martes, 6 de octubre de 2026

¡Viva Cristo Rey!

El presidente De La Espriella manifiesta el celo del converso, lo que no es censurable de suyo, sino encomiable. Hay conversos egregios, como san Pablo, san Agustín y san Francisco de Asís, así como otros más recientes: el cardenal Newman, Jacques Maritain o Chesterton. Es muchísimo lo que la fe les debe a ellos.

La profesión pública de sus creencias religiosas por parte del gobernante tiene de positivo el buen ejemplo que ofrece. Destaca el valor de lo sagrado en una sociedad cada vez más sumida en lo profano. Cuando nada es sagrado, el deterioro moral en la vida de relación se hace incontenible. La actitud del presidente marca un significativo contraste con la que exhibió el indigno zarandajo que lo precedió en el ejercicio del cargo, que no hizo cosa distinta a la de basurear con desvergüenza todo lo atinente con el decoro y el buen comportamiento.

Pero estas manifestaciones deben ser prudentes, pues hay efectos colaterales que conviene evitar.

El primero tiene que ver con unos delicados riesgos espirituales contra los que alerta el texto mismo del Evangelio: la hipocresía, la creencia farisea en la superioridad moral, la intolerancia respecto de quienes no profesan las mismas creencias o la imposición de éstas mediante el ejercicio del poder. Conviene reiterar que la fe cristiana se difunde mejor a través del buen ejemplo y que la coerción en cualquiera de sus modalidades suele resultar más bien contraproducente.

Un segundo efecto colateral se refiere al conflicto religioso con quienes adhieren a otras confesiones o rechazan de plano la presencia de lo religioso en la escena pública. 

Lo estamos viendo en la actualidad. Hay sujetos intransigentes que creen equivocadamente que la Constitución consagra un laicismo radical y cuentan con el apoyo de jueces enemigos de la fe. A sus proditorias iniciativas se deben recientes fallos de tutela que afortunadamente han contado con una juiciosa revisión de parte de instancias superiores. Pero esa intransigencia se pone de manifiesto también en hechos violentos contra templos, imágenes sagradas y personas que dan testimonio de su fe, lo cual suele alterar a veces gravemente el orden público.

La paz religiosa conlleva un valor muy apreciable. Para lograrla se requiere un espíritu verdaderamente liberal como el que campea en nuestra Constitución Política. La libertad de conciencia, cuya censura fue un error del Syllabus, comprensible dentro del contexto de las batallas ideológicas del siglo XIX, garantiza el respeto por toda creencia, salvo la que vaya decididamente en desmedro del orden civilizado y ponga en grave peligro la existencia de la sociedad misma. Y cada creencia goza entonces de la posibilidad de expresarse tanto en forma privada como pública. Es un derecho de cada persona, así tenga la calidad de gobernante. 

Volviendo al tema inicial, cabe plantear si la exaltación de Cristo puede ofender a alguien y considerarse lesiva del orden público. Más allá de nuestras creencias personales, hay que recordar que sus enseñanzas han inspirado la civilización en que vivimos, que sigue siendo cristiana a pesar de los esfuerzos que se han hecho para despojarla de su fundamento espiritual. Esos esfuerzos, dicho sea de paso, están demostrando su iniquidad en Europa occidental, que al pretender erradicar su identidad religiosa han despejado el camino para que se impongan creencias que conllevan la crisis de la civilización y su reemplazo por otra cuyos valores nos resultan muy difíciles de asimilar. Pensemos tan sólo en una civilización del todo materialista, como la que tratan de imponer hoy los medios académicos, o quizás en algo peor, una regida por el Corán.

Hoy escuché una homilía muy estimulante en la misa que transmite Televid. El predicador, un joven sacerdote, invitó a perder tiempo, como la María quizás de Betania, en la compañía de Nuestro Señor Jesucristo, tiempo que nos hace más llevadera la existencia terrenal y nos conduce hacia la bienaventuranza eterna. Como dijo S.S. Benedicto XVI cuando fue elegido papa: «¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo» .


domingo, 4 de octubre de 2026

¡Cuidado con ese pozo°!...


"Por el camino" es una preciosa zamba que lleva letra de Benjamín Tagle Lara y Carlos Vicente Geroni Flores. Fue muy popular hace años, sobre todo en la versión de Ignacio Corsini. Me contaba el embajador venezolano Juan E. Moreno Gómez, gran conocedor de la música argentina y del que no he vuelto a tener noticias, que cuando Gardel la grabó dijo:"Esta no va. Mucho mejor la de Corsini". Gardel ya había tenido enorme éxito con "El Carretero", que lo consagró en París en 1928.

Pues bien, en la versión de Corsini el carretero le advierte al buey barcino que tenga cuidado con un pozo. Y en la de Gardel la advertencia va por una zanja:"¡Compañero de mi vida, cuidado con esa zanja, no se le quiebre el pértigo, cuide ese buey cola blanca". 

Pozo o zanja, el camino del gobierno menudea en riesgos de toda índole. Ahí abundan los escollos y es fácil tropezar e irse de bruces. Al comienzo todo son fiestas, máxime si el triunfo nos ha librado de una rémora como Cepeda, pero a medida que se va avanzando aparecen, como reza la zamba de Corsini, "los peligros del sendero".

Al presidente Turbay se le reconocía su habilidad política. Mi compañero de universidad Iván Duque Escobar, que fue uno de sus más fieles seguidores, me contaba que una de sus divisas consistía en no multiplicar los enemigos. Según él, cuando uno gradúa a alguien como su enemigo, lo pone a ejercer.

Es lo que, desafortunadamente, está haciendo a troche y moche el presidente De La Espriella, que gradúa enemigos por doquier, olvidando la sabiduría popular que nos dice que no hay enemigo pequeño.

Lo que acaba de acontecer con el presidente de la Andi es, como acaba de señalarlo Rafael Nieto Loaiza, muy inquietante. No conozco personalmente a Bruce MacMaster. Conocí sus padres en Cartagena, que eran unos exquisitos anfitriones cuando había reuniones de la Andi por allá.
 
A propósito, yo fui algo así como un escudero jurídico de Fabio Echeverri Correa cuando el entonces presidente López Michelsen quiso moverle la silla. Echeverri tenía una vigorosa personalidad y no se dejó tumbar. Los que estábamos bajo su mando le colaboramos con todo entusiasmo en su resistencia, que fue eficaz. Mi gran amigo Alberto Velásquez Martínez es testigo y copartícipe de ello.

Las organizaciones gremiales cumplen un papel muy significativo en los procesos gubernamentales. A ellas les corresponde, como enseñan los politólogos, la articulación de intereses, esto es, poner en orden las demandas de sus afiliados y presentarlas debidamente estructuradas a la consideración de los gobiernos. Vale le pena recordar aquí que la Andi surgió precisamente por iniciativa del presidente López Pumarejo, que tenía buenas relaciones con los industriales antioqueños y les recomendó que se organizaran para mejor atender sus solicitudes.

Las entidades gremiales no son apéndices de los gobiernos. Su tarea es servir algo así como de correas de transmisión de las inquietudes de sus afiliados. De ese modo cooperan con la buena gestión de la cosa pública. Bien intencionadas, les suministran información y propuestas a los gobernantes para que acierten en sus emprendimientos.

Aunque he pertenecido al Centro Democrático desde su fundación y sigo creyendo fielmente en sus postulados, en el reciente debate presidencial decidí apartarme de su candidatura oficial y respaldar la aspiración de Abelardo De La Espriella. De ninguna manera estoy arrepentido de mi voto, pues creo que en compañía de José Manuel Restrepo, a quien ya había propuesto como presidenciable en un artículo que publiqué hace algún tiempo, los dos forman una dupla capaz de sacar adelante a Colombia del tragadal en que la dejó sumida el Astado. Hay que apoyarlos en la ingente tarea que están acometiendo, pero ello no quiere decir que debamos abstenernos de advertirles sobre los errores que puedan cometer.

Una vez más manifiesto mi acuerdo con el senador Nieto Loaiza: lo de la Andi no ha tenido buen manejo, lo mismo que lo de las relaciones con el Centro Democrático. Para salir adelante, hay que sumar e incluso multiplicar, en vez de restar y dividir.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Malos perdedores

El desconocimiento de los resultados de la reciente elección presidencial por parte del PH (Pacto Histriónico) muestra a sus dirigentes y activistas como malos perdedores que patean la mesa de juego si no los favorecen sus resultados.

Es bien sabido que la democracia es un régimen que adolece de muchas imperfecciones y su funcionamiento exige varios requisitos sin los cuales está condenada al fracaso. Uno de ellos es la cultura democrática, que conjuga conceptos y valores que deben inspirar a los actores políticos de modo que quienes pierdan elecciones acojan de buena fe el veredicto de las urnas y respeten el triunfo de sus oponentes.

El Astado y su carnal Cepeda, los máximos rectores del PH, invocan fraude y manipulaciones del electorado que no han podido demostrar, como subterfugios justificativos de su rechazo al presidente De La Espriella y el vicepresidente Restrepo, pese a que los observadores internacionales, así como los escrutadores previstos por la ley, confirmaron la transparencia de los resultados del proceso comicial.

Uno y otro quedaron con los crespos hechos. Fieles a sus convicciones comunistas esperaban que la obra de demolición de la institucionalidad que se adelantó en el último cuatrienio podría continuar en el siguiente en beneficio del proyecto revolucionario que los anima. La ciudadanía les dijo que no y en lugar de reconocer su derrota han resuelto convocar a sus hordas para oponerse en manifestaciones supuestamente pacíficas al nuevo gobierno. Ya veremos que se trata de un propósito subversivo que bordea los linderos del Código Penal.

Es claro que el concepto de democracia que los inspira no es el liberal que funda la soberanía en un colectivo de ciudadanos que asistidos por la razón y debidamente informados deciden sobre la cosa pública. Su modelo es el de la democracia tumultuaria que dio origen al Régimen del Terror durante la Revolución Francesa, animada por las más bajas pasiones y sometida a la ceguera de la masa. 

Reitero que el PH es un partido de inspiración comunista que oculta su peligrosa identidad bajo el rótulo del progresismo, cuyo significado es bastante confuso, por no decir engañoso. Recuerdo acá un lúcido ensayo de Raymond Aron, "Progreso y Desilusión". que muestra las inconsistencias de lo que se presenta como un proyecto de redención de la humanidad. Hay, por así decirlo, una ideología del progreso inspiradora de lo que destacados politólogos consideran como una religión secular llamada a sustituir la que forjó nuestra civilización.

El comunismo era un anhelo hace cien años. Hoy resulta ser un trágico fracaso que no sólo ha arruinado a sociedades enteras, sino causado la muerte de más de cien millones de seres humanos, según lo acredita "El Libro Negro del Comunismo" y lo corrobora "El Pasado de un Ilusión".

La democracia se consolida cuando triunfadores y perdedores se someten de buena fe a sus reglas de juego. Pero se debilita si invocando desviadas consideraciones ideológicas se desconocen sus resultados. 

Con los comunistas es muy difícil el diálogo, porque ellos por principio niegan la buena fe de sus contradictores y obsesionados por sus delirios consideran que sólo ellos son los legítimos intérpretes de la voluntad y las aspiraciones del pueblo.

Reitero que es muy inquietante que un elevado porcentaje de nuestra opinión siga apoyando a los comunistas que controlan el PH.

martes, 22 de septiembre de 2026

Viento de loma, cálido arrullo de la paloma

Como en los sentidos versos de Homero Manzi, el ambiente que hoy respiramos en nuestro país suscita buen ánimo sobre los tiempos venideros, bajo la guía de gobernantes que inspiran respeto y confianza por la dignidad y la responsabilidad con que han iniciado la conducción de la república. Lejos estamos al parecer de las miasmas que nos tenían sofocados bajo el desgobierno del Astado y la hez que lo rodeaba. 

Pero el entusiasmo hoy reinante no debe de inducirnos a olvidar que el nuevo gobierno ha recibido un país al borde de la ruina desde todos los puntos de vista. Por donde se la mire, la herencia de esa cauda de truhanes asusta y obliga a poner los pies sobre la tierra.

