viernes, 9 de febrero de 2024

Tira la piedra y esconde la mano

El bloqueo que ejercieron el pasado jueves las hordas petristas sobre el Palacio de Justicia dio lugar posiblemente a la comisión de una panoplia de delitos, tales como asonada, secuestro, violencia contra servidor público y quizás otros.

Ya la Fiscalía ha anunciado que iniciará las investigaciones pertinentes para identificar a los responsables de tan funesto atentado contra la institucionalidad y someterlos al rigor de la justicia.

Pero la investigación no debe limitarse a los autores materiales de los posibles hechos delictivos. Es necesario que cubra además a los autores intelectuales, vale decir, los instigadores de un episodio que ya se cuenta dentro de los más graves de nuestra historia republicana, a punto tal que evoca el Holocausto de noviembre de 1985, perpetrado por la organización criminal a la que a la sazón pertenecía el que hoy en mala hora nos desgobierna.

Este último ha tratado de deslindarse de los acontecimientos de que hago mención, alegando que su llamado fue a un ejercicio pacífico del derecho a la protesta ciudadana y que de ningún modo iba orientado hacia derivaciones violentas provocadas por elementos infiltrados entre los manifestantes. Ha llegado hasta a acusar a la "extrema derecha" de haber incurrido en los excesos que hoy nos cubren de vergüenza ante el mundo entero.

Pero hay que considerar los antecedentes de estos hechos y examinarlos dentro de los contextos en que se han producido.

A partir del rabioso escrito de hace pocos días en que se refirió a una supuesta ruptura institucional, a lo que me aludí en mi más reciente artículo para este blog, el que nos desgobierna se ha dedicado a azuzar a sus secuaces para que, tomándose la vocería del pueblo, presionen a la Corte Suprema de Justicia con el fin de que no tarde en elegir fiscal de la terna que le presentó. Como los magistrados no cedieron a esa intimidación, la respuesta de esas hordas, ya excitadas por su mentor, fue ejercer violencia contra ellos. Afortunadamente no pudieron penetrar al interior de la edificación, pues de lograrlo se habría producido algo inenarrable.

El que nos desgobierna promovió las manifestaciones, asignándoles un objeto preciso: exigirle a la Corte Suprema de Justicia la inmediata elección de fiscal dentro de la terna que él mismo le propuso. De no hacerlo así la Corte, ¿qué se seguiría? ¿Acaso la disolución pacífica de ese conglomerado vociferante? ¿Quizás su reacción violenta, como en efecto sucedió?

Traigo a colación el artículo 22 del Código Penal, que define la conducta dolosa: 

"La conducta es dolosa cuando el agente conoce los hechos constitutivos de la infracción penal y quiere su realización. También será dolosa la conducta cuando la realización de la infracción penal ha sido prevista como probable y su no producción se deja librada al azar".

Esta segunda modalidad es la que en la doctrina se conoce como dolo eventual.

¿Escapaba a la mente del instigador de las marchas que éstas pudieran derivar en violencia contra la Corte Suprema de Justicia si la misma se hubiese negado a satisfacer sus exigencias?

Es asunto del que debería ocuparse la Comisión de Investigación y Acusación de la Cámara de Representantes si sus miembros fueran conscientes del juramento que prestaron ante Dios y la Patria acerca de cumplir fiel y lealmente sus deberes. 

Uno de éstos es proteger a la población de un gobernante no sólo indigno, sino proclive a delinquir, así sea soterradamente. Y, si como lo observa el expresidente Gaviria en su certero comunicado sobre estos hechos alarmantes en grado sumo, aquél no está en sus cabales, le tocaría al Senado decretar la vacancia del cargo por incapacidad mental determinante de una incapacidad física permanente. Nada de esto entrañaría un golpe de estado, sino el cumplimiento riguroso de la Constitución Política.

Un ejemplo clásico de dolo eventual se da en el caso del asesinato del arzobispo Beckett por una incitación del rey inglés Enrique II. En medio del conflicto que los enfrentaba, se dice que el Rey exclamó: "¿Nadie me librará de este turbulento sacerdote?". Algunos de sus acompañantes interpretaron esta exclamación como una incitación al asesinato, como en efecto sucedió (vid. ¿Nadie me librará de este turbulento sacerdote? - Wikipedia, la enciclopedia libre).

Este evento inspiró una de las obras literarias que más impacto me han producido, "Asesinato en la Catedral", de T.S. Eliot (vid. Asesinato en la catedral - T. S. Eliot - Ciudad Seva - Luis López Nieves).

Se pregunta uno si las hordas en mención han interpretado las excitaciones de su mentor como si les preguntara "¿quién me librará de esos magistrados tan indóciles?"

Los congresistas deben de estar pensando ahora que, si ven cómo a sus vecinos, los magistrados, les están rasurando la barba, también a ellos les tocará poner la suya en remojo cuando se muestren reticentes a secundar las iniciativas del aspirante a dictador. o, como lo llama Fernando Londoño Hoyos, el tirano en ciernes.

Bien lo ha dicho Carlos Alfonso Lucio: "Ahora sí, Petro sacó sus garras" (vid. Ahora sí, Petro sacó las garras – La Linterna Azul (wordpress.com) 

A lo que estamos expuestos en lo venidero es a algo así como lo que antaño llamábamos un "baile de garrote", de esos en que, como reza por ahí una milonga humorística, "amasijaban a un punto p'amenizar la velada" (vid. El conventillo. Milonga (1965) (todotango.com)

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