El desconocimiento de los resultados de la reciente elección presidencial por parte del PH (Pacto Histriónico) muestra a sus dirigentes y activistas como malos perdedores que patean la mesa de juego si no los favorecen sus resultados.
Es bien sabido que la democracia es un régimen que adolece de muchas imperfecciones y su funcionamiento exige varios requisitos sin los cuales está condenada al fracaso. Uno de ellos es la cultura democrática, que conjuga conceptos y valores que deben inspirar a los actores políticos de modo que quienes pierdan elecciones acojan de buena fe el veredicto de las urnas y respeten el triunfo de sus oponentes.
El Astado y su carnal Cepeda, los máximos rectores del PH, invocan fraude y manipulaciones del electorado que no han podido demostrar, como subterfugios justificativos de su rechazo al presidente De La Espriella y el vicepresidente Restrepo, pese a que los observadores internacionales, así como los escrutadores previstos por la ley, confirmaron la transparencia de los resultados del proceso comicial.
Uno y otro quedaron con los crespos hechos. Fieles a sus convicciones comunistas esperaban que la obra de demolición de la institucionalidad que se adelantó en el último cuatrienio podría continuar en el siguiente en beneficio del proyecto revolucionario que los anima. La ciudadanía les dijo que no y en lugar de reconocer su derrota han resuelto convocar a sus hordas para oponerse en manifestaciones supuestamente pacíficas al nuevo gobierno. Ya veremos que se trata de un propósito subversivo que bordea los linderos del Código Penal.
Es claro que el concepto de democracia que los inspira no es el liberal que funda la soberanía en un colectivo de ciudadanos que asistidos por la razón y debidamente informados deciden sobre la cosa pública. Su modelo es el de la democracia tumultuaria que dio origen al Régimen del Terror durante la Revolución Francesa, animada por las más bajas pasiones y sometida a la ceguera de la masa.
Reitero que el PH es un partido de inspiración comunista que oculta su peligrosa identidad bajo el rótulo del progresismo, cuyo significado es bastante confuso, por no decir engañoso. Recuerdo acá un lúcido ensayo de Raymond Aron, "Progreso y Desilusión". que muestra las inconsistencias de lo que se presenta como un proyecto de redención de la humanidad. Hay, por así decirlo, una ideología del progreso inspiradora de lo que destacados politólogos consideran como una religión secular llamada a sustituir la que forjó nuestra civilización.
El comunismo era un anhelo hace cien años. Hoy resulta ser un trágico fracaso que no sólo ha arruinado a sociedades enteras, sino causado la muerte de más de cien millones de seres humanos, según lo acredita "El Libro Negro del Comunismo" y lo corrobora "El Pasado de un Ilusión".
La democracia se consolida cuando triunfadores y perdedores se someten de buena fe a sus reglas de juego. Pero se debilita si invocando desviadas consideraciones ideológicas se desconocen sus resultados.
Con los comunistas es muy difícil el diálogo, porque ellos por principio niegan la buena fe de sus contradictores y obsesionados por sus delirios consideran que sólo ellos son los legítimos intérpretes de la voluntad y las aspiraciones del pueblo.
Reitero que es muy inquietante que un elevado porcentaje de nuestra opinión siga apoyando a los comunistas que controlan el PH.
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