La tarea que le espera al Tigre es descomunal y requiere el apoyo decidido de todos los colombianos de buena voluntad. Es indispensable unir esfuerzos alrededor de la coalición que lo respalda en el congreso, limando asperezas y superando fisuras que en mala hora han venido apareciendo.

Estoy enteramente de acuerdo con el senador Rafael Nieto Loaiza cuando advierte sobre la necesidad de que las relaciones con el congreso se adelanten reconociendo que es la corporación que representa los diversos y complejos matices de nuestra sociedad.

El finado Luis Carlos Galán, que enarboló las banderas de la lucha contra la corrupción política, reconocía que en el congreso se contaba con personas, excelentes, buenas, regulares, malas y pésimas. El Astado, que se formó en los tragadales de la delincuencia política que defendía dizque en aras de la justicia social, se inclinaba por atraer a esas últimas categorías. Ahora lo que toca es convocar a la excelencia para contar con sus luces en pro de la reconstrucción de Colombia.

No podemos ignorar que, en ausencia de partidos fuertes como los había en el pasado, hoy la gobernanza requiere configurar coaliciones que agrupan tendencias disímiles que suelen ligarse por intereses coyunturales. El manejo de esa diversidad exige mucho tacto de parte de los llamados a conducirla. Todo político aspira a incrementar su poder y es frecuente que en una coalición trate de lograrlo a costa de sus aliados ocasionales. En el caso presente, hay un conjunto que sobresale por su nivel de votación, el Centro Democrático, y no resulta extraño que otros de menor entidad traten de cobrar relevancia a sus expensas. Esa actitud debilita la coalición y mina los esfuerzos que demanda la tarea común.

Aunque es dudoso que la partición casi que por mitades que se puso de manifiesto en la contienda presidencial se mantenga vigente, hay que admitir que por lo menos cerca de un 40 % de la opinión podría conservar su apoyo a la tendencia comunista que solapadamente dirigen el extravagante Astado y su oscuro carnal Cepeda. Es de esperar que esa tendencia vaya debilitándose a medida que el buen gobierno del Tigre muestre sus frutos, pero de todas maneras es indispensable prestarle atención, máxime si se considera la cercanía de las elecciones del año entrante. Ya lo he dicho en otras ocasiones: se trata, como en una célebre película mexicana, de dos tipos de cuidado. El primero de ellos es un agitador irresponsable que busca tensar las cuerdas más oscuras y pugnaces del resentimiento popular. Lo ha hecho con éxito en un pasado reciente y podría ensayarlo de nuevo. El segundo es un tenaz odiador, como lo demuestra la implacable e injusta persecución judicial que a lo largo de varios años ha desatado contra el expresidente Uribe en venganza por haber arrinconado a sus amadas Farc. Son dos energúmenos que suscitan las fuerzas del Averno. Hay que darse la bendición cuando se los menciona.

En síntesis, al optimismo que han traído consigo los inicios del actual gobierno se hace menester rodearlo de buenas dosis de sentido de la realidad política. No hay que olvidar que la política se adelanta primero que todo con base en hechos que, como decía Lenin, son tozudos.

sábado, 12 de septiembre de 2026

Cuatro Preguntas

La religiosidad que se ha manifestado en el actual gobierno ha suscitado ásperas reacciones de muchos que son indiferentes respecto de asuntos que para la mayor parte de la humanidad resultan de gran importancia o, peor aún, son abiertamente escépticos e incluso francos enemigos de todo lo que huela a religión y hasta a espiritualidad.

Todos ellos esquivan cuatro preguntas fundamentales acerca de Dios, el destino final de nuestra personalidad, las normas supremas que rigen sobre las que obran efectivamente en las colectividades y la realidad del mal.

El presidente De la Espriella ha dicho que es necesario ubicar a Dios en el sitial que le corresponde en la cima de nuestra institucionalidad. No en vano la Constitución vigente se expidió invocando la protección de Dios, lo que implica que, sin desmedro de la libertad religiosa, se reconoce y exalta la Divina Majestad. No se ha consagrado entonces una neutralidad absoluta en materia de religión ni muchísimo menos un derecho fundamental a impedir que los gobernantes expresen sus preferencias al respecto. Los que desdeñan a Dios e incluso lo niegan y pretenden desarraigarlo de la mente humana profesan desde luego una increencia respetable en virtud de la garantía constitucional de la libertad de conciencia, pero dejan de lado la distinción inevitable desde los puntos de vista lógico y metafísico entre el ser necesario y eterno, que no puede no ser, y el finito y contingente que, en cambio, puede dejar de ser. La materia que los positivistas consideran como la única realidad tuvo, según la ciencia, principio y tendrá fin, por lo cual no constituye la instancia absoluta y suprema de la realidad.

Uno de los temas básicos de toda religión toca con nuestro destino eterno. El materialismo dominante en muchos sectores hoy en día proclama que venimos de la nada, "arrojados a la existencia" según Heidegger, y destinados a la muerte, que constituye nuestro final ineluctable y definitivo. Pero, qué tal si fuera cierto que tras la muerte biológica nos espera un más allá, asunto sobre el cual media hoy una documentación tan abundante y precisa que no resulta prudente despacharlo de buenas a primeras. Yo he tenido al respecto experiencias tan vivas que no puedo desconocer y me inquietan a diario. Tengo la certeza de que cuando llegue mi hora haré el tránsito a otra vida en la que espero que Dios se apiadará de mis múltiples errores.

Un capítulo fundamental en el estudio de las normatividades sociales versa acerca de si hay instancias supremas que orienten sus contenidos y garanticen el vigor de sus mandatos. Es asunto que en últimas remite a la Ley de Dios, que los creyentes pensamos que se resume en el Decálogo y sobre todo en los dos grandes mandatos evangélicos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos (Mt. 22 37-39). Muchos sujetos sin Dios ni Ley, como el Astado, niegan estas ideas y remiten el fundamento de las normatividades a una deidad que, repito parafraseando a Montaigne, es "vaga, vana y ondulante".

 Se me ocurrió ayer, en una amena charla en la se cuestionaba que muchos graves escándalos queden impunes, que de la justicia se piensa en tres escenarios muy distintos, aunque pueda haber relaciones entre ellos: el de la Justicia Divina, que muchos niegan o tergiversan, y de la que nadie escapa; el de la Justicia legal, que exploró con rigor Aristóteles y es desafortunadamente incierta y falible, tal como lo experimentamos a diario; y el de la que podríamos llamar Justicia Criolla, que retrata un tango muy censurable y se identifica con la justicia con la propia mano, y no es otra cosa que la venganza. Es la justicia que invocan los alzados en armas para legitimar sus depredaciones.

A mis discípulos solía citarles el pensamiento de san Agustín, según el cual sin Dios no puede haber pueblo, ni ley ni justicia.

Queda la cuarta pregunta, que versa sobre el problema del mal. Sócrates lo reducía a una cuestión de ignorancia: el malvado se equivoca respecto de la apreciación del bien. Recuerdo que Artur Koestler, varios de cuyos escritos leí con mucho interés y provecho, pensaba que surgía de un desequilibrio entre el cerebro límbico que compartimos con los reptiles y el evolucionado del neocórtex. Pero la explicación que más me satisface es la del entonces cardenal Ratzinger: hay manifestaciones del mal que sólo cabe explicar por influencias de agentes externos, oscuros y en extremo perversos, como los que actúan a través del Astado y sus compinches. De esos agentes dan cabal cuenta los exorcistas y en particular el padre Amorth (vid. Habla Un Exorcista). Los demonios existen y obran de modo implacable sobre los seres humanos. Basta con abrir la prensa cotidiana para encontrar múltiples testimonios de la presencia del mal en las sociedades. Se ha denunciado, por ejemplo, su actividad en la Casa de Nariño bajo el desgobierno del Astado.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Pleitos viejos

Mi bisabuelo Indalecio Arbeláez Tobón consideraba a los liberales de su época como tizones del infierno. No le faltaban motivos, pues su hermano, el presbítero Eustaquio Arbeláez Tobón, de quien espero se conserve su retrato en la iglesia de Jesús Nazareno en Rionegro, fue víctima de la inicua persecución que desataron los radicales contra la Iglesia Católica en la segunda mitad del siglo XIX. De ello da cuenta, por ejemplo, la agresiva oratoria de José María Rojas Garrido, quien predicaba la necesidad de erradicar la religión entre nosotros.

Esa rabiosa política anticlerical contribuyó al fracaso de la Constitución de Rionegro y el consiguiente triunfo de la reacción conservadora en 1886, en la que jugó un papel decisivo Carlos Holguín, tal como lo cuenta Gonzalo España en uno de sus deliciosos libros.

La cuestión religiosa fue tema crucial del debate político en Colombia hasta bien entrado el siglo XX. Allá por los años 30 Alfonso López Pumarejo llegó a sostener que, si bien las fronteras ideológicas entre los partidos liberal y conservador se estaban desdibujando, persistía el debate sobre el papel de la Iglesia en la vida pública. La reforma concordataria a principios de los años 40 suscitó nuevos debates que fueron atizados por la feroz oratoria de Laureano Gómez, quien a la postre obtuvo que en los acuerdos del Frente Civil, que luego tomó el nombre de Nacional, quedara consagrado el principio de que la religión católica, apostólica y romana era la de la nación y, como factor básico del orden social, gozaría de la especial protección del Estado. 

El principio rigió hasta 1991, cuando en el debate de la Asamblea Nacional Constituyente se discutió sobre el fundamento de la soberanía y se proclamó la garantía de la libertad e igualdad de cultos, con el consiguiente derecho de toda persona a profesar libremente su religión y a difundirla en forma individual o colectiva.

De hecho, el acuerdo político que se plasmó en el plebiscito de 1957 para instaurar el Frente Nacional contribuyó decisivamente a superar la llamada cuestión religiosa como centro de los debates entre liberales y conservadores, en lo que también tuvo que ver la evolución de la Iglesia Católica, que fue dejando atrás las posturas ultramontanas para adoptar actitudes más serenas en torno de la cosa pública. En la Iglesia se pusieron de manifiesto no sólo tendencias liberales, sino francamente socializantes, tal como se vio en el encuentro de Medellín en 1968. Su cercanía con el Partido Conservador prácticamente se difuminó en esos años. Los baculazos de monseñor Builes y los bandazos de monseñor Perdomo ya eran cosa del pasado. En otra época, las campañas presidenciales de los comunistas Petro y Cepeda habrían dado lugar a que los púlpitos abundaran en advertencias y condenas para orientar a los fieles acerca de cómo deberían votar. No sucedió así e incluso tengo conocimiento de clérigos que votaron por Petro en 2022.

En la Asamblea Nacional Constituyente se debatió sobre la invocación de Dios como fuente suprema de toda autoridad. Se quería retomar la fórmula de 1863, copiada de la Constitución norteamericana, que centraba el principio de legitimidad exclusivamente en la voluntad popular. Recuerdo que el finado Vélezefe publicó una graciosa caricatura en la que aparecía san Pedro informándole al Padre Eterno que aquí había unos interesados en excluirlo de la Constitución, a lo que Él respondió que también los estaba borrando de la lista de sus elegidos. El debate se zanjó con una fórmula transaccional: la Constitución se expidió dizque por el pueblo de Colombia, en ejercicio de su poder soberano, pero invocando la protección de Dios.

Es claro que nuestro ordenamiento no consagra un laicismo radical que ignora y combate la realidad cultural de la identidad cristiana de nuestro pueblo, pero ya no le brinda protección especial a la Iglesia Católica respecto de otros credos.

De esta disposición del artículo 19 de la Constitución se han extraído por la Corte Constitucional y ciertos funcionarios judiciales, así como políticos y periodistas animados por prejuicios anticatólicos, conclusiones a mi juicio carentes de rigor jurídico con las que se pretende impedir la gestión de la política del espíritu que aspira a llevar a cabo el actual gobierno.

