jueves, 7 de mayo de 2026

La Violencia en Colombia

Tanto el que nos desgobierna como quien aspira ser su heredero en el cargo que de modo espurio e indigno ocupa insisten en que nuestro país ha sido dominado por una oligarquía asesina cuyos desmanes han causado centenares de miles de víctimas, bien sea por la violencia oficial o por la de esbirros suyos.

Como decía el exprocurador Ordóñez, ellos lloran por un solo ojo. Si bien es cierto que a las autoridades y a grupos por lo menos tolerados por ellas pueden atribuírseles muchísimos crímenes, de los que dan cuenta varias investigaciones que se han realizado en procura de mostrar la verdad de la tragedia que a lo largo de muchos años ha enlutado nuestro acontecer, los mencionados personajes son más que reticentes para referirse a la responsabilidad de los comunistas y sus compañeros de ruta por los sufrimientos que nuestro pueblo ha padecido por lo menos durante las ocho últimas décadas.

Es claro que la llamada Violencia que se desató desde la segunda mitad de la década de los años cuarenta del siglo pasado y se hizo más cruel en los comienzos de la década del cincuenta tuvo su origen en los conflictos entre los dos partidos históricos. Como me dijo un destacado dirigente liberal que conoció de cerca los acontecimientos de esos años aciagos, con la llegada de Mariano Ospina Pérez a la presidencia los conservadores pensaron que lo habían ganado todo y los liberales creyeron que no habían perdido nada. Pese a que Ospina, que era ecuánime y sereno, intentó llevar a cabo un gobierno de unidad nacional en el que colaboraran conservadores y liberales, la pugnacidad entre unos y otros lo desbordó, por lo que cuando su período tocaba a su fin convocó a los entonces candidatos de los partidos históricos para proponerles que, en vista del agudo conflicto que había y la  enorme dificultad para celebrar elecciones pacíficas, asumiera el poder una junta integrada por un conservador, un liberal y un militar que pacificara el país y pudiera garantizar luego un proceso electoral que a todos satisficiera. El candidato liberal, Darío Echandía, delegó su representación en Alfonso López Pumarejo, quien rechazó de plano esa iniciativa que le habría ahorrado al país sufrimientos sin cuento, alegando que su partido no aceptaba sacrificar sus mayorías. Me decía el dirigente en mención que López, con la habilidad de los dirigentes del partido para hacerse aplaudir sus errores, fue vitoreado por la junta de parlamentarios, ante la cual sólo se alzó una voz que pedía que se aceptara la tabla de salvación que ofrecía el presidente Ospina. 

Leí en mi adolescencia un libro bastante ignorado de Eduardo Caballero Calderón, "Cuestiones Colombianas", en el que relataba su experiencia como Registrador Nacional del Estado Civil por ese entonces, cargo al que hubo de renunciar, según dijo, porque no quería patrocinar la sangrienta farsa en que se convertirían las elecciones de 1949.

Esa violencia interpartidista se moderó con la llegada al poder del general Rojas Pinilla, que prometió "Paz, Justicia y Libertad", así como el cese de todas las depredaciones que se venían sufriendo. El "Golpe de Opinión" que según Echandía lo llevó a la presidencia tuvo efectos muy positivos para la pacificación del país. Recuerdo el despliegue fotográfico con que la revista Life registró el evento de la entrega de armas de una fila enorme de guerrilleros de los llanos al general Duarte Blum.

Pero al lado de las guerrillas liberales que aceptaron el programa de Rojas y las que después se acogieron al plan de rehabilitación que puso en marcha el gobierno de Lleras Camargo bajo la gerencia de José Gómez Pinzón, había unas guerrillas comunistas que perseveraban en la lucha armada. Cuenta el general Valencia Tovar en sus memorias que le tocó actuar en Tolima para poner en práctica ese programa. Los guerrilleros liberales manifestaron su disposición para desarmarse, pero le advirtieron que los comunistas no estaban dispuestos a entregarse. Dentro de sus dirigentes estaba el después conocido como Tirofijo, tristemente célebre por las atrocidades que cometió. 

Esas guerrillas comunistas fueron el germen de las Farc. La Revolución Cubana les dio ánimo. Cuba fue después la promotora del ELN y auxiliadora del M-19. A raíz del conflicto entre la URSS y China, ésta patrocinó más tarde al EPL.

El comunismo no fue ajeno al conflicto entre liberales y conservadores. Todo lo contrario. Hay múltiples indicios que vinculan al comunismo internacional con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948. Es creíble que lo sucedido en ese día aciago fue un "putsch" orquestado por los comunistas para sabotear la Conferencia Interamericana que se estaba celebrando y derrocar al presidente Ospina Pérez. Es lo cierto que esos hechos asustaron al conservatismo, llevándolo a impedir que el liberalismo volviera al poder en 1950, tal como se lo confesó Jorge Leyva a Alberto Jaramillo Sánchez cuando viajó a Miami a proponerle la unión de los partidos para superar la dictadura de Rojas. Así me lo contó la viuda de Jaramillo.

El Frente Nacional aclimató la convivencia pacífica entre liberales y conservadores, pero los comunistas no entendieron o no quisieron aceptar ese programa bienhechor para la suerte de la patria. Su sectarismo y la idea de que con Cuba la revolución estaba a la vuelta de la esquina los llevó a considerar que dentro de las diferentes formas de lucha se justificaba la rebelión armada contra la institucionalidad colombiana. Como lo dijo alguien de no muy grata recordación, encontraban moralmente admisible matar para que otros supuestamente vivieran mejor. 

El Centro de Memoria Histórica, bajo la dirección de Darío Acevedo, realizó una acuciosa investigación sobre los crímenes de las Farc y el ELN que el desgobierno actual censuró pero está disponible en las redes sociales. Los crímenes del M-19 aparecen registrados en las Memorias del Conflicto y la denuncia que ante la justicia internacional presentó el abogado Segio Alzate (vid. El informe final sí habla de los crímenes cometidos por el M-19 | ColombiaCheck y Presentan denuncia penal internacional contra Gustavo Petro por crímenes de lesa humanidad - El País). Para no entrar en detalles, la bienaventuranza para el pueblo que ofrecía la lucha armada de los comunistas desembocó en un aterrador infierno del que no quieren ofrecer explicación alguna el comunista que nos desgobierna ni el que aspira a sucederlo.

Hay un libro póstumo de Abelardo Forero Benavides que tengo en mi lista de lecturas. Su título es revelador: "Colombia, un drama". "La Violencia en Colombia", que se publicó hace varias décadas, representa el prólogo de lo que ha seguido con posterioridad al atroz conflicto entre los partidos históricos. La violencia comunista dio pábulo a más violencia oficial y a la de autodefensas, que combinada con la de los cárteles de la droga y ahora con los explotadores de la minería ilegal, ha contribuido a ensangrentar más el suelo colombiano. Los comunistas no son inocentes  respecto de nuestras tragedias. Mejor les valdría llorar por el otro ojo.

Colombia necesita la pacificación de los espíritus. Pero el gran acuerdo nacional de que ahora se habla supone el reconocimiento de todas las culpas y la admisión de todas las responsabilidades. Ese es un paso espiritual indispensable para que reine la paz.

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