Vuelvo sobre lo de la delgada corteza de nuestra civilización que ha sido tema de Marco Palacios. El gobierno venidero tendrá que ocuparse de fortalecer nuestra civilización política, no de erosionarla como viene haciéndolo el que nos desgobierna.

domingo, 7 de junio de 2026

¿Fronterizo del delito?

Es bien sabido que el que nos desgobierna militó en sus mocedades en un tenebroso movimiento criminal, el M-19, que lo pervirtió convirtiéndolo en delincuente juvenil. Pagó cárcel por algunas de sus actividades ilegales, pero no obstante ello pudo ser elegido por votación popular, contrariando lo dispuesto por el artículo 197 de la Constitución Política, porque alguien le hizo el favor de sustraer del expediente respectivo los folios del fallo que lo condenó. A primera vista, ahí se configuró una modalidad de falsedad documental que a nadie se le ocurrió investigar.

Como es proclive a pasearse por los bordes del Código Penal, anda haciendo malabares alrededor del texto del inciso primero de su artículo 422, que a la letra dice:


Lea más: https://leyes.co/codigo_penal/422.htm
"El servidor público que ejerza jurisdicción, autoridad civil o política, cargo de dirección administrativa, o se desempeñe en los órganos judicial, electoral, de control, que forme parte de comités, juntas o directorios políticos, o utilice su poder para favorecer o perjudicar electoralmente a un candidato, partido o movimiento político, incurrirá en multa y pérdida del empleo o cargo público."

Al tenor de la prohibición para el servidor público de utilizar su poder para perjudicar electoralmente a un candidato, partido o movimiento político, parece que la seguidilla de discursos vejatorios para Abelardo y la organización política que lo respalda que viene pronunciando en distintos lugares el que dice ser presidente de Colombia bordea descaradamente la susodicha prohibición.

Esos discursos vejatorios parecen configurar, además, sendos delitos de injuria y calumnia previstos en los artículos 221 y 222 también del Código Penal, pues no sólo arrojan ofensas contra el mencionado candidato, sino acusaciones concernientes a la comisión de gravísimos delitos.

Fuera de posibles violaciones del Código Penal, los iracundos y desaforados pronunciamientos públicos recientes del okupa de la Casa de Nariño ameritan que se los examine a la luz del régimen disciplinario de los servidores públicos, sobre lo cual resulta oportuno detenerse en las consideraciones que hizo la Procuraduría General de la Nación en documento que puede consultarse en directiva prohibiciones electorales.pdf.

Aquel funcionario parece ampararse en la impunidad que le otorga el control sobre la Comisión de Investigación y Acusación de la Cámara de Representantes, la que según denuncia de uno de sus miembros fue beneficiada con el otorgamiento de cupos contractuales por valor de varios miles de millones de pesos. La incuria de dicha Comisión para proceder en averiguaciones sobre el comportamiento del servidor público de marras ya viene siendo objeto de investigaciones por parte de la Corte Suprema de Justicia y la Procuraduría General de la Nación. 

No hay que olvidar que el fuero que favorece al servidor de marras tocará a su fin el próximo 7 agosto, cuando las investigaciones penales en contra suya pasarán a cargo de la Fiscalía General de la Nación. Quizá entonces se haga justicia en torno de quien ha venido actuando como si para él no hubiera ni Dios ni ley.

miércoles, 3 de junio de 2026

Firmes por la patria

El próximo 21 de junio se juega decisivamente el futuro de Colombia. En la segunda vuelta de la elección presidencial la ciudadanía decidirá si conservamos la democracia liberal o nos precipitamos hacia el cenagal del comunismo en que quieren hundirnos Cepeda y sus secuaces.

De Cepeda bien puede decirse que "aunque la mona se vista de seda, mona se queda". Se disfraza de progresista, de defensor de los derechos humanos, de adalid en la lucha por la ética pública, de promotor del bienestar del pueblo y otras lindezas, pero a nadie escapa que es un comunista mondo y lirondo, formado en la escuela más radical detrás de la ominosa Cortina de Hierro.

Lo hemos visto defendiendo los regímenes castro-chavistas que sólo miseria y destrucción de las libertades más elementales han producido en Cuba y Venezuela.

La constituyente que promueve no busca mejorar nuestro régimen político, económico y social, sino dotar al gobernante de poderes excesivos que le permitan promover sin cortapisas las tres revoluciones que anuncia su programa, pergeñadas para dar un vuelco total a nuestro ordenamiento jurídico y borrar de tajo nuestras tradiciones, como si fuera tan fácil en una sociedad lo de partir de cero con borrón y cuenta nueva.