Su propósito no es imponer la fe por la fuerza. Los verdaderos creyentes sabemos bien que la fe nace de una gracia que nos es concedida por el Supremo Hacedor. No es fácil llegar a ella y conservarla, pues exige un denodado esfuerzo espiritual, muchas veces nacido de experiencias perturbadoras. Conviene traer a colación lo dicho por un converso eminente, Marshall McLuhan: " A la Iglesia se entra de rodillas". Para seguir sus pasos debemos despojarnos de muchísimos prejuicios y adoptar una actitud humilde ante los  supremos misterios. A Dios llegamos abriendo nuestras mentes, nutriendo nuestros corazones y animando nuestras voluntades. No todos lo logran y es inútil forzarlos a ello. Pero no podemos ignorar el valor de la oración, de la que yo he sido beneficiado en grado sumo, ni el del buen ejemplo, que estimula a los vacilantes.

Los librepensadores a ultranza ignoran que el catolicismo se nutre de cerca ya de 2.000 años de reflexiones y certidumbres acerca de los hechos básicos que lo sustentan. No se trata de mitos ni de las ideas delirantes de que hablaba Freud, sino de realidades que están al alcance de todas las personas de buena voluntad. Sus ideas han permeado toda una civilización de la que nos ufanamos. ¿Cuánto le debemos al principio de la dignidad de la persona humana, que es el supuesto de los derechos fundamentales, o al de que la autoridad del Estado sólo se justifica por la búsqueda del bien común? ¿Cuál es el papel del Decálogo en la moral tanto individual como colectiva que profesamos? ¿Cómo influye la idea cristiana de la familia en el orden civilizado? Vuelvo a ello evocando un texto clásico que he citado en otras ocasiones: "Family and Civilization", de Carle E. Zimmerman. Sus conclusiones son del todo pertinentes acerca de la crisis que hoy afecta a la familia y se proyecta hacia la civilización entera. Para la muestra, el desorden familiar del que ha venido dando tan pésimo ejemplo el Astado. Todo ello sin mencionar el papel que la idea judeo-cristiana del orden cósmico ha jugado como fundamento de la ciencia occidental, que a no dudarlo reposa sobre fundamentos metafísicos.

Chesterton decía que el que deja de creer en Dios es capaz de creer en cualquier cosa. Los que dicen creer tan sólo en la razón la erigen como deidad suprema, sin percatarse de que uno de los grandes logros de la filosofía medieval fue identificarla precisamente con un atributo de Dios que se proyecta en la naturaleza y nuestras mentes. Separarla de Dios es la fuente de múltiples extravíos de los pensamientos moderno y postmoderno.

Los enemigos de la Iglesia Católica y los demás credos cristianos claudican ante la reviviscencia de credos ancestrales que niegan los valores de nuestra civilización o respecto del relativismo ético que mina todo su vigor espiritual, pues, como dijo con gran acierto Dostoievski, "Si Dios no existe, todo es posible". Lo han dicho otros: si todo valor es relativo, nada vale en absoluto. Esos enemigos creen ampararse en valores de cuyo fundamento no pueden ofrecer razón suficiente y son del todo deleznables.

No es la hora de atizar controversias religiosas ya superadas que derivaron en severos daños institucionales, bien fuera en guerras civiles o en regímenes autoritarios. El verdadero liberal, así se muestre escéptico o indiferente en materia religiosa, reconoce la libertad de los creyentes para profesar sus respectivos credos y difundirlos. Y si explora los fundamentos de su liberalismo, se encontrará con las ideas cristianas, tal como lo reconoció Lord Acton.

lunes, 31 de agosto de 2026

¡Arden los demonios!

Una seguidilla de pronunciamientos judiciales en torno de acciones de tutela promovidas por enemigos declarados de la religión y acatadas por jueces que los secundan, invocando una versión sesgada de la laicidad del Estado que proclamó en 1991 el ordenamiento constitucional hoy en vigencia, pretende erradicar toda manifestación de religiosidad no sólo en el ámbito estatal, sino en las actuaciones incluso privadas de los servidores públicos.

Es cierto que nuestra Constitución Política consagra la separación de la Iglesia y el Estado, pero como lo he señalado en otros escritos, su contenido no es contrario a la religión, puesto que su preámbulo invoca la protección de Dios y el artículo 192 lo menciona en el juramento que debe prestar el presidente al tomar posesión de su cargo. 

Si la Asamblea Nacional Constituyente invocó la protección de Dios al expedir la Constitución, no se ve la razón jurídica para censurar a los servidores públicos que le pidan auxilio para acertar en sus decisiones.

Tal como lo he dicho en ocasiones pasadas, la laicidad es un principio que puede interpretarse de distintas maneras. 

Una es la versión norteamericana que quedó consagrada en la Constitución partiendo de la base de la diversidad de credos religiosos que reinaba en las 13 colonias. La fórmula que se adoptó no privilegiaba a ninguna iglesia, pero tampoco declaraba la hostilidad contra el credo religioso en sí mismo considerado. De hecho, el presidente jura sobre la Biblia al tomar posesión y en los Estados Unidos ha prevalecido la libertad religiosa, sin perjuicio de reconocer la identidad cristiana de la nación, que únicamente Obama se atrevió a negar, dado que probablemente haya seguido siendo musulmán, tal como lo matricularon en una escuela católica en Indonesia y a pesar de haberse hecho bautista tardíamente para aspirar a la presidencia.

Otra versión de la laicidad procede de la Revolución Francesa y es claramente de inspiración masónica en su enemiga radical contra el catolicismo. Esta tendencia alentó la feroz persecución contra la Iglesia Católica que dio lugar a episodios tan aterradores como el de la Vendée. Napoleón puso punto final a ello con el Concordato de 1801. Pero la persecución renació en la Tercera República que estaba a merced de la masonería, la que inspiró las normas de separación de 1905. Hay un ilustrativo libro de Jean Sévillia acerca del tema: "Quand les catholiques étaient hors la loi" (vid. Quand les catholiques étaient hors la loi : Jean Sévillia- Ebook histoire - Ebook arts, culture & société | Cultura). Esta versión radical se padeció en nuestro país en la segunda mitad del siglo XIX y dio lugar a la reacción que operó en 1886 y se mantuvo en la Constitución, con variantes hasta 1991. El laicismo extremo inspiró a los regímenes comunistas y se manifestó en la década de 1920 en México, dando lugar a la Guerra Cristera, y en España en la década de 1930, ocasionando en buena medida la guerra civil.

Esta tendencia se nutre de la idea de la Ilustración según la cual la religiosidad corresponde a estadios primitivos de la evolución de la humanidad, destinados a superarse por medio de la razón y del pensamiento del positivismo, que de hecho proclama el materialismo y excluye la dimensión espiritual del ser humano. A los devotos de este reduccionismo les recomiendo que lean "The End of Materialism", de Charles E. Tart, Ph. D. Se lo sugiero a alguien que, citado por El Colombiano de hoy, anda con el cuento de que en la universidad no tienen cabida los dogmas religiosos, cuando precisamente la universidad europea surgió de la iniciativa de la Iglesia Católica.

Will Durant, en "Filosofía, Cultura y Vida", observa que las creencias fundamentales de cada civilización evolucionan y son sustituidas por otras. Es lo que se advierte en los tiempos modernos, en los que la religión tiende a reemplazarse por la ideología, cuyo estatuto racional deja muchísimo qué desear.

El estudio de las sociedades humanas sugiere que la religiosidad está inscrita en la naturaleza misma del hombre, si bien se proyecta de múltiples modos en su imaginario, su pensamiento, su sensibilidad, sus acciones y sus creaciones. Todas las civilizaciones remiten a principios supremos de índole religiosa. La idea de la excelencia moral es inseparable de la de trascendencia espiritual y toca en el fondo con la mística. 

Claude Tresmontant ha demostrado que la incompatibilidad entre ciencia y religión surge de prejuicios que ignoran datos fundamentales de la realidad. Profundo pensador católico y profesor eminente de Filosofía de la Ciencia en La Sorbona, galardonado por su actividad intelectual con el Gran Premio de la Academia de Moral y Ciencia Política por todas sus obras en 1987, señala que el Evangelio ofrece de hecho los fundamentos de una verdadera ciencia, la de la realización plena del ser humano. Junto con él, muchos otros cultores de la ciencia han proclamado su adhesión a la fe religiosa, como es el caso de Francis S. Collins con su libro "Belief: Readings on the Reason for Faith".

No cabe duda de que la religiosidad es dato esencial de la identidad cultural de cada pueblo, identidad que goza expresamente de protección constitucional al tenor de los artículos 3, 4, 70 y 72, lo cual no obsta para el reconocimiento de la libertad y la igualdad religiosas que consagran los artículos 18 y 19 de la Constitución. En rigor, lo que promueven los impíos que se duelen de las manifestaciones de religiosidad del actual gobierno no es la libertad religiosa, sino más bien su restricción, al tratar de impedir que los gobernantes testimonien la fe que los inspira. ¿Qué molestia hay si en la posesión presidencial intervienen con sus oraciones un rabino judío, un pastor evangélico y un sacerdote católico? ¿Afecta ello de cualquier modo el derecho de terceros de profesar credos diferentes o no profesar ninguno?

Llama la atención que los que ahora protestan contra Abelardo porque aspira a ubicar a Dios en el lugar que le corresponde dentro de nuestra institucionalidad hayan guardado silencio respecto de las diversas manifestaciones de adhesión del Astado para con los cultos ancestrales y la hechicería colindante con el satanismo. Tal como lo denuncié hace algunas semanas, ese funesto personaje realizó en la Casa de Nariño por lo menos un ritual de brujería para perjudicar a Abelardo, lo cual fracasó porque algunos de los integrantes de la Guardia Presidencial que estaban presentes se pusieron a rezar para protegerse de los demonios que se estaban invocando. Esos demonios están enfurecidos con el nuevo gobierno y excitan a demandantes y jueces que les son propicios para impedirle llevar a cabo la indispensable política del espíritu que se requiere para enderezar el rumbo de nuestra adolorida patria colombiana. 

No cabe duda de que lo que estamos presenciando hace parte de un combate espiritual que enfrenta a fuerzas sobrenaturales.

jueves, 13 de agosto de 2026

En saliendo el alacrán de casa...

 Hay un comprensible revuelo por la autorización que ayer otorgó el Senado al oprobioso expresidente que acaba de quedar en la calle para ausentarse del país a lo largo del año venidero, con la condición de que informe previamente las fechas y los lugares de sus desplazamientos.

Como muchos quisieran verlo no sólo entre rejas, sino sometido a los más crueles suplicios, alzan a tutiplén sus voces contra lo que consideran una aberrante traición del CD al votar a pie juntillas con el PH y otros partidos en favor de dicha iniciativa.

Se invoca para ello la justicia, que en su faceta humana apenas está dando los primeros pasos para investigar los múltiples desafueros que se le endilgan; pero no sobra recordar que, a diferencia de la Divina, la justicia de los hombres suele estar permeada por tendencias non sanctas en las que prevalecen el odio y la venganza.

Un amigo que es muy piadoso me contó que en medio de la confesión le dijo al sacerdote que le deseaba la muerte al sujeto de marras. El levita le recomendó que pidiera para él una buena muerte.

Este es un aspecto muy importante de la cuestión. El expresidente Uribe, que ha sido víctima propiciatoria de la venganza de los comunistas, ha pedido que no se manifieste odio contra su colega que vaga hoy hacia la desgracia. El consejo es sano y oportuno a más no poder. En medio de una tragedia como la que acaba de propinarnos la naturaleza la concordia ciudadana se hace indispensable para superar los daños de toda índole que nos dejan sus secuelas.

Vuelvo sobre la recomendación que hice en días pasados acerca del importante libro póstumo de Abelardo Forero Benavides, "Colombia, un drama", para insistir en los deletéreos efectos del odio en la vida comunitaria. A mediados del siglo pasado el país estaba dividido por el odio entre liberales y conservadores, con sus devastadores efectos que derivaron en la Violencia, así con mayúsculas. Hoy se divide entre abelardistas y petristas, unos dicen que casi por mitades y otros quizás mejor informados afirman que la proporción va más o menos en un 60% para los primeros y un 40% para los segundos. Sea de ello lo que fuere, esos porcentajes no son sanos y nada bueno auguran para los tiempos venideros.

