El siniestro senador Cepeda, junto con ciertos despistados que dicen ubicar en el centro del espectro político, anda con el cuento de que sus principales contendores son dizque de extrema derecha, mientras que él encarna un proyecto progresista que busca realizar la justicia social y mejorar las condiciones de vida del pueblo colombiano.
Lo que oculta a la ciudadanía es la índole profunda de su ideario. No se somete a debates, salvo que se arreglen a sus exigencias, porque sabe que en ellos tendrá que admitir que es comunista de raca mandaca, que sus modelos de país se inspiran en el castro-chavismo, que por lo menos ha sido compañero de ruta de las Farc y el ELN, promueve la lucha de clases y es enemigo acérrimo de todo lo que se identifique con la libertad económica. Su activismo en pro de los derechos humanos se centra en los de los subversivos que rechazan el ordenamiento liberal, mas no en la defensa de las víctimas de sus desafueros. La revolución que promueve busca implantar un régimen totalitario y liberticida.
Insisto en que el debate político en estos tiempos que corren entre nosotros se da, en rigor, entre partidarios de la democracia liberal y partidarios de la democracia totalitaria. Los primeros no son asimilables al fascismo, como descaradamente los acusan los segundos dentro de su tónica de engañar al electorado para que caiga en la trampa de sus falacias.
El fascismo y el nazismo que hoy pretenden revivir para crear enemigos ilusorios pertenecen al pasado. Murieron con la Segunda Guerra Mundial y corresponden a un momento histórico ya perimido. Y, al contrario de lo que proclaman los comunistas, tienen con éstos no pocas afinidades ideológicas. Sus fuentes conceptuales son prácticamente iguales. En una publicación reciente, Axel Kaiser se ha ocupado de demostrar el parentesco cercano que media entre todas estas tendencias (vid. Axel Kaiser: "El marxismo, el leninismo y el nazi-fascismo son en esencia lo mismo" - Infobae).
En varias ocasiones he traído a colación lo que escribió alguna vez Raymond Aron acerca de que el liberalismo es el denominador común de la civilización política que comparten la derecha no extremista y la izquierda no totalitaria. En la democracia liberal caben diversas tendencias que comparten el respeto por la dignidad de la persona humana y los derechos fundamentales que la protegen, así como el valor del diálogo para la solución de las diferencias que necesariamente se dan en la vida de relación. Pero este diálogo supone, como lo señalan distinguidos estudiosos del mundo político, lo que Álvaro Gómez Hurtado destacaba como el consenso sobre lo fundamental.
Dicho consenso es imposible entre los partidarios de la democracia liberal y los de la totalitaria, que en la actualidad están representados por los comunistas. Por eso he sostenido en otras ocasiones que el apoyo de liberales y conservadores a candidatos comunistas es algo contradictorio en sí mismo, un oxímoron. Los que así piensan cavan la fosa en que habrán de sepultarlos.
La salvaguarda del consenso sobre lo fundamental reside en que se instituya el monopolio del Estado sobre la violencia legítima, tal como lo postularon Max Weber o Hans Kelsen, por citar tan sólo a dos eminentes pensadores acerca de lo político. Los comunistas adoran su propia violencia y rechazan radicalmente la titularidad para ejercerla que invoca el Estado liberal, porque la consideran motivada en los intereses de las clases dominantes. Promueven una ideología asesina de la que dan cuenta cabal "El Libro Negro del Comunismo" y "Crímenes de Guerra Farc y ELN", este último de Darío Acebedo, que sufrió entre nosotros la censura oficial y circula a través de las redes sociales. Consideran que la acción estatal llamada a reprimir los desafueros que se cometen en nombre de la Revolución es del todo inaceptable. Por eso odian al expresidente Uribe Vélez y su seguridad democrática, que arrinconó a los subversivos para defender a las comunidades azotadas por sus depredaciones.
Lo que ha dado a conocer ante el público al siniestro senador es la saña con que se ha dedicado a perseguir al expresidente, mediante actuaciones sospechosas en torno de testigos e incluso de actores judiciales. Si bajo el desgobierno actual ya se ha insinuado una policía política que evoca los procedimientos de las democracias populares de los satélites de la URSS, a través de la DNI, la oscura influencia del candidato comunista sobre algunos integrantes de la rama jurisdiccional hace pensar en los famosos procesos de Moscú en 1936 o los de los países satélites después de la Segunda Guerra Mundial, por no mencionar los de la Cuba castrista o los más recientes de la dictadura venezolana.
Tanto el que hoy nos desgobierna como quien aspira a sucederlo como su heredero promueven una constituyente llamada a suprimir la Constitución Política de 1991, que a pesar de sus defectos de origen y contenido mal que bien nos ha regulado a lo largo de cerca de 35 años con ideas más cercanas a la socialdemocracia que al conservadurismo. Los candidatos de las mal llamada derecha o centroderecha no aspiran a implantar un neoliberalismo radical ni eliminar los beneficios de que hoy gozan las clases menos favorecidas, como mentirosamente los acusa ese senador. Buscan la justicia social por medios más racionales e idóneos que los que propone el candidato comunista, al que conviene repetirle lo que Giscard D'Estaing en su momento le reclamó a su contendor Mitterrand: "Ustedes no tienen el monopolio de la justicia".
Tanto los socialistas como los comunistas se ufanan de poseer cierta jerarquía moral sobre sus contendores, pero es asunto del todo abierto a discusión. El candidato comunista en su discurso habla sobre la necesidad de una revolución ética, pero está por demostrarse si los regímenes en que se inspira resplandecen por la eminencia de sus virtudes. A ojo de buen cubero, puede uno afirmar que en ellos se ha manifestado lo peor de la condición humana. Lo de la alianza por la vida que proclama su campaña no deja de ser algo digno de los más hirientes sarcasmos.
En síntesis, si hay algún extremo en el debate político actual del que deba cuidarse la ciudadanía es el que encarna el candidato comunista. Ojo con eso.