Nuestro recordado profesor Miguel Moreno Jaramillo nos hablaba en su cátedra de Introducción a la Ciencia del Derecho acerca de las leyes imaginarias, las que se cree que están en vigencia, pero sólo habitan en el imaginario colectivo.
Tal sucede con la idea de que nuestra Constitución Política, al consagrar la libertad de cultos y la igualdad de todas las confesiones religiosas e iglesias (art. 19), impuso un laicismo radical que excluye del debate público toda argumentación de índole religiosa.
Olvidan los que así piensan que la propia Constitución se expidió invocando en su preámbulo la protección de Dios, al tiempo que le exige al presidente al tomar posesión de su cargo que jure ante Dios cumplir on los deberes inherentes al mismo. El mismo ordenamiento protege las riquezas culturales de la Nación (art. 8) y declara que el patrimonio cultural de la Nación que está bajo la protección del Estado (art. 72), lo que incluye, desde luego, las creencias religiosas que contribuyen a configurar la identidad nacional.
No es cierto entonces que el carácter laico que se desprende del texto del artículo 19 en cita deje de lado toda consideración religiosa en lo atinente al contenido de los derechos fundamentales.
El Colombiano, que ha dejado de ser un periódico conservador y exhibe a menudeo tintes abortistas, censuró hace poco la decisión del gobierno actual de adherir al grupo de países que niegan que haya un derecho internacional al aborto ni obligación de los Estados para aceptarlo, facilitarlo e incluso financiarlo. La queja del editorialista se funda precisamente en una concepción radical del principio del Estado laico que no encuentra asidero en nuestro ordenamiento constitucional. Invoca, pues, una ley imaginaria.
La exclusión de la Ley de Dios del Derecho positivo y la aceptación del aborto son cuestiones disputadas sobre las que no median consensos definitivos.
Es cierto que en el pensamiento jurídico obra con insistencia la mentalidad positivista que considera como referente supremo del derecho la voluntad general que emana de la soberanía popular. Pero esta tendencia ignora que la idea de que el pueblo es soberano tiene origen en las especulaciones que acerca del poder en la sociedad forjaron los teólogos católicos, quienes postularon que ese poder viene de Dios, quien lo adjudica a la comunidad y ésta, a su vez, lo concierta con el gobernante, que se obliga a gobernarla justamente.
El profesor Harold J. Berman, en su excelente libro titulado "La Formación de la Tradición Jurídica de Occidente", observa que dicha tradición hunde sus raíces en el Derecho Canónico, deudor a su vez del Derecho Romano, la Sagrada Biblia y el gran pensamiento griego (la trinidad de Sócrates, Platón y Aristóteles, ante todo, pero también los estoicos).
Las ideas sobre la dignidad de la persona humana, la igualdad esencial de todos los seres humanos, la compasión para con los menesterosos, el bien común y la justicia como fines fundamentales de la autoridad política, la búsqueda de la paz en las redes colectivas e incluso las ideas de libertad individual, todas ellas están impregnadas de coloración religiosa y específicamente cristiana. Así lo enseñaba el célebre Lord Acton en sus escritos acerca de la libertad.
No podemos entender nuestra civilización prescindiendo de sus raíces religiosas. Ya sabemos cuáles son los efectos de su negación en los totalitarismos nazi y comunista. Hay otro totalitarismo in nuce, el Woke, contra el que acaba de advertirnos y pronunciarse el presidente De La Espriella, que pretende erradicar todos los fundamentos morales de nuestra civilización bajo la consigna de la divinización del ser humano, a cuyo tenor el deseo se erige como suprema instancia del ordenamiento colectivo.
El aborto no es un procedimiento inocuo. Los que lo promueven no se fijan en el modo atroz cómo se lo lleva a cabo, ni en el daño físico y anímico que causa en la mujer, ni en sus muy perjudiciales consecuencias colectivas. Raymond Aron, al que he considerado como unos de mis maîtres à penser, dijo en un reportaje para L'Express poco antes de su muerte: "Nuestra civilización avanza hacia su destrucción: ya quiere aceptar el aborto". No era creyente y su mentalidad se inscribía dentro del liberalismo más riguroso, pero, como él mismo se describía, era un espectador comprometido (vid.Le Spectateur engage - Raymond Aron.pdf).
La crisis demográfica que padece hoy Europa occidental y nos ha contagiado aquí es una consecuencia desastrosa de la Revolución Sexual que se inició en la década de 1960. Uno de sus promotores entre nosotros ha sido el abyecto zarandajo que nos desgobernó en el más reciente cuatrienio. Su comportamiento disoluto erigió la perversión sexual como ejemplo a seguir para nuestra juventud.
Leí hace años en "The Origins of Pagan and Christian Beliefs", de Edward Carpenter, que el triunfo del cristianismo en el imperio romano fue obra de una auténtica revolución moral a la que no le eran ajenas las creencias judías sobre la moderación de las costumbres, que se oponían al libertinaje imperante en la sociedad antigua, muy parecido al que ejerce el móndrigo que dice actuar como supremo líder de la oposición entre nosotros. Lo que ahora se predica como progresismo en lo que a derechos concierne no es, pues, otra cosa que un destructivo retroceso hacia oscuras etapas del acontecer histórico.