Digo esto para señalar que el paso que dio el Senado se encamina a mitigar la confrontación. Si se hubiera negado el permiso de salida, los petristas se habrían enardecido más todavía alegando inicua persecución contra su líder. No sobra recordar un dicho apócrifo que se agrega a la escena del prendimiento en Getsemaní: "Mira cómo estamos, Pedro, y tú cortando orejas". Lo del Senado constituye un gesto de apaciguamiento y no una claudicación. Tarde o temprano la justicia hará su obra, así sea por designio providencial.

Media, por otra parte, una razón pragmática para autorizar la salida hacia el exterior de tan siniestro personaje. Acá estaría cerca de sus secuaces conspirando a todas horas. Fuera del país ello no le resultaría tan fácil. Además, allá estaría a merced del Mossad y otros funestos enemigos que le ha granjeado su intemperancia verbal. Como reza el dicho popular, es preferible que ese alacrán quede por fuera de casa.

Conviene insistir en el desarme de los espíritus. La política es escenario por antonomasia de contradicciones y de lo que trata la civilización es de encauzarlas en procura de lo mejor para la comunidad, aceptando la parte de razón que pueda asistir a cada tendencia.


sábado, 8 de agosto de 2026

In God We Trust

Desde hace algún tiempo he venido pidiéndoles a Dios y a la Santísima Virgen que nos protejan del comunismo y de las perversas intenciones de Petro y de Cepeda. Acompaño mi ruego para que iluminen, bendigan y protejan a Abelardo y José Manuel en su propósito de enderezar el rumbo de nuestra patria.

Esas mismas intenciones se pusieron de manifiesto ayer en la ceremonia de posesión presidencial, en la que hubo una oración interconfesional para pedir por el buen suceso de la nueva administración.

A ciertos laicistas recalcitrantes les ha disgustado este aspecto de la jornada de ayer, pues su talante no sólo irreligioso sino antirreligioso les hace creer que el Estado laico no sólo debe ser indiferente, sino enemigo de la religión.

Eso no es cierto. Por eso he acudido para titular este escrito a la divisa que preside el dólar estadounidense: "In God We Trust". En castellano traduce "En Dios Creemos".

Uno de los grandes aportes del constitucionalismo de los Estados Unidos es la idea del Estado libre y la Iglesia libre, fundada en que en las 13 colonias no había una confesión religiosa dominante, sino una variedad que impedía el predominio de unas sobre otras. Aunque entre los Padres Fundadores había masones que profesaban el Deísmo que después evolucionó hacia un ateísmo puro y simple, el hecho social de la profunda religiosidad de los habitantes del territorio no hizo aconsejable que hicieran carrera manifestaciones contrarias a la religión, lo que favoreció la convivencia pacífica de diferentes credos religiosos e incluso el crecimiento de la religión católica en su país. Allá ha prevalecido el principio de la libertad de religión, que no se opone a la manifestación pública de los eventos religiosos. 

La Revolución Francesa impuso otra versión del laicismo que condujo a perseguir a los católicos del modo más inclemente e incluso aterrador, de lo que da cuenta el espantoso episodio de la Vendée. Ese laicismo, inspirado no en la libertad de religión sino en libertad de la religión, a la que la ley de los tres estadios consideraba como fenómeno propio de la infancia y la adolescencia de la Humanidad e incompatible con la Edad de la Razón, inspiró las atroces persecuciones que tiempo después se desataron contra la Iglesia Católica en América Latina y con especial crudeza en México en los años 20 del siglo pasado y en España en los 30. Nuestro país no fue inmune a esa plaga que impregnó la política de los radicales en la segunda mitad del siglo XIX y suscitó la reacción clerical que quedó consagrada en la Constitución de 1886.

La Asamblea Constituyente de 1991 abandonó el reconocimiento de Dios como fuente suprema de toda autoridad e invocó la supuesta voluntad popular como fundamento de sus disposiciones, pero reconoció que las dictaba bajo la protección de Dios. Este planteamiento suscita importantes consecuencias jurídicas y políticas. La separación del Estado y de la Iglesia que se consagró como base de la libertad religiosa no implica la enemistad ni la indiferencia entre ambas potestades. La Constitución misma declara en su artículo 70 que la cultura en sus diversas manifestaciones es fundamento de la nacionalidad. Y agrega en el artículo 72 que el patrimonio cultural de la Nación está bajo la protección del Estado. ¡Qué duda cabe de que la tradición católica conlleva manifestaciones entrañables de nuestra identidad cultural!

El laicismo extremo que pretende erradicar de la escena colectiva toda connotación de índole religiosa ignora que tanto la idea de bien común para sustentar la legitimidad del poder del Estado, como la de dignidad de la persona humana como base de los derechos fundamentales, se nutren de lo más excelso de la tradición del pensamiento católico. Si a las ideologías se les presta algún mérito, como negarlo a lo que sustenta toda una civilización.

Volver a ubicar a Dios en el sitial que le corresponde, como lo propone Abelardo, no significa consagrar un régimen teocrático ni discriminar a los no creyentes, sino admitir que más allá del derecho positivo rige una Ley superior que se resume en el Decálogo. Ignorar los Diez Mandamientos es una de las causas de la tremenda crisis en que estamos sumidos.

En mis cursos de Teoría Constitucional y Filosofía del Derecho les hacía ver a mis discípulos que la mirada hacia Dios de parte de los gobernantes implica el reconocimiento de que sobre el poder que ostentan rigen unos valores superiores que en últimas lo legitiman y que, de todos modos, ello es preferible a que rindan culto a esa deidad vaga, vana y ondulante que, adoptando los célebres términos de Montaigne, caracteriza al Demos.

Uno de los dramas de la modernidad es la negación de la dimensión espiritual y por ende religiosa del ser humano. Al rescate de la primera se aplica un libro de Jerry Kroth cuya lectura estoy terminando y que recomiendo vivamente: "Psyche' exile: an empirical odyssey in search of the soul". Tengo en mente otro, del Dr. Manuel Sans Segarra: "La Supraconciencia existe: vida después de la vida". Ambos desafían a través de evidencias incontrastables el dogma que prevalece hoy en ambientes académicos acerca de que la conciencia es un epifenómeno ilusorio de la actividad físico-química del cerebro.

Se critica a Abelardo porque invoca a Dios y se sesgan los episodios de hechicería que ha protagonizado Petro, no sólo con la supuesta posesión espiritual que protagonizó con Francia Márquez antes del 7 de agosto de 2022, sino en la propia Casa de Nariño, de lo que hay un testimonio irrefutable. En ciertos medios se especula además sobre su pertenencia a cierta confesión de origen africano. Es muy probable que dicha sede esté infestada por presencias infernales, por lo que resulta prudente que Abelardo se niegue a ocuparla.

No podemos desconocer que nuestro país ha sido escenario de un fragoroso combate espiritual que nos enfrenta a potencias demoniacas. La droga, la violencia, la corrupción y otras funestas adversidades nos obligan a mirar de nuevo hacia Dios y rogarle que nos tenga de su mano.

martes, 4 de agosto de 2026

Fronterizos del delito

Insisto en que quien nos desgobierna y el que contra toda evidencia insiste en haber sido despojado del triunfo en el más reciente debate presidencial bordean descaradamente el Código Penal.

Al fin y al cabo, son dos comunistas de línea dura que ocultan su verdadera identidad política bajo el engañoso rótulo de "progresistas", pero son devotos de la doctrina de Carlos Marx según la cual "la violencia es la partera de la historia" y la legalidad liberal es una superestructura que esconde la explotación del pueblo por las clases privilegiadas.

En otra ocasión he observado que la exigencia que el segundo de aquéllos le hace al presidente electo de renunciar a su ciudadanía norteamericana como condición necesaria para reconocer no sólo la legalidad  sino la legitimidad de su elección bien podría encasillarse dentro de las normatividades del constreñimiento ilegal e incluso de la extorsión que tipifican los artículos 182 y 244 del Código Penal.

El primero de ellos sanciona al que, fuera de los casos expresamente previstos como delito, constriña a otro a hacer, tolerar u omitir alguna cosa. El constreñimiento puede consistir, según la doctrina, en violencia, amenazas o coacción. Y en el caso de que se trata las amenazas consisten en desconocer su investidura y excitar a la población a la desobediencia dizque civil y pacífica, que no es otra cosa que la antesala de la reacción violenta. En lugar de acudir a las acciones previstas por el ordenamiento jurídico para dilucidar la legalidad de la elección, amenaza con vías de hecho potencialmente subversivas.

Ello podría examinarse también a la luz de lo dispuesto por el Código Penal para la extorsión, en que incurre el que constriña a otro a hacer, tolerar u omitir alguna cosa, con el propósito de obtener provecho ilícito o cualquier utilidad ilícita o beneficio ilícito, para sí o para un tercero.

En este caso se da la amenaza de la desobediencia comunitaria si el presidente electo no se pliega a la exigencia que se le formula so pena de desconocer su investidura, a lo cual no tiene derecho el que la formula, de modo que si el amenazado se pliega a lo que se le exige aquél obtiene provecho, utilidad o beneficio ilícito.

En lo que concierne al inquilino de la Casa de Nariño, lo que ayer publicó en la madrugada acerca de la conformación de milicias populares encargadas de velar por la continuidad, así fuere por la vía armada, de los supuestos avances sociales de su gestión gubernamental, lo acerca a lo que prohíbe el artículo 345 del Código Penal sobre la promoción de grupos de delincuencia organizada y grupos armados al margen de la ley. La pena en tal caso consiste en prisión de 13 a 22 años y multa de 1.300 a 15.000 salarios mínimos mensuales vigentes.

Acerca de la jurisdicción encargada de juzgarlo hay que distinguir entre los delitos cometidos antes de las 3 de la tarde del 7 de agosto de 2022, los cometidos entre esa fecha y las 3 de la tarde del 7 de agosto del presente año y los que cometiere después. Los de la primera y la tercera etapas corresponden a la justicia ordinaria, por lo cual considero que las acusaciones sobre la financiación ilegal de su campaña presidencial deberán pasar a la misma y salir del resorte de la Comisión de Investigación y Acusación de la Cámara de Representantes.

Respecto de la competencia de esta última para ocuparse de delitos cometidos durante su período presidencial encuentro que podría haber contradicción entre los artículos 174 y 199 de la Constitución Política.

El primero de ellos dispone que le corresponde al Senado el juzgamiento de hechos u omisiones de altos funcionarios, incluido el Presidente de la República, ocurridos dentro del ejercicio de sus cargos, aunque hubieren cesado en ello. Según esto, conservará el fuero por los delitos que se le atribuyan por hechos u omisiones que se le imputen entre las 3 de la tarde del 7 de agosto de 2022 y la misma hora del 7 de agosto venidero. Pero el artículo 199 parece decir otra cosa, dado que restringe el alcance del fuero  "durante el periodo para el que sea elegido", dando a entender que después de ese periodo su juzgamiento corresponderá a la justicia ordinaria. El asunto cobra interés por cuanto se afirma en algunos medios que la actual composición de la Comisión de Investigación de la Cámara de Representantes parece favorecer su impunidad por los abusos en que podría haber incurrido en ejercicio de su cargo. Sea de ello lo que fuere, ese inquilino tendrá que habérselas con la justicia en los tiempos venideros.

martes, 28 de julio de 2026

Incógnitas

El triunfo de Abelardo y José Manuel ha resucitado la esperanza de millones de colombianos en el porvenir del país.

Es, desde luego, positivo habernos librado por lo pronto del comunismo de Cepeda. Pero no todo es color de rosa con el gobierno venidero, pues al tiempo que encontrará unos escenarios plagados de problemas de difícil solución que deja el desgobierno hoy reinante, la dupla antisocial de Petro y Cepeda ya lo está amenazando con una feroz oposición que pretende desestabilizar a Colombia.

