lunes, 20 de abril de 2026

S.O.S.

Dentro de los múltiples exabruptos que a diario comete el irresponsable que nos desgobierna, hay dos recientes sobre los que se hace menester ocuparse cuidadosamente.

El primero tuvo lugar en Ipiales, a raíz del consejo de ministros que ahí se celebró. Sin ton ni son la emprendió contra el sacerdote que en Bogotá alertó a sus feligreses sobre el peligro que entraña la candidatura presidencial del comunista Cepeda. "Si no le gusta, cállese", le ordenó como si pronunciara un ukase, añadiendo que le daba instrucciones a la policía para emprender acciones al respecto.

Es verdad que a muchos les desagrada cualquier intervención de la Iglesia o de alguno de sus ministros en las querellas políticas. Es por ello que su jerarquía en los últimos tiempos ha observado una prudencia que no deja de ser discutible en casos, como el actual, en que su voz debería manifestarse en ejercicio del deber que tiene de orientar a los creyentes en asuntos de extrema gravedad, como lo es la perspectiva de que Colombia definitivamente caiga en garras del comunismo ateo y anticatólico. Nada bueno para nuestros correligionarios cabría esperar de quien para acreditar su formación profesional enseña el título de filósofo expedido por una universidad comunista que lo formó, por así decirlo, en las doctrinas de Marx, Engels y Lenin. 

La salida de tono en Ipiales suscita la idea de que si la Iglesia cumple con el deber de obedecer a Dios antes que a los hombres, tal como lo predicó san Pedro ante el Sanedrín, tendrá que exponerse a la persecución policiva y vaya uno a saber a cuántas cosas más. Es hora de que desde los púlpitos se alerte a los católicos sobre los peligros que se ciernen sobre nuestra sacrosanta religión si el comunismo se mantiene en el poder en los tiempos inmediatamente venideros.

El segundo exabrupto es quizás más inquietante que el anterior. En declaraciones para "El País" en España, a propósito del aquelarre ultraizquierdista que acaba de celebrarse en Barcelona, declaró que desconocería el resultado de las próximas elecciones presidenciales si en ellas se diere el fraude que viene denunciando por el trabajo que se le ha encomendado a la firma Thomas Greg & Sons, de la cual se ha manifestado como su enemigo, en torno de la logística electoral. Hace poco denunció, sin pruebas, que hubo conversaciones con el candidato De La Espriella para alterar en su favor los resultados de los comicios, ignorando que los mismos se establecen definitivamente a través de escrutinios que se realizan en presencia de jueces. La justicia le exigió que presentara pruebas de sus acusaciones y descaradamente declaró que no le obedecería. El desacato es algo que parece responder a su idiosincrasia levantisca.

¿Qué pretende hacer si por sí y ante sí en caso de que le parezcan inaceptables los resultados de las elecciones por no favorecer al que abiertamente promueve como su heredero, llamado a continuar la revolución que se jacta de haber iniciado?

La legislación electoral prevé recursos para los casos en que se presenten irregularidades en los comicios, pero no le concede al gobierno facultad alguna para desconocer sus resultados si se oponen a sus designios. Si intentare hacerlo, generaría una profunda crisis institucional de consecuencias imprevisibles. Pero como es un gobernante sin Dios ni Ley, quizás se le daría una higa por ello.

El congreso, la justicia, los entes de control, los candidatos, los partidos y movimientos políticos, la prensa y la ciudadanía en general deben estar alertas ante la tremenda amenaza que ese tiranuelo con aire despótico acaba de lanzar contra nuestra institucionalidad democrática. Si no gana su favorito habremos de atenernos a las consecuencias.

¡Que Dios nos tenga de su mano!

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