Abelardo ha traído a colación las certeras palabras de Churchill cuando asumió el gobierno de Inglaterra en unos de los momentos más difíciles de su historia, ofreciendo tan sólo "sangre, sudor y lágrimas" e invocando la solidaridad colectiva para superar el trance crucial en que se hallaba.

Mutatis mutandis, así estamos hoy los colombianos, enfrentados a una amenaza comunista que ha logrado despistar a un nutrido grupo de compatriotas que se ha dejado seducir por la palabrería vana de unos demagogos malintencionados. Es mucha la solidaridad con que nos toca rodear a Abelardo y José Manuel para que puedan enderezar el rumbo hacia lo que sin falso entendimiento conciben como el milagro colombiano, similar al que han obrado para sus comunidades los exitosos tigres asiáticos.

En síntesis, no miremos hacia Corea del Norte, como lo hacen Petro y Cepeda, sino hacia Corea del Sur, como lo indican Abelardo y José Manuel.

Sobre cada ciudadano pesa hoy la responsabilidad de decidir con su voto la suerte futura de Colombia. Que Dios nos ilumine y proteja en este momento crucial.


miércoles, 27 de mayo de 2026

Voto por Abelardo y Juan Manuel

Aunque he pertenecido al Centro Democrático desde su fundación y conservo el apoyo a sus postulados, en esta oportunidad me abstendré de votar por sus candidatos oficiales porque si bien respeto la personalidad y las ejecutorias de Juan Daniel Oviedo no encuentro en él condiciones satisfactorias para ejercer la primera magistratura en caso de que faltare su titular. No comparto sus ideas y lo encuentro algo díscolo, como una rueda suelta en el engranaje de la alta dirección de la rama ejecutiva.

Hace algunos meses propuse a través de este medio que se considerara la posibilidad de incluir a José Manuel Restrepo en la lista de los presidenciables. Considero que fue un gran acierto de Abelardo de la Espriella el invitarlo a hacer parte de su fórmula electoral. Creo que ambos ofrecen promisorias perspectivas para enderezar el rumbo del país que anda al garete bajo el desgobierno del charlatán irresponsable que despacha desde la Casa de Nariño.

Leo en El Colombiano de hoy que varios excandidatos que se notan resentidos disparan contra la dupla Abelardo-José Manuel acusándolos de extremistas y poniéndolos al mismo nivel del comunista Cepeda, pero en el frente opuesto.

No cabe duda de que Cepeda es extremista. Su proyecto radica en provocar tres revoluciones que nos llevarían al caos reinante en Cuba y en Venezuela. Eso no es progresismo, que significa mejoramiento de las condiciones sociales en totos los órdenes, sino destrucción de lo que Marco Palacios denominó alguna vez como "la delgada corteza de nuestra civilización". La continuidad del actual gobierno comunista sólo acarrearía males sin cuento para nuestra infortunada Colombia.

Como suelen decirlo los polemistas franceses, "seamos serios". Expliquen las casandras de ocasión en qué consiste el extremismo de Abelardo y Juan Manuel.

¿Restablecer el imperio de la ley y vigorizar la fuerza pública para devolverles a nuestros compatriotas la seguridad que se logró durante el gobierno de Uribe Vélez es extremismo o simple buen sentido? Ese imperio de la ley que proponen no sólo versa sobre la acción de las bandas criminales que asuelan el territorio patrio, sino también sobre las autoridades encargadas de preservar el ordenamiento jurídico. Ni Abelardo ni José Manuel proponen que se combata el crimen con medios también criminales. La fórmula es simple y la aprenden los estudiantes de Derecho desde su primer semestre en la universidad: la ley debe aplicarse con todo rigor, aun mediante el uso de la fuerza legítima cuyo monopolio ostenta el Estado. En eso consisten su heteronomía y su coercibilidad. Sólo por una perversión ideológica impuesta por los enemigos del orden constitucional ha hecho carrera la idea de que cuando la autoridad no logra reducir a los facciosos entonces debe claudicar ante sus exigencias y garantizarles impunidad por sus crímenes atroces.

¿Reducir el enorme tamaño del Estado y adoptar un régimen tributario que no oprima a los emprendedores que generan riqueza colectiva y garantizan empleo digno para los trabajadores es extremismo? Sí lo es la propuesta de Cepeda de redistribuir la riqueza para así multiplicar la pobreza e incluso la miseria, como ha ocurrido en los regímenes comunistas. El proyecto de Abelardo y José Manuel no va en desmedro de las legítimas aspiraciones de los trabajadores y los menesterosos, que deben atenderse al tenor de la opción preferencial por los pobres que proclama la Doctrina Social de la Iglesia. Lo que estipula es que se las atienda racionalmente, de acuerdo con las posibilidades comunitarias.