No podemos olvidar que cuando Duque le ganó a Petro en 2018 éste se negó a reconocer su triunfo alegando sin pruebas, como es su mala costumbre, que el triunfo lo debía a compra de votos en la costa por parte, si mal no recuerdo, de un tal Ñeñe. Y acto seguido promovió un supuesto estallido social que, de acuerdo con una cuidadosa investigación de Impacto 24-7, fue orquestado por una conspiración internacional alentada por el gobierno de Maduro en Venezuela en connivencia con los grupos insurgentes colombianos. Al lado de unas supuestas manifestaciones pacíficas se produjo la actuación criminal de la llamada Primera Línea, que dio lugar a la comisión de gravísimos delitos por los que se han producido múltiples condenas de parte de la justicia colombiana.

Recuerdo que Petro manifestó que si el Congreso derogaba la ley de alivio tributario que había aprobado el comienzo del gobierno de Duque cesarían las manifestaciones. Más tarde, ya como presidente, dijo en el llamado Puerto Resistencia o Puerto Rellena en Cali que él era miembro de esa Primera Línea. Por consiguiente, se lo debería procesar como instigador de los delitos que ese grupo criminal cometió. Me inclino a pensar que por lo menos se lo ha debido procesar por el delito de asonada, pues en forma tumultuaria se intentó presionar al Congreso para que derogara una ley.

La impunidad de que han gozado tanto Petro como Cepeda los alienta ahora a desconocer la legitimidad del triunfo de Abelardo y José Manuel promoviendo una fementida "desobediencia civil" con la que pretenden volver a las andadas de los años en que pretendieron derrocar al presidente Duque.

No me cabe duda de que se trata de una dupla de avezados fronterizos del delito, que lo bordean y coquetean con él, pero tratando de ocultar huellas que podrían incriminarlos. Son dos sujetos de tenebrosa peligrosidad animados por la más extremista ideología del marxismo leninismo, la cual disfrazan con el ropaje de un engañoso "progresismo".

Hay que escuchar las declaraciones del exministro de Defensa del gobierno de Duque, Diego Molano, para recordar lo que significó el estallido social que Petro promovió tratando de estorbar su gobernabilidad en medio de la pandemia. Recuerdo que lo desafiaba para que decretara el estado de conmoción interior, pero Duque fue prudente y dejó que la fiebre pasara.

Los que he llamado "dos tipos de cuidado" ensayarán la misma receta que trataron de aplicarle a Duque, pero Abelardo es de otra pasta y ya verán "cómo muerde el tigre". Pero las duras medidas que éste deberá adoptar con miras a contener a los sediciosos y ponerlos en su lugar perturbarán probablemente su gobernabilidad, distrayéndolo de la urgentísima tarea de reconstruir lo dañado por la gestión irresponsable de Petro.

Vienen tiempos difíciles que demandarán para el nuevo gobierno un apoyo decidido y vigoroso de quienes votamos por él.

Ello aconseja mucho tino para la conducción del conjunto de partidos que se han declarado de gobierno. Hay que limar las asperezas que acontecimientos recientes han mostrado desencuentros en la coalición que lo sigue, pues la unidad es indispensable para enfrentar a la dupla subversiva que aspira a verlo fracasar.

Reitero la coda con que he cerrado varios de mis escritos: ¡Que Dios nos tenga de su mano! 

domingo, 12 de julio de 2026

Sed libera nos a malo

Hay abundante información sobre las influencias ocultistas en Cuba, Nicaragua, Venezuela y Haití. En lo que respecta a Colombia, circulan muchas versiones acerca de los nexos del desgobierno actual con la hechicería e incluso con religiones de origen africano o, como suele decirse por acá, ancestral.

Se dice en fuentes fidedignas que en medio de la campaña electoral hubo en la Casa de Nariño un ritual hechicero presidido por el okupa y orientado a perjudicar la campaña de Abelardo. El hecho escandalizó a algunos de quienes lo presenciaron, los cuales se pusieron a rezar para contrarrestar esa aterradora ceremonia. Como los brujos que la estaban realizando se dieron cuenta de que había una energía que contrarrestaba sus ritos, se optó por exigir el retiro de quienes no participaban en ellos.

Isabel Cuervo ha denunciado en Instagram que el que nos desgobierna practica la religión Palo Mayombe y por ello suele lucir vestiduras blancas y colgarse al cuello la cruz Tao, que nada tiene que ver con la que veneramos los cristianos. Según otras versiones, sus visitas a Haití tienen que ver con esas creencias y no falta quien sostenga que su atuendo lo identifica como oficiante de dicho credo.

Es difícil identificar en qué cree. Todo parece indicar que profesa cierto sincretismo, pues no vacila en visitar al Santo Padre, haciéndose acompañar en su comitiva con quien la prensa identifica como su barragana.

Abelardo y José Manuel tienen toda la razón al considerar que entre nosotros se libra una batalla espiritual que debe contar con el auxilio de Dios y la Santísima Virgen, motivo por el cual han realizado una edificante peregrinación por los santuarios marianos de nuestro país.

Abundan las voces que le piden a Abelardo que no ocupe la Casa de Nariño sin que previamente se realicen exorcismos que lleven a cabo una profunda limpieza espiritual de ese lugar que podría ser objeto de infestaciones diabólicas.

Hay que seguir orando fervientemente para protegernos del comunismo y de las malas intenciones del que nos desgobierna y el que pretende heredar su puesto.

Que Dios nos tenga de su mano.



lunes, 6 de julio de 2026

Dos tipos de cuidado

Echo mano del título de una vieja película mexicana para referirme al contubernio del indigno okupa actual de la Casa de Nariño con su émulo, el siniestro senador Cepeda, los que de consuno pretenden atravesar toda clase de palos en las ruedas con el protervo designio de frustrar la gobernanza del tándem Abelardo-José Manuel.

Esos dos tipos de cuidado son comunistas recalcitrantes pero disimulados que aspiran a someter a Colombia a un régimen totalitario y liberticida como los que han fracasado en Cuba y Venezuela.

Ardidos porque el electorado les dio la espalda en la reciente elección presidencial intentan variados subterfugios para impedir que la dupla ganadora cumpla con sus propósitos de devolverle la confianza al pueblo trazándole rutas de progreso, justicia, seguridad, libertad y bienestar.

El primero ha anunciado una exótica demanda de nulidad con pedido de medidas cautelares para tratar de impedir la posesión de los nuevos gobernantes. Todo indica que se trata de una acción temeraria destinada al fracaso, pero que hace ruido y azuza a las hordas que durante el gobierno del presidente Duque sembraron el desorden a lo largo del territorio nacional.

El segundo, después de haber reconocido el triunfo electoral de sus contendores, se ha echado de para atrás anunciando que no lo admitirá y declarándose en estado de desobediencia civil para entorpecer la acción de los nuevos gobernantes.

Invoca descaradamente los ejemplos de Gandhi, Luther King y Mandela para justificar la resistencia popular frente a las nuevas políticas gubernamentales y, como lo expuse en mi más reciente, para hacerle a De la Espriella unas exigencias francamente extorsivas.

Como acaba de decirlo el presidente de la Corte Suprema de Justicia, no se ve el caso que justifique la tal desobediencia civil, que en rigor implica el desconocimiento del ordenamiento constitucional y legal de la República.

Sigo pensando que esta actitud amerita que se la examine a la luz del Código Penal, que consagra como delitos no sólo la extorsión, sino el constreñimiento ilegal. la rebelión, la sedición, la asonada y la instigación a delinquir. Es asunto que en lo que concierne al senador debería investigarse por la Corte Suprema de Justicia. Este insólito llamado a la desobediencia civil debería considerarse, además, por la Comisión de Ética del Senado en razón del comportamiento indecoroso, irregular e inmoral que entraña de suyo este desafío a la institucionalidad. También la Procuraduría debería tomar cartas en el asunto, pues todo indica que esta actuación irresponsable del candidato perdedor en los comicios recientes podría configurar una violación del régimen disciplinario que a dicha autoridad le corresponde investigar y sancionar.

Tal como sucedió a comienzos del gobierno de Duque, al lado de manifestaciones supuestamente pacíficas se dio la acción deletérea de la tristemente célebre Primera Línea, muchos de cuyos integrantes ya han sido condenados por graves delitos, pero sin que la acción judicial hubiera llegado hasta sus instigadores, entre ellos el actual okupa de la Casa de Nariño, que no tuvo empacho en declararse miembro activo de ella en una perorata que pronunció en el mal llamado Puerto Rellena en Cali. Todo indica a que la invitación a distintos sectores sociales para manifestarse dizque en forma pacífica va a acompañada ocultamente de la convocatoria de las hordas de la Primera Línea, que supuestamente obrarían motu proprio, disimulando así la intención subversiva de la tal desobediencia civil.

Como lo acaba de señalar Julio Sánchez Cristo, estas convocatorias acarrean muertes. Los que las formulan deben asumir las responsabilidades pertinentes, pues quien pone la causa corre con los riesgos de los efectos.

Esos dos tipos de cuidado que motivan este escrito quieren ensangrentar a Colombia. Hay que ponerles coto.

miércoles, 1 de julio de 2026

¿Amenazas extorsivas?

Me inclino a pensar que la amenaza de promover la desobediencia civil que ayer profirió el comunista Cepeda contra el presidente electo De La Espriella si no se somete a las exigencias que le formuló debe examinarse ante todo a la luz de lo que dispone el artículo 244 del Código Penal, que a la letra dice:

"El que constriña a otro a hacer, tolerar u omitir alguna cosa, con el propósito de obtener provecho ilícito o cualquier utilidad ilícita o beneficio ilícito, para sí o para un tercero, incurrirá en prisión de ciento noventa y dos (192) a doscientos ochenta y ocho (288) meses y multa de ochocientos (800) a mil ochocientos (1.800) salarios mínimos legales mensuales vigentes."

El comunista de marras parece constreñir al presidente electo para que renuncie a su ciudadanía estadounidense, aclare sus relaciones con agencias de seguridad de los Estados Unidos, respete plenamente nuestra seguridad nacional y nuestra soberanía judicial, se comprometa a cesar toda persecución contra sus opositores políticos, a dejar de estimular la judicialización por parte del Departamento de Justicia de los Estados Unidos y a no aprobar la extradición de Gustavo Petro.

Todas estas medidas son del resorte del presidente electo y hacen parte bien sea de su competencia oficial o de su fuero personal. Las exigencias del comunista conciernen en consecuencia al desempeño de las funciones presidenciales o al ejercicio de la libertad de De La Espriella, quien, de no someterse a lo que se le exige, deberá sufrir más que como persona individual, como jefe del Estado, los efectos de la desobediencia civil que en tal caso convocaría a los más de doce millones de votantes que apoyaron al candidato perdedor en las recientes elecciones presidenciales.

La amenaza de la desobediencia civil constriñe, por supuesto, a De La Espriella, pero va mucho más allá, pues afecta en rigor al ordenamiento jurídico del Estado.

La Constitución protege la libertad de conciencia, la de cada persona de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de presentar peticiones respetuosas a las autoridades, la de toda parte del pueblo para reunirse y manifestarse pública y pacíficamente y el derecho de todo ciudadano a participar en la conformación, ejercicio y control del poder político, pero todo ello dentro de los límites que traza el artículo 95, según el cual el ejercicio de los derechos y libertades reconocidos en ella implica responsabilidades, dentro de las cuales se cuenta el respeto de los derechos ajenos y no abusar de los propios.

En parte alguna consagra la Constitución el derecho a la desobediencia civil, así sea pacífica, pues el citado artículo 95 manda en forma perentoria: "Toda persona está obligada a cumplir la Constitución y las leyes".

En consecuencia, la amenaza del candidato comunista no sólo va contra el presidente electo, sino contra la Constitución misma, dado que se endereza a promover el incumplimiento colectivo del ordenamiento jurídico que nos rige. Es del todo subversiva y, desde luego, ilícita.

