jueves, 4 de abril de 2024

Por mal camino

 Reitero que no soy apologista de la Constitución Política que nos rige. Desde un principio la he criticado a partir de su origen espurio y sus extravíos normativos. No he vacilado en llamarla el Código Funesto. Pienso que convendría hacerle una juiciosa revisión para ajustarla a lo que realmente debería adoptarse como ordenamiento fundamental de nuestro régimen político, económico y social. 


Como sucede en países más avanzados, la nuestra debería ser más concisa y realista. En ella hay exceso de enunciados declamatorios e incluso contradicciones ideológicas flagrantes. No es un estatuto coherente del poder, por lo que ha dado lugar a que se instauren poderes excesivos y no debidamente controlados e incluso a que ocurra lo que la prensa ha denominado choques de trenes.

No obstante ello, pienso que en los círculos dominantes no hay ideas claras, concordantes ni adecuadas sobre la Constitución que Colombia necesita. Sigue habiendo mucho desvarío en ellos.

Lo que el que nos desgobierna anda promoviendo es ni más ni menos un salto al vacío, producto quizás de su desorden conceptual, su ignorancia de la historia y sus patologías mentales. No es un dirigente que muestre estar en sus cabales. vaya uno a saber si por obra de las adicciones que se sospecha que lo afectan.

Como su formación jurídica es precaria, anda manoseando dos categorías muy complejas de la teoría constitucional, las del poder constituyente primario y el poder constituyente secundario.

Un lugar común poco explicitado ubica el primero en el pueblo, sin considerar que se trata de una entelequia más ideológica que real. sobre la que caben muchas concepciones y en especial dos que son abiertamente contradictorias.

Aunque desde el punto de vista histórico y por ende sociológico es posible identificar comunidades políticas diferenciadas unas de otras, a la hora de la verdad la configuración de cada una de ellas depende ante todo de regulaciones que determinen quiénes integran el pueblo, cómo se manifiesta éste, qué alcance tienen sus decisiones, de qué maneras se las instrumentan, etc. Todo ello remite a normatividades constitucionales previas o, al menos, a convenciones ideológicas compartidas por grupos significativos de las comunidades. "Nosotros. el pueblo", tal como lo proclama por ejemplo el preámbulo de la Constitución norteamericana, no deja de ser una ficción exitosa en cuya virtud una minoría se atribuyó la representación de una comunidad heterogénea y compleja.

De hecho, en la teoría política obran por lo menos dos conceptos de pueblo que son incompatibles entre sí. Uno es el de la comunidad liberal, que considera que el pueblo se integra por ciudadanos racionales que, debidamente informados, depositan de modo responsable y voluntario sus votos en pro de distintas opciones que se estiman adecuadas para la gestión del bien común. Pero, tal como lo he señalado en otras ocasiones, nuestro Profeta Apocalíptico y Líder Galáctico profesa una concepción del pueblo muy diferente. que lo identifica con una masa informe poseída por delirios irreales que lo llevan a obrar de manera tumultuaria y dominada por sus pasiones. Para él, pueblo no es la comunidad que deposita sosegadamente su voto en las urnas, sino el populacho que se agita en las vías públicas y en los campos para imponer sus caprichos. La suya es una concepción que evoca la de los jacobinos que sembraron el terror en la Francia revolucionaria.

No cabe duda de que lo que se propone es crear Primeras Líneas a lo largo y ancho del territorio nacional con un designio decididamente revolucionario. Tergiversando no sólo desde el punto de vista jurídico sino del histórico la institución del Cabildo Abierto, aspira a que en todos los municipios operen supuestas asambleas populares que manifiesten sus ideas sobre el ordenamiento institucional y en conjunto decidan como poder constituyente que por sí y ante sí se imponga sobre toda la sociedad, a expensas de los poderes constituidos regularmente.

Es bueno recordar que estamos bajo el desgobierno de un comunista y no de un socialdemócrata. como ingenuamente lo creyeron muchos de los que apoyaron sus aspiraciones presidenciales. Su proyecto político no se inspira en Corea del Sur, como mentirosamente le dijo a Vicky Dávila, sino en Corea del Norte, Cuba, Venezuela o, según piensa uno de mis grandes amigos, en la Cambodia de Pol Pot.

Hay muy buenos argumentos para adelantar contra él tanto el juicio político como el criminal llamados a frustrar sus apetitos disolventes y claramente dictatoriales. Si el Congreso y las altas Cortes no obran a tiempo, el camino que nos espera es el que conduce al caos. Ya lo bordeamos con el debilitamiento de la fuerza pública y el auge de la delincuencia de todos los pelambres. Baste con imaginar lo que serían esas asambleas populares en los más de 400 municipios que ya están bajo el control de los delincuentes.

Nunca en la historia de Colombia habíamos estado en una situación de tamaña gravedad.

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