La negativa de Abelardo a hacer componendas con "los de siempre" puede ser susceptible de críticas por su falta de realismo político, como le ha sucedido a Fajardo, pero no es muestra de extremismo, dado que no significa que se persiga a nadie, sino que no se vuelva a la práctica de parcelar el Estado a través de negociaciones que suelen desembocar en corrupción. La acción estatal debe racionalizarse y el punto de partida es convocar el auxilio de los mejores, sobre todo cuando se trata de la reconstrucción del país. La convocatoria de José Manuel representa un magnífico ejemplo de lo que se busca en estos momentos en que se requiere erradicar la apestosa oclocracia que se ha incrustado en los altos niveles de la organización política.

Bienvenido sea el extremismo si por tal se considera la idea de enaltecer la vida pública con el realce de los valores cristianos que constituyen el fundamento de nuestra civilización. Si la Carta Fundamental que nos rige se expidió invocando la protección de Dios, reconocer su presencia en la acción gubernamental es apenas pertinente. No se trata de volver a la intolerancia religiosa ni de imponer por la fuerza un sistema de creencias, sino de promover la política del espíritu que mencioné hace poco en uno de mis escritos. Si los escépticos, incrédulos o indiferentes reclaman sus espacios en ejercicio de la libertad de conciencia y las que de ella emanan, también nosotros los creyentes tenemos derecho a que en la esfera pública se nos respete y permita hacer valer nuestras voces en pro del mejoramiento espiritual de las comunidades. A la hora de la verdad, el verdadero progreso de la humanidad consiste en la promoción de su trascendencia espiritual, que es la que nos hace mejores y a ello no puede ser ajeno el Estado cuya finalidad primordial es la promoción del bien común. No son compatibles con ella los perniciosos ejemplos de degradación con que a diario nos ofende el que nos desgobierna.

Con Abelardo y Juan Manuel rescataremos la dignidad del buen gobierno de la república.

viernes, 22 de mayo de 2026

Pan para hoy, hambre para mañana

Los electores que se aprestan a votar por el candidato comunista en las próximas elecciones, seducidos por sus promesas e instigados por sus resentimientos, deben pensarlo dos veces, pues ya hay prueba plena de que la suya es una ideología no sólo ya desueta, sino condenada al fracaso.

Basta con que observen lo que ha acontecido en Cuba, Nicaragua, Bolivia y Venezuela para darse cuenta de los destrozos y abusos de todo orden que producen esos regímenes so pretexto de la revolución que anuncian como panacea para resolver los problemas sociales.

El candidato comunista habla de tres revoluciones: ética, política y social.

Hay que preguntar ante todo en qué podría consistir una revolución ética promovida por un materialista ateo y enemigo de la religión, que aspira a eliminarla de la vida comunitaria. Sus mentores proclaman que es ético todo lo que sea útil para el triunfo de la causa revolucionaria. No hay la idea de una normatividad superior, sino la de un extremo pragmatismo, el de la combinación de todas las formas de lucha. Todas las libertades que ha logrado la civilización liberal, empezando por las religiosas y las de pensamiento, quedan en salmuera frente a las consignas que promueven la transformación radical del individuo humano en una ficha del sistema totalitario. Las garantías del derecho penal liberal desaparecen debido a las exigencias de la revolución. Toda actitud sospechosa suscita reacciones letales para quienes no se adapten a la disciplina que pretenden imponer los gobernantes. Este escrito. por ejemplo, daría lugar a que me persiguieran e incluso me llevaran a prisión, cuando no a la desaparición forzada.

Su irreligión se centra ante todo en el anticristianismo Para debilitar la religión dominante los comunistas latinoamericanos realzan los llamados cultos ancestrales, como la santería cubana, el vudú haitiano y las creencias indígenas, no pocas veces contaminadas de hechicería. Un pastor protestante alertó hace poco sobre los rituales de brujería que se han celebrado en el Cauca en torno de la candidata a la vicepresidencia que acompaña al comunista Cepeda. ¿Está consagrado el que nos desgobierna a Changó como lo denuncia el Centro Cultural Cruzada?