A ojo de buen cubero, creo que la Corte Suprema de Justicia debería ocuparse de examinar si el senador Cepeda ha incurrido entonces en los supuestos constitutivos del delito de extorsión y quizás otros más.

Unas palabras adicionales sobre la calidad de ciudadano estadounidense que ostenta De La Espriella. Ya es claro de toda claridad que ello no obsta para que pueda ejercer la presidencia de Colombia. No hay en ello, propiamente, hablando, una inhabilidad jurídica. Sobre la cuestión del juramento de fidelidad al orden jurídico norteamericano, en principio no obra incompatibilidad con el que preste para cumplir la Constitución y las leyes colombianas. Si llegase a haber algún desacuerdo entre sus condiciones de ciudadano colombiano y ciudadano norteamericano, su conciencia lo decidirá y nuestra justicia dirá si ello daría lugar a algún impedimento dentro del contexto del caso concreto. Se trata pues de algo hipotético y eventual sobre lo que no cabe pronunciarse a priori.

Algo más. Ese tema del juramento que podría dar lugar a alguna incompatibilidad política es el que dio lugar a que los reyes ingleses después de Enrique VIII desataran la persecución contra los católicos, a quienes se los censuraba porque su obediencia al Papa no les permitía sujetarse incondicionalmente al Rey. La misma tesis podría esgrimirse contra los masones, que prestan en su cofradía unos extraños juramentos que podrían ponerlos en contradicción con las normatividades estatales. Hemos tenido presidentes masones y creo que contra ninguno se esgrimió el argumento con que ahora se pretende deslegitimar el título presidencial de De La Espriella.

Cierro advirtiendo que lo de la desobediencia civil pacífica no es otra cosa que un subterfugio para incendiar de nuevo el país, como lo hicieron Petro y sus conmilitones  para alterar la gobernabilidad del presidente Duque. En mi fuero personal, he considerado que esa actitud cabía por lo menos dentro de la tipicidad de la asonada, pero a nadie se le ocurrió llevar hasta ellos la acción de la justicia. Quizás todavía sería oportuno intentarla, siempre y cuando no haya mediado la prescripción. Bueno es recordar, como lo ha hecho el exfiscal Barbosa, que el fuero de Petro vencerá el próximo 7 de agosto y a partir de esa fecha sus malas acciones quedarán en manos de la Fiscalía.

Lea más: https://leyes.co/codigo_penal/244.htm


lunes, 22 de junio de 2026

Obró la Providencia

Como solía decir mi finada esposa -¡alma bendita!- Dios nos miró ayer con ojos de misericordia al librarnos de la victoria del candidato comunista que habría llevado a su culminación la agenda que el taimado inquilino de la Casa de Nariño venía preparando para instaurar entre nosotros un régimen inspirado en lo que ha llevado a cubanos y venezolanos a padecer los rigores de la miseria más atroz.

Las elecciones de ayer cierran un ciclo que no ha debido abrirse y hacen renacer la esperanza en millones de compatriotas que temían lo peor y hoy observan con optimismo el porvenir de nuestra patria, sabedores de que al mando habrá un tándem inspirado en el propósito de enderezar hacia rutas de progreso en todos los órdenes el rumbo que el desgobierno actual conducía hacia el desastre.

Supongo que igual que yo muchos colombianos veníamos elevando plegarias al Altísimo para que nos protegiera del comunismo y de las protervas intenciones de sus promotores. Por experiencia personal, estoy convencido de que la oración que se recita con fervor y buenas intenciones produce resultados beneficiosos. "Pedid y se os dará", promete el Evangelio.

Por supuesto que el camino que tocará recorrer a partir del próximo 7 de agosto será proceloso a más no poder, pues la herencia que nos lega el desgobierno actual está plagada de desastres de toda índole. En consecuencia, nos tocará aplicar aquello de "a Dios rogando y con el mazo dando", aceptando muchos sacrificios en pro del bien común.

Los expertos hablan del riesgo de una tremenda crisis fiscal; otros hablan de la posibilidad inminente de un apagón eléctrico; la crisis de la salud es dramática; el control territorial de la delincuencia es tenebroso; la inseguridad para todos está a la vuelta de la esquina; los resultados sociales de que se jacta el que nos desgobierna no se explican por la vitalidad de la economía, sino por el derroche del gasto público; ya la cocaína es el principal renglón de nuestras exportaciones y, como lo demuestran los resultados electorales de ayer, el control político de los narcotraficantes sobre las comunidades nos pone al borde de convertirnos en un narcoestado; nuestra fuerza pública está desmoralizada y debilitada, sin recursos suficientes para enfrentar el poderío de la delincuencia; nuestra patria se ha convertido en el hazmerreír de la comunidad internacional por los despropósitos recurrentes del que nos desgobierna, que ha arrastrado por el suelo nuestra dignidad. Rescatar la dignidad de nuestra Colombia y nuestro gobierno será tarea urgentísima de Abelardo y José Manuel, pues sólo cuando es respetable puede la autoridad reclamar acatamiento.

Hay muchas hipótesis acerca de la polarización que ha llevado a que el cuerpo electoral se divida prácticamente por partes iguales, con una ligera diferencia de cerca de 250.000 votos entre los contendientes. Me inclino a pensar que los seguidores del candidato comunista no tuvieron claridad acerca de su índole y sus intenciones ocultas. Muchos votaron, como se ha dicho, con el fusil en la nuca; otros sucumbieron ante la demagógica fijación del salario mínimo o la multiplicidad de puestos y de contratos que nos está llevando a la ruina; a otros los convenció la propaganda negra que se difundió contra los defensores de la patria o el cuento cruel de la superioridad moral y la decencia del candidato comunista. En la medida que avance un buen gobierno, esas voluntades desviadas podrían inclinarse en favor suyo.

Abelardo recibió la noticia de su triunfo dándole gracias a Dios. A diferencia del que nos desgobierna, que según Isabel Cuervo es feligrés de una oscura religión de origen africano, tanto Abelardo como José Manuel son católicos devotos, convencidos de la necesidad de adelantar una política del espíritu a la que hice referencia en un escrito reciente. Esa política se inicia elevando el nivel moral del gobierno, tanto en lo público como en lo privado. Su propósito es la realización del bien común, que es una idea que entraña vasta profundidad acerca del destino colectivo. Que Dios los ilumine y proteja. 

lunes, 15 de junio de 2026

Alea Jacta Est

El próximo domingo los colombianos elegiremos entre la democracia liberal y el comunismo. Como dicen que dijo el poeta, "todo nos llega tarde, hasta la muerte". La "Guerra Fría" que se libró a lo largo de la segunda década del siglo XX y terminó con la derrota del comunismo, exhibe sus estertores entre nosotros enfrentando a Abelardo y José Manuel contra Cepeda y sus secuaces amigos del castro-chavismo. 

Todo indica que el triunfo será de los primeros, pero no deja de inquietar que una considerable porción del electorado se incline por el candidato comunista. Ello puede interpretarse como una muestra de inmadurez democrática, pero el análisis debe ir más al fondo de las cosas, que vienen mostrando desde hace años la insatisfacción de importantes segmentos del pueblo que consideran que el Estado actual no da curso adecuado a sus apremiantes demandas.

El desgobierno que reina hoy por hoy se jacta de atenderlas, pero lo ha hecho a la bartola, con altas dosis de palabrería y magros resultados, preso entre consignas ideológicas obsoletas cuyo fracaso en otras latitudes es ya indiscutible. Añorar a Stalin, a Mao, a Castro o a Chávez roza en el delirio.

Colombia debe seguir otros modelos que han demostrado ser exitosos en los países en los que se los ha aplicado. Mirar hacia la Cuba de los Castro y la Venezuela de Chávez y Maduro no deja de ser una ironía de pésimo gusto.

El nuevo gobierno que esperamos pueda instalarse el 7 de agosto venidero deberá afrontar una situación difícil como pocas en nuestra historia. El inventario de los desastres que deja el actual salta a la vista y la superación de todos ellos exigirá fuertes dosis de entereza, imaginación y buen sentido de parte de sus dirigentes, pero también de abnegada colaboración de nuestras comunidades. Si no lograre el apoyo decidido de éstas, se verá abocado al fracaso. La célebre cuestión que les planteó el presidente Kennedy a sus compatriotas al tomar posesión de su cargo mantiene su plena vigencia y es el caso de preguntarnos a los colombianos lo que debemos hacer por nuestro país y no por lo que éste puede hacer por nosotros.

Leo en estos momentos "Colombia, un drama", de Abelardo Forero Benavides, al que he llegado por amable sugerencia de mi buen amigo Álvaro Tirado Mejía. Es un libro que su autor no quiso publicar en vida por los severos cuestionamientos a quienes consideraba responsables de la tragedia que padecimos a mediados del siglo XX. Acaba de publicarlo la Universidad de los Andes y es de obligada lectura no sólo para quienes deseen conocer y entender esos aciagos momentos de nuestro devenir, sino para los que hoy tienen a su cargo la responsabilidad de velar por la salud de la república.

Más adelante me adentraré en el comentario de esa especie de "Memorias de Ultratumba". Por lo pronto llamo la atención sobre el ambiente caldeado que se percibe en el país, que nos obliga, como en el poema de Pombo, a "consultar oráculos más altos que nuestro duelo", verso que al citarlo en un artículo publicado en "Sábado" le ganó a Forero la animadversión de Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo, cuando en rigor estaba invitando a que los partidos en pugna elevaran los ojos hacia los supremos intereses de la patria. Eso es lo que nos toca hacer hoy. Entender a los contrarios, no negarles espacios y promover acuerdos que nos permitan transitar por nuevas sendas de bienestar y de progreso.

El sectarismo es un viejo vicio de la política colombiana y lo observa uno en todos los sectores, llámense de derecha, de centro o de izquierda. No hay que ignorar que la política es por su propia naturaleza escenario de opiniones e intereses encontrados que sólo pueden convivir si todos ellos comparten los acuerdos sobre lo fundamental que en el atardecer de su existencia proclamaba Álvaro Gómez Hurtado. Esos acuerdos son posibles en el seno de la democracia liberal, mas no en la comunista, que es totalitaria y liberticida por definición. Han sido, en cambio, muy fecundos con la socialdemocracia, como lo demuestra la experiencia europea después de la II Guerra Mundial. Remito  a los sesudos escritos de Sheri Berman que he citado en este blog en otras oportunidades (vid. [PDF] The Social Democratic Moment by Sheri Berman | 9780674442610, 9780674020849).

Nuestra democracia debe ofrecer espacios para todos, menos para los violentos que pretenden imponerse por medio de las armas y toda suerte de depredaciones. La paz sólo será posible si ellos se someten a la voluntad legítima del Estado. Sólo cuando éste monopoliza el uso de la fuerza en la sociedad puede hablarse de vigencia de la civilización política. Su insurgencia los ubica dentro de la categoría de "Civilization Killers" que ha sido objeto de importantes consideraciones por parte de Mgr. Charles Pope (vid. Civilization Killers – On the Decline of Three Basic Cultural Indicators and What it Means for America – La Linterna Azul).

Vuelvo sobre lo de la delgada corteza de nuestra civilización que ha sido tema de Marco Palacios. El gobierno venidero tendrá que ocuparse de fortalecer nuestra civilización política, no de erosionarla como viene haciéndolo el que nos desgobierna.

domingo, 7 de junio de 2026

¿Fronterizo del delito?

Es bien sabido que el que nos desgobierna militó en sus mocedades en un tenebroso movimiento criminal, el M-19, que lo pervirtió convirtiéndolo en delincuente juvenil. Pagó cárcel por algunas de sus actividades ilegales, pero no obstante ello pudo ser elegido por votación popular, contrariando lo dispuesto por el artículo 197 de la Constitución Política, porque alguien le hizo el favor de sustraer del expediente respectivo los folios del fallo que lo condenó. A primera vista, ahí se configuró una modalidad de falsedad documental que a nadie se le ocurrió investigar.

