Hay que felicitar a Luis Alfredo Ramos Botero por la publicación de su libro que lleva este título, que enaltece el catálogo de Alvear Editor. Es una obra bien documentada y escrita en prosa ágil y cuidada que permite leerla diríase que de corrido. Se ve que es resultado de años de estudio de la admirable vida del Libertador de cinco repúblicas, pues tal como lo afirma su autor para escribirla se basó ante todo en una colección de por lo menos 100 libros que atesora en su biblioteca.
Como lo deploró Bolívar en vísperas de su muerte, sus enemigos pretendieron arrebatarle su gloria, que fue el leitmotiv de sus denodados esfuerzos por lograr la independencia de la América española, ánimo que anidó en él a partir del ejemplo de Napoleón y de la exhortación que le hizo Humboldt para acometer tan procelosa hazaña. Ello lo indujo a proferir el célebre juramento del monte Aventino y a fe que no dio descanso a su brazo hasta lograr su cometido.
Aunque murió en medio de la más amarga de las decepciones, su gloria no sufrió mengua y, por el contrario, como lo anunció José Domingo Choquehuanca en su célebre discurso de homenaje al Libertador, su gloria ha crecido "como crecen las sombras cuando el sol declina". De ello da testimonio la multitud de monumentos erigidos en su honor prácticamente en todos los pueblos de Colombia, varios de los cuales y además un departamento llevan su nombre.
No cabe duda de que Bolívar fue un hombre de egregia estatura. Sus eminentes cualidades lo ubican muy por encima de todos los personajes que han gozado de significación en nuestra América y, por algunos aspectos, en la historia mundial.
El finado general Álvaro Valencia Tovar le dedicó un libro a su faceta militar: "El Ser Guerrero del Libertador". Según Germán Arciniegas, ahí residía su mayor mérito. Fue un gran capitán, como estratega, organizador, movilizador de tropa, comandante esclarecido. Su trayectoria demuestra que la independencia de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia es resultado de esa voluntad de triunfar de que habló en Pativilca en medio de su enfermedad. Por supuesto que lo logró con la colaboración de notables auxiliares que actuaron bajo su dirección y su estímulo.
Ramos destaca rasgos personales que lo enaltecen, como su generosidad y el desprendimiento respecto de los bienes materiales. Era un idealista que cifraba su gloria no sólo en el éxito militar, sino ante todo en el sueño de ver a nuestra América como protagonista de primer orden en el escenario de las naciones civilizadas. Si su accionar como guerrero fue exitoso, su ideal político ha quedado como una ilusión perdida. Su frustración se puso manifiesto en esas trises palabras finales: "Sembré en el viento y aré en el mar".
El ideario bolivariano ha repercutido de distintas maneras en la evolución política de los pueblos hispanoamericanos. Su expresión más prístina se halla en la Constitución que él mismo redacto para Bolivia y que tuvo corta vida en ese país, habiendo sido además objeto de airado rechazo en el nuestro. Ella ha servido, sin embargo, de inspiración para las tendencias conservadoras que comparten con el Libertador la idea de una presidencia fuerte capaz de enervar los impulsos anárquicos que han pululado en nuestros pueblos. Bolívar era liberal a su manera, como lo fueron, con algunas excepciones, nuestros conservadores a lo largo de los siglos XIX y XX.
No han faltado, sin embargo. los que han tergiversado incluso descaradamente su ideario. Acá hubo, por ejemplo, un Milton Puentes que se atrevió a escribir un libro en el que trataba de demostrar que Bolívar fue el padre de las izquierdas liberales colombianas. Esa paternidad es imputable a algunos seguidores de Santander, más no a éste, que después se llamaron gólgotas y más tarde radicales.
Pero la peor avilantez se encuentra en comunistas como Chávez y el que nos desgobierna, que pretenden legitimar sus desvaríos políticos invocando sus ideales. Nadie tan desvergonzado e insolente como el okupa de la Casa de Nariño, que se ha atrevido a enarbolar la bandera de la guerra a muerte, que simboliza un momento oscuro de la trayectoria del Libertador, y a blandir de modo amenazador la que se dice que fue una de sus espadas con que luchó para ofrecernos la libertad, no con el fin de garantizarla, sino con el de promover el designio totalitario y liberticida que le dicta la ideología comunista que tanto él como su epígono Cepeda profesan.
Hace años se cometió entre nosotros el gravísimo error de eliminar la Historia Patria del pénsum tanto de primaria como de bachillerato. Ello ha deteriorado la identidad nacional y les ha dado pábulo a quienes rechazan nuestro pasado para animar sus pretensiones revolucionarias. Algún ministro del actual desgobierno ha llegado a decir, a propósito de la celebración del 12 de octubre, que nada de la herencia peninsular merece encomio, ni la lengua ni la religión. Este vacío merece llenarse con libros como el de nuestro apreciado amigo Ramos Botero. El ejemplar de que dispongo se lo he remitido a mi hijo para que mis nietecitos, llegada la hora, tengan manera de ilustrarse acerca de momentos estelares de nuestra historia, como digo parafraseando un texto célebre de Stefan Zweig.
Por su propio cometido, el libro no deja de ser panorámico, por lo que algunos temas de difícil tratamiento se abordan un poco a las volandas. Me refiero sobre todo a lo que concierne al conflicto con Santander y sus seguidores, que yo no me atrevería a explicar en función de sentimientos de baja estofa de parte del Hombre de las Leyes y los abogados bartolinos que lo secundaban. Creo que ahí había cuestiones más de fondo que inevitablemente venían acompañadas de pasiones no muy decorosas e incluso letales. El detalle sobre las actuaciones de Obando resulta, en cambio, decisivo para avalar su responsabilidad en el artero asesinato de Sucre.
¡Muy otra habría sido la suerte de Colombia si se hubiera cumplido el deseo del Libertador de que fuera él quien lo sucediera en la primera magistratura! Pero no hay que olvidar que la historia no fluye por cauces racionales. Como dijo alguna vez Raymond Aron, "la historia es trágica". Muestra fehaciente de ello es el auge y la caída del Libertador. Llegó a su apogeo en el Perú, cuando soñó con la gran confederación andina, y se vino abajo al regresar a Colombia, viéndola al borde de la anarquía y padeciendo su inevitable desintegración.