La revolución política se propone, según se dice, empoderar al pueblo y eliminar la influencia de los dirigentes a quienes se denuncia como opresores y explotadores. El concepto de democracia que la inspira es la que llamo tumultuaria, como la que profesaron los jacobinos que sembraron el terror en la Revolución Francesa. Pero, según el dogma leninista, la masa debe guiarse por el partido único que es el llamado a interpretar el momento histórico y sus virtualidades. El movimiento constituyente, tal como se lo anuncia, no estaría animado por la reflexión serena acerca de las necesidades del país, sino por las consignas alocadas de sus promotores.

En cuanto a la revolución social, su propósito radica en la eliminación de las clases sociales para así instaurar una clase única en la que reine una igualdad total. Como según el dogma que la inspira el origen de las clases sociales radica en la propiedad privada, la tarea prioritaria consiste en destruirla. De ese modo, se lograría el propósito que no oculta el candidato comunista de distribuir la riqueza y llevarnos a todos a situaciones de pobreza en las que carezcamos de lo que él considera superfluo para la vida. Su discurso es explicito y nadie puede llamarse a engaño acerca de sus alcances. Todo el que mejore sus condiciones existenciales porque es más trabajador, más creativo, más previsor o más responsable con los suyos se considera un antisocial al que hay que despojar para obligarlo a que comparta con los demás y le entregue al Estado el fruto de sus esfuerzos. Todo trabajo asalariado se estima como explotación del hombre por el hombre.

Pero esta revolución social esconde una tremenda mentira, pues la sedicente búsqueda de la igualdad suscita nuevas desigualdades más odiosas que las que se trata de eliminar. Son las que se dan con la aparición de la "Nueva Clase" de que hablaba Milovan Djilas en un texto célebre, o sea la odiosa "Nomenklatura" que se impuso en el sistema soviético con sus reprobables abusos y su fétida corrupción. Los ejemplos de Cuba y Venezuela son elocuentes al respecto.

Lo que se va a decidir el 31 de este mes versa sobre la continuidad de una democracia liberal defectuosa como los son todas o la instauración de un régimen comunista totalitario, liberticida y promotor de la miseria colectiva.

viernes, 15 de mayo de 2026

Fuego amigo

El oscuro senador Cepeda, al igual que el irresponsable que nos desgobierna, es un comunista solapado que trata de disimular su verdadera identidad política presentándose como apóstol de la paz, cuando su ideología pregona la lucha de clases y la legitimidad de la violencia para acelerar los cambios sociales. Si llegare a triunfar en las próximas elecciones presidenciales, Colombia se vería abocada a la continuidad de un proceso revolucionario tendiente a arrojarla al precipicio que hoy padecen cubanos, nicaragüenses y venezolanos, o quizás a algo peor.

La disyuntiva que enfrentamos en esta campaña electoral no enfrenta propiamente a uribistas contra petristas, ni a derechistas, centristas e izquierdistas, sino a la democracia liberal versus el totalitarismo liberticida de los comunistas.

Las diferencias entre abelardistas y palomistas no son insalvables y podrían solventarse con un poco de buena voluntad. Si alguna de las dos tendencias pasare a segunda vuelta para enfrentar a Cepeda, la unión de ambas sería indispensable para salvarnos del comunismo.

Es imperativo entonces que se tiendan puentes entre Abelardo y Paloma, pues así lo exige la supervivencia de nuestra institucionalidad democrática. Ninguno de ellos representa un peligro para Colombia que pueda compararse con la amenaza letal que entraña el comunista o criptocomunista Cepeda.

Por supuesto que el estado en que nos viene dejando el desgobierno actual es calamitoso a más no poder. El que gane la primera magistratura tendrá que convocar a los colombianos a la unidad para  sobrellevar los sacrificios conducentes a la reconstrucción del país, que de seguro será ingente tarea de varios años.

Sea Abelardo o sea Paloma quien le gane a Cepeda, no podrá ignorar los reclamos populares que le han dado impulso al comunismo petrocepedista. Hay todo un programa social razonable pero decidido para que la masa popular recupere la fe en nuestra institucionalidad democrática. Se hace menester entenderse con los sindicatos, con las organizaciones populares, con los campesinos, con la juventud, con las madres cabeza de familia, con los trabajadores informales, con quienes pasan hambre, etc. porque sus voces deben contar para enderezar el rumbo del país.

En lugar de arrojarse dardos envenenados, les toca, en bien de Colombia, delimitar un terreno común en el que sean posibles los acuerdos. Conviene recordar al general Benjamín Herrera cuando en un momento crucial para nuestro destino proclamó la divisa de "la patria por encima de los partidos". Si por obra de la división irracional entre abelardistas y palomistas llegare a triunfar Cepeda, sobre unos y otros tendría que recaer un anatema insalvable.