Como es proclive a pasearse por los bordes del Código Penal, anda haciendo malabares alrededor del texto del inciso primero de su artículo 422, que a la letra dice:


Lea más: https://leyes.co/codigo_penal/422.htm
"El servidor público que ejerza jurisdicción, autoridad civil o política, cargo de dirección administrativa, o se desempeñe en los órganos judicial, electoral, de control, que forme parte de comités, juntas o directorios políticos, o utilice su poder para favorecer o perjudicar electoralmente a un candidato, partido o movimiento político, incurrirá en multa y pérdida del empleo o cargo público."

Al tenor de la prohibición para el servidor público de utilizar su poder para perjudicar electoralmente a un candidato, partido o movimiento político, parece que la seguidilla de discursos vejatorios para Abelardo y la organización política que lo respalda que viene pronunciando en distintos lugares el que dice ser presidente de Colombia bordea descaradamente la susodicha prohibición.

Esos discursos vejatorios parecen configurar, además, sendos delitos de injuria y calumnia previstos en los artículos 221 y 222 también del Código Penal, pues no sólo arrojan ofensas contra el mencionado candidato, sino acusaciones concernientes a la comisión de gravísimos delitos.

Fuera de posibles violaciones del Código Penal, los iracundos y desaforados pronunciamientos públicos recientes del okupa de la Casa de Nariño ameritan que se los examine a la luz del régimen disciplinario de los servidores públicos, sobre lo cual resulta oportuno detenerse en las consideraciones que hizo la Procuraduría General de la Nación en documento que puede consultarse en directiva prohibiciones electorales.pdf.

Aquel funcionario parece ampararse en la impunidad que le otorga el control sobre la Comisión de Investigación y Acusación de la Cámara de Representantes, la que según denuncia de uno de sus miembros fue beneficiada con el otorgamiento de cupos contractuales por valor de varios miles de millones de pesos. La incuria de dicha Comisión para proceder en averiguaciones sobre el comportamiento del servidor público de marras ya viene siendo objeto de investigaciones por parte de la Corte Suprema de Justicia y la Procuraduría General de la Nación. 

No hay que olvidar que el fuero que favorece al servidor de marras tocará a su fin el próximo 7 agosto, cuando las investigaciones penales en contra suya pasarán a cargo de la Fiscalía General de la Nación. Quizá entonces se haga justicia en torno de quien ha venido actuando como si para él no hubiera ni Dios ni ley.

miércoles, 3 de junio de 2026

Firmes por la patria

El próximo 21 de junio se juega decisivamente el futuro de Colombia. En la segunda vuelta de la elección presidencial la ciudadanía decidirá si conservamos la democracia liberal o nos precipitamos hacia el cenagal del comunismo en que quieren hundirnos Cepeda y sus secuaces.

De Cepeda bien puede decirse que "aunque la mona se vista de seda, mona se queda". Se disfraza de progresista, de defensor de los derechos humanos, de adalid en la lucha por la ética pública, de promotor del bienestar del pueblo y otras lindezas, pero a nadie escapa que es un comunista mondo y lirondo, formado en la escuela más radical detrás de la ominosa Cortina de Hierro.

Lo hemos visto defendiendo los regímenes castro-chavistas que sólo miseria y destrucción de las libertades más elementales han producido en Cuba y Venezuela.

La constituyente que promueve no busca mejorar nuestro régimen político, económico y social, sino dotar al gobernante de poderes excesivos que le permitan promover sin cortapisas las tres revoluciones que anuncia su programa, pergeñadas para dar un vuelco total a nuestro ordenamiento jurídico y borrar de tajo nuestras tradiciones, como si fuera tan fácil en una sociedad lo de partir de cero con borrón y cuenta nueva.

Abelardo ha traído a colación las certeras palabras de Churchill cuando asumió el gobierno de Inglaterra en unos de los momentos más difíciles de su historia, ofreciendo tan sólo "sangre, sudor y lágrimas" e invocando la solidaridad colectiva para superar el trance crucial en que se hallaba.

Mutatis mutandis, así estamos hoy los colombianos, enfrentados a una amenaza comunista que ha logrado despistar a un nutrido grupo de compatriotas que se ha dejado seducir por la palabrería vana de unos demagogos malintencionados. Es mucha la solidaridad con que nos toca rodear a Abelardo y José Manuel para que puedan enderezar el rumbo hacia lo que sin falso entendimiento conciben como el milagro colombiano, similar al que han obrado para sus comunidades los exitosos tigres asiáticos.

En síntesis, no miremos hacia Corea del Norte, como lo hacen Petro y Cepeda, sino hacia Corea del Sur, como lo indican Abelardo y José Manuel.

Sobre cada ciudadano pesa hoy la responsabilidad de decidir con su voto la suerte futura de Colombia. Que Dios nos ilumine y proteja en este momento crucial.


miércoles, 27 de mayo de 2026

Voto por Abelardo y Juan Manuel

Aunque he pertenecido al Centro Democrático desde su fundación y conservo el apoyo a sus postulados, en esta oportunidad me abstendré de votar por sus candidatos oficiales porque si bien respeto la personalidad y las ejecutorias de Juan Daniel Oviedo no encuentro en él condiciones satisfactorias para ejercer la primera magistratura en caso de que faltare su titular. No comparto sus ideas y lo encuentro algo díscolo, como una rueda suelta en el engranaje de la alta dirección de la rama ejecutiva.

Hace algunos meses propuse a través de este medio que se considerara la posibilidad de incluir a José Manuel Restrepo en la lista de los presidenciables. Considero que fue un gran acierto de Abelardo de la Espriella el invitarlo a hacer parte de su fórmula electoral. Creo que ambos ofrecen promisorias perspectivas para enderezar el rumbo del país que anda al garete bajo el desgobierno del charlatán irresponsable que despacha desde la Casa de Nariño.

Leo en El Colombiano de hoy que varios excandidatos que se notan resentidos disparan contra la dupla Abelardo-José Manuel acusándolos de extremistas y poniéndolos al mismo nivel del comunista Cepeda, pero en el frente opuesto.

No cabe duda de que Cepeda es extremista. Su proyecto radica en provocar tres revoluciones que nos llevarían al caos reinante en Cuba y en Venezuela. Eso no es progresismo, que significa mejoramiento de las condiciones sociales en totos los órdenes, sino destrucción de lo que Marco Palacios denominó alguna vez como "la delgada corteza de nuestra civilización". La continuidad del actual gobierno comunista sólo acarrearía males sin cuento para nuestra infortunada Colombia.

Como suelen decirlo los polemistas franceses, "seamos serios". Expliquen las casandras de ocasión en qué consiste el extremismo de Abelardo y Juan Manuel.

¿Restablecer el imperio de la ley y vigorizar la fuerza pública para devolverles a nuestros compatriotas la seguridad que se logró durante el gobierno de Uribe Vélez es extremismo o simple buen sentido? Ese imperio de la ley que proponen no sólo versa sobre la acción de las bandas criminales que asuelan el territorio patrio, sino también sobre las autoridades encargadas de preservar el ordenamiento jurídico. Ni Abelardo ni José Manuel proponen que se combata el crimen con medios también criminales. La fórmula es simple y la aprenden los estudiantes de Derecho desde su primer semestre en la universidad: la ley debe aplicarse con todo rigor, aun mediante el uso de la fuerza legítima cuyo monopolio ostenta el Estado. En eso consisten su heteronomía y su coercibilidad. Sólo por una perversión ideológica impuesta por los enemigos del orden constitucional ha hecho carrera la idea de que cuando la autoridad no logra reducir a los facciosos entonces debe claudicar ante sus exigencias y garantizarles impunidad por sus crímenes atroces.

¿Reducir el enorme tamaño del Estado y adoptar un régimen tributario que no oprima a los emprendedores que generan riqueza colectiva y garantizan empleo digno para los trabajadores es extremismo? Sí lo es la propuesta de Cepeda de redistribuir la riqueza para así multiplicar la pobreza e incluso la miseria, como ha ocurrido en los regímenes comunistas. El proyecto de Abelardo y José Manuel no va en desmedro de las legítimas aspiraciones de los trabajadores y los menesterosos, que deben atenderse al tenor de la opción preferencial por los pobres que proclama la Doctrina Social de la Iglesia. Lo que estipula es que se las atienda racionalmente, de acuerdo con las posibilidades comunitarias.

La negativa de Abelardo a hacer componendas con "los de siempre" puede ser susceptible de críticas por su falta de realismo político, como le ha sucedido a Fajardo, pero no es muestra de extremismo, dado que no significa que se persiga a nadie, sino que no se vuelva a la práctica de parcelar el Estado a través de negociaciones que suelen desembocar en corrupción. La acción estatal debe racionalizarse y el punto de partida es convocar el auxilio de los mejores, sobre todo cuando se trata de la reconstrucción del país. La convocatoria de José Manuel representa un magnífico ejemplo de lo que se busca en estos momentos en que se requiere erradicar la apestosa oclocracia que se ha incrustado en los altos niveles de la organización política.

Bienvenido sea el extremismo si por tal se considera la idea de enaltecer la vida pública con el realce de los valores cristianos que constituyen el fundamento de nuestra civilización. Si la Carta Fundamental que nos rige se expidió invocando la protección de Dios, reconocer su presencia en la acción gubernamental es apenas pertinente. No se trata de volver a la intolerancia religiosa ni de imponer por la fuerza un sistema de creencias, sino de promover la política del espíritu que mencioné hace poco en uno de mis escritos. Si los escépticos, incrédulos o indiferentes reclaman sus espacios en ejercicio de la libertad de conciencia y las que de ella emanan, también nosotros los creyentes tenemos derecho a que en la esfera pública se nos respete y permita hacer valer nuestras voces en pro del mejoramiento espiritual de las comunidades. A la hora de la verdad, el verdadero progreso de la humanidad consiste en la promoción de su trascendencia espiritual, que es la que nos hace mejores y a ello no puede ser ajeno el Estado cuya finalidad primordial es la promoción del bien común. No son compatibles con ella los perniciosos ejemplos de degradación con que a diario nos ofende el que nos desgobierna.

Con Abelardo y Juan Manuel rescataremos la dignidad del buen gobierno de la república.

viernes, 22 de mayo de 2026

Pan para hoy, hambre para mañana

Los electores que se aprestan a votar por el candidato comunista en las próximas elecciones, seducidos por sus promesas e instigados por sus resentimientos, deben pensarlo dos veces, pues ya hay prueba plena de que la suya es una ideología no sólo ya desueta, sino condenada al fracaso.

Basta con que observen lo que ha acontecido en Cuba, Nicaragua, Bolivia y Venezuela para darse cuenta de los destrozos y abusos de todo orden que producen esos regímenes so pretexto de la revolución que anuncian como panacea para resolver los problemas sociales.

El candidato comunista habla de tres revoluciones: ética, política y social.

Hay que preguntar ante todo en qué podría consistir una revolución ética promovida por un materialista ateo y enemigo de la religión, que aspira a eliminarla de la vida comunitaria. Sus mentores proclaman que es ético todo lo que sea útil para el triunfo de la causa revolucionaria. No hay la idea de una normatividad superior, sino la de un extremo pragmatismo, el de la combinación de todas las formas de lucha. Todas las libertades que ha logrado la civilización liberal, empezando por las religiosas y las de pensamiento, quedan en salmuera frente a las consignas que promueven la transformación radical del individuo humano en una ficha del sistema totalitario. Las garantías del derecho penal liberal desaparecen debido a las exigencias de la revolución. Toda actitud sospechosa suscita reacciones letales para quienes no se adapten a la disciplina que pretenden imponer los gobernantes. Este escrito. por ejemplo, daría lugar a que me persiguieran e incluso me llevaran a prisión, cuando no a la desaparición forzada.

Su irreligión se centra ante todo en el anticristianismo Para debilitar la religión dominante los comunistas latinoamericanos realzan los llamados cultos ancestrales, como la santería cubana, el vudú haitiano y las creencias indígenas, no pocas veces contaminadas de hechicería. Un pastor protestante alertó hace poco sobre los rituales de brujería que se han celebrado en el Cauca en torno de la candidata a la vicepresidencia que acompaña al comunista Cepeda. ¿Está consagrado el que nos desgobierna a Changó como lo denuncia el Centro Cultural Cruzada?

La revolución política se propone, según se dice, empoderar al pueblo y eliminar la influencia de los dirigentes a quienes se denuncia como opresores y explotadores. El concepto de democracia que la inspira es la que llamo tumultuaria, como la que profesaron los jacobinos que sembraron el terror en la Revolución Francesa. Pero, según el dogma leninista, la masa debe guiarse por el partido único que es el llamado a interpretar el momento histórico y sus virtualidades. El movimiento constituyente, tal como se lo anuncia, no estaría animado por la reflexión serena acerca de las necesidades del país, sino por las consignas alocadas de sus promotores.

En cuanto a la revolución social, su propósito radica en la eliminación de las clases sociales para así instaurar una clase única en la que reine una igualdad total. Como según el dogma que la inspira el origen de las clases sociales radica en la propiedad privada, la tarea prioritaria consiste en destruirla. De ese modo, se lograría el propósito que no oculta el candidato comunista de distribuir la riqueza y llevarnos a todos a situaciones de pobreza en las que carezcamos de lo que él considera superfluo para la vida. Su discurso es explicito y nadie puede llamarse a engaño acerca de sus alcances. Todo el que mejore sus condiciones existenciales porque es más trabajador, más creativo, más previsor o más responsable con los suyos se considera un antisocial al que hay que despojar para obligarlo a que comparta con los demás y le entregue al Estado el fruto de sus esfuerzos. Todo trabajo asalariado se estima como explotación del hombre por el hombre.

Pero esta revolución social esconde una tremenda mentira, pues la sedicente búsqueda de la igualdad suscita nuevas desigualdades más odiosas que las que se trata de eliminar. Son las que se dan con la aparición de la "Nueva Clase" de que hablaba Milovan Djilas en un texto célebre, o sea la odiosa "Nomenklatura" que se impuso en el sistema soviético con sus reprobables abusos y su fétida corrupción. Los ejemplos de Cuba y Venezuela son elocuentes al respecto.

Lo que se va a decidir el 31 de este mes versa sobre la continuidad de una democracia liberal defectuosa como los son todas o la instauración de un régimen comunista totalitario, liberticida y promotor de la miseria colectiva.

viernes, 15 de mayo de 2026

Fuego amigo

El oscuro senador Cepeda, al igual que el irresponsable que nos desgobierna, es un comunista solapado que trata de disimular su verdadera identidad política presentándose como apóstol de la paz, cuando su ideología pregona la lucha de clases y la legitimidad de la violencia para acelerar los cambios sociales. Si llegare a triunfar en las próximas elecciones presidenciales, Colombia se vería abocada a la continuidad de un proceso revolucionario tendiente a arrojarla al precipicio que hoy padecen cubanos, nicaragüenses y venezolanos, o quizás a algo peor.

La disyuntiva que enfrentamos en esta campaña electoral no enfrenta propiamente a uribistas contra petristas, ni a derechistas, centristas e izquierdistas, sino a la democracia liberal versus el totalitarismo liberticida de los comunistas.

Las diferencias entre abelardistas y palomistas no son insalvables y podrían solventarse con un poco de buena voluntad. Si alguna de las dos tendencias pasare a segunda vuelta para enfrentar a Cepeda, la unión de ambas sería indispensable para salvarnos del comunismo.

Es imperativo entonces que se tiendan puentes entre Abelardo y Paloma, pues así lo exige la supervivencia de nuestra institucionalidad democrática. Ninguno de ellos representa un peligro para Colombia que pueda compararse con la amenaza letal que entraña el comunista o criptocomunista Cepeda.

Por supuesto que el estado en que nos viene dejando el desgobierno actual es calamitoso a más no poder. El que gane la primera magistratura tendrá que convocar a los colombianos a la unidad para  sobrellevar los sacrificios conducentes a la reconstrucción del país, que de seguro será ingente tarea de varios años.

Sea Abelardo o sea Paloma quien le gane a Cepeda, no podrá ignorar los reclamos populares que le han dado impulso al comunismo petrocepedista. Hay todo un programa social razonable pero decidido para que la masa popular recupere la fe en nuestra institucionalidad democrática. Se hace menester entenderse con los sindicatos, con las organizaciones populares, con los campesinos, con la juventud, con las madres cabeza de familia, con los trabajadores informales, con quienes pasan hambre, etc. porque sus voces deben contar para enderezar el rumbo del país.

En lugar de arrojarse dardos envenenados, les toca, en bien de Colombia, delimitar un terreno común en el que sean posibles los acuerdos. Conviene recordar al general Benjamín Herrera cuando en un momento crucial para nuestro destino proclamó la divisa de "la patria por encima de los partidos". Si por obra de la división irracional entre abelardistas y palomistas llegare a triunfar Cepeda, sobre unos y otros tendría que recaer un anatema insalvable.

jueves, 7 de mayo de 2026

La Violencia en Colombia

Tanto el que nos desgobierna como quien aspira ser su heredero en el cargo que de modo espurio e indigno ocupa insisten en que nuestro país ha sido dominado por una oligarquía asesina cuyos desmanes han causado centenares de miles de víctimas, bien sea por la violencia oficial o por la de esbirros suyos.

Como decía el exprocurador Ordóñez, ellos lloran por un solo ojo. Si bien es cierto que a las autoridades y a grupos por lo menos tolerados por ellas pueden atribuírseles muchísimos crímenes, de los que dan cuenta varias investigaciones que se han realizado en procura de mostrar la verdad de la tragedia que a lo largo de muchos años ha enlutado nuestro acontecer, los mencionados personajes son más que reticentes para referirse a la responsabilidad de los comunistas y sus compañeros de ruta por los sufrimientos que nuestro pueblo ha padecido por lo menos durante las ocho últimas décadas.

Es claro que la llamada Violencia que se desató desde la segunda mitad de la década de los años cuarenta del siglo pasado y se hizo más cruel en los comienzos de la década del cincuenta tuvo su origen en los conflictos entre los dos partidos históricos. Como me dijo un destacado dirigente liberal que conoció de cerca los acontecimientos de esos años aciagos, con la llegada de Mariano Ospina Pérez a la presidencia los conservadores pensaron que lo habían ganado todo y los liberales creyeron que no habían perdido nada. Pese a que Ospina, que era ecuánime y sereno, intentó llevar a cabo un gobierno de unidad nacional en el que colaboraran conservadores y liberales, la pugnacidad entre unos y otros lo desbordó, por lo que cuando su período tocaba a su fin convocó a los entonces candidatos de los partidos históricos para proponerles que, en vista del agudo conflicto que había y la  enorme dificultad para celebrar elecciones pacíficas, asumiera el poder una junta integrada por un conservador, un liberal y un militar que pacificara el país y pudiera garantizar luego un proceso electoral que a todos satisficiera. El candidato liberal, Darío Echandía, delegó su representación en Alfonso López Pumarejo, quien rechazó de plano esa iniciativa que le habría ahorrado al país sufrimientos sin cuento, alegando que su partido no aceptaba sacrificar sus mayorías. Me decía el dirigente en mención que López, con la habilidad de los dirigentes del partido para hacerse aplaudir sus errores, fue vitoreado por la junta de parlamentarios, ante la cual sólo se alzó una voz que pedía que se aceptara la tabla de salvación que ofrecía el presidente Ospina. 

Leí en mi adolescencia un libro bastante ignorado de Eduardo Caballero Calderón, "Cuestiones Colombianas", en el que relataba su experiencia como Registrador Nacional del Estado Civil por ese entonces, cargo al que hubo de renunciar, según dijo, porque no quería patrocinar la sangrienta farsa en que se convertirían las elecciones de 1949.

Esa violencia interpartidista se moderó con la llegada al poder del general Rojas Pinilla, que prometió "Paz, Justicia y Libertad", así como el cese de todas las depredaciones que se venían sufriendo. El "Golpe de Opinión" que según Echandía lo llevó a la presidencia tuvo efectos muy positivos para la pacificación del país. Recuerdo el despliegue fotográfico con que la revista Life registró el evento de la entrega de armas de una fila enorme de guerrilleros de los llanos al general Duarte Blum.

Pero al lado de las guerrillas liberales que aceptaron el programa de Rojas y las que después se acogieron al plan de rehabilitación que puso en marcha el gobierno de Lleras Camargo bajo la gerencia de José Gómez Pinzón, había unas guerrillas comunistas que perseveraban en la lucha armada. Cuenta el general Valencia Tovar en sus memorias que le tocó actuar en Tolima para poner en práctica ese programa. Los guerrilleros liberales manifestaron su disposición para desarmarse, pero le advirtieron que los comunistas no estaban dispuestos a entregarse. Dentro de sus dirigentes estaba el después conocido como Tirofijo, tristemente célebre por las atrocidades que cometió. 

Esas guerrillas comunistas fueron el germen de las Farc. La Revolución Cubana les dio ánimo. Cuba fue después la promotora del ELN y auxiliadora del M-19. A raíz del conflicto entre la URSS y China, ésta patrocinó más tarde al EPL.

El comunismo no fue ajeno al conflicto entre liberales y conservadores. Todo lo contrario. Hay múltiples indicios que vinculan al comunismo internacional con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948. Es creíble que lo sucedido en ese día aciago fue un "putsch" orquestado por los comunistas para sabotear la Conferencia Interamericana que se estaba celebrando y derrocar al presidente Ospina Pérez. Es lo cierto que esos hechos asustaron al conservatismo, llevándolo a impedir que el liberalismo volviera al poder en 1950, tal como se lo confesó Jorge Leyva a Alberto Jaramillo Sánchez cuando viajó a Miami a proponerle la unión de los partidos para superar la dictadura de Rojas. Así me lo contó la viuda de Jaramillo.

El Frente Nacional aclimató la convivencia pacífica entre liberales y conservadores, pero los comunistas no entendieron o no quisieron aceptar ese programa bienhechor para la suerte de la patria. Su sectarismo y la idea de que con Cuba la revolución estaba a la vuelta de la esquina los llevó a considerar que dentro de las diferentes formas de lucha se justificaba la rebelión armada contra la institucionalidad colombiana. Como lo dijo alguien de no muy grata recordación, encontraban moralmente admisible matar para que otros supuestamente vivieran mejor. 

El Centro de Memoria Histórica, bajo la dirección de Darío Acevedo, realizó una acuciosa investigación sobre los crímenes de las Farc y el ELN que el desgobierno actual censuró pero está disponible en las redes sociales. Los crímenes del M-19 aparecen registrados en las Memorias del Conflicto y la denuncia que ante la justicia internacional presentó el abogado Segio Alzate (vid. El informe final sí habla de los crímenes cometidos por el M-19 | ColombiaCheck y Presentan denuncia penal internacional contra Gustavo Petro por crímenes de lesa humanidad - El País). Para no entrar en detalles, la bienaventuranza para el pueblo que ofrecía la lucha armada de los comunistas desembocó en un aterrador infierno del que no quieren ofrecer explicación alguna el comunista que nos desgobierna ni el que aspira a sucederlo.

Hay un libro póstumo de Abelardo Forero Benavides que tengo en mi lista de lecturas. Su título es revelador: "Colombia, un drama". "La Violencia en Colombia", que se publicó hace varias décadas, representa el prólogo de lo que ha seguido con posterioridad al atroz conflicto entre los partidos históricos. La violencia comunista dio pábulo a más violencia oficial y a la de autodefensas, que combinada con la de los cárteles de la droga y ahora con los explotadores de la minería ilegal, ha contribuido a ensangrentar más el suelo colombiano. Los comunistas no son inocentes  respecto de nuestras tragedias. Mejor les valdría llorar por el otro ojo.

Colombia necesita la pacificación de los espíritus. Pero el gran acuerdo nacional de que ahora se habla supone el reconocimiento de todas las culpas y la admisión de todas las responsabilidades. Ese es un paso espiritual indispensable para que reine la paz.