sábado, 26 de septiembre de 2026

Malos perdedores

El desconocimiento de los resultados de la reciente elección presidencial por parte del PH (Pacto Histriónico) muestra a sus dirigentes y activistas como malos perdedores que patean la mesa de juego si no los favorecen sus resultados.

Es bien sabido que la democracia es un régimen que adolece de muchas imperfecciones y su funcionamiento exige varios requisitos sin los cuales está condenada al fracaso. Uno de ellos es la cultura democrática, que conjuga conceptos y valores que deben inspirar a los actores políticos de modo que quienes pierdan elecciones acojan de buena fe el veredicto de las urnas y respeten el triunfo de sus oponentes.

El Astado y su carnal Cepeda, los máximos rectores del PH, invocan fraude y manipulaciones del electorado que no han podido demostrar, como subterfugios justificativos de su rechazo al presidente De La Espriella y el vicepresidente Restrepo, pese a que los observadores internacionales, así como los escrutadores previstos por la ley, confirmaron la transparencia de los resultados del proceso comicial.

Uno y otro quedaron con los crespos hechos. Fieles a sus convicciones comunistas esperaban que la obra de demolición de la institucionalidad que se adelantó en el último cuatrienio podría continuar en el siguiente en beneficio del proyecto revolucionario que los anima. La ciudadanía les dijo que no y en lugar de reconocer su derrota han resuelto convocar a sus hordas para oponerse en manifestaciones supuestamente pacíficas al nuevo gobierno. Ya veremos que se trata de un propósito subversivo que bordea los linderos del Código Penal.

Es claro que el concepto de democracia que los inspira no es el liberal que funda la soberanía en un colectivo de ciudadanos que asistidos por la razón y debidamente informados deciden sobre la cosa pública. Su modelo es el de la democracia tumultuaria que dio origen al Régimen del Terror durante la Revolución Francesa, animada por las más bajas pasiones y sometida a la ceguera de la masa. 

Reitero que el PH es un partido de inspiración comunista que oculta su peligrosa identidad bajo el rótulo del progresismo, cuyo significado es bastante confuso, por no decir engañoso. Recuerdo acá un lúcido ensayo de Raymond Aron, "Progreso y Desilusión". que muestra las inconsistencias de lo que se presenta como un proyecto de redención de la humanidad. Hay, por así decirlo, una ideología del progreso inspiradora de lo que destacados politólogos consideran como una religión secular llamada a sustituir la que forjó nuestra civilización.

El comunismo era un anhelo hace cien años. Hoy resulta ser un trágico fracaso que no sólo ha arruinado a sociedades enteras, sino causado la muerte de más de cien millones de seres humanos, según lo acredita "El Libro Negro del Comunismo" y lo corrobora "El Pasado de un Ilusión".

La democracia se consolida cuando triunfadores y perdedores se someten de buena fe a sus reglas de juego. Pero se debilita si invocando desviadas consideraciones ideológicas se desconocen sus resultados. 

Con los comunistas es muy difícil el diálogo, porque ellos por principio niegan la buena fe de sus contradictores y obsesionados por sus delirios consideran que sólo ellos son los legítimos intérpretes de la voluntad y las aspiraciones del pueblo.

Reitero que es muy inquietante que un elevado porcentaje de nuestra opinión siga apoyando a los comunistas que controlan el PH.

martes, 22 de septiembre de 2026

Viento de loma, cálido arrullo de la paloma

Como en los sentidos versos de Homero Manzi, el ambiente que hoy respiramos en nuestro país suscita buen ánimo sobre los tiempos venideros, bajo la guía de gobernantes que inspiran respeto y confianza por la dignidad y la responsabilidad con que han iniciado la conducción de la república. Lejos estamos al parecer de las miasmas que nos tenían sofocados bajo el desgobierno del Astado y la hez que lo rodeaba. 

Pero el entusiasmo hoy reinante no debe de inducirnos a olvidar que el nuevo gobierno ha recibido un país al borde de la ruina desde todos los puntos de vista. Por donde se la mire, la herencia de esa cauda de truhanes asusta y obliga a poner los pies sobre la tierra.

La tarea que le espera al Tigre es descomunal y requiere el apoyo decidido de todos los colombianos de buena voluntad. Es indispensable unir esfuerzos alrededor de la coalición que lo respalda en el congreso, limando asperezas y superando fisuras que en mala hora han venido apareciendo.

Estoy enteramente de acuerdo con el senador Rafael Nieto Loaiza cuando advierte sobre la necesidad de que las relaciones con el congreso se adelanten reconociendo que es la corporación que representa los diversos y complejos matices de nuestra sociedad.

El finado Luis Carlos Galán, que enarboló las banderas de la lucha contra la corrupción política, reconocía que en el congreso se contaba con personas, excelentes, buenas, regulares, malas y pésimas. El Astado, que se formó en los tragadales de la delincuencia política que defendía dizque en aras de la justicia social, se inclinaba por atraer a esas últimas categorías. Ahora lo que toca es convocar a la excelencia para contar con sus luces en pro de la reconstrucción de Colombia.

No podemos ignorar que, en ausencia de partidos fuertes como los había en el pasado, hoy la gobernanza requiere configurar coaliciones que agrupan tendencias disímiles que suelen ligarse por intereses coyunturales. El manejo de esa diversidad exige mucho tacto de parte de los llamados a conducirla. Todo político aspira a incrementar su poder y es frecuente que en una coalición trate de lograrlo a costa de sus aliados ocasionales. En el caso presente, hay un conjunto que sobresale por su nivel de votación, el Centro Democrático, y no resulta extraño que otros de menor entidad traten de cobrar relevancia a sus expensas. Esa actitud debilita la coalición y mina los esfuerzos que demanda la tarea común.

Aunque es dudoso que la partición casi que por mitades que se puso de manifiesto en la contienda presidencial se mantenga vigente, hay que admitir que por lo menos cerca de un 40 % de la opinión podría conservar su apoyo a la tendencia comunista que solapadamente dirigen el extravagante Astado y su oscuro carnal Cepeda. Es de esperar que esa tendencia vaya debilitándose a medida que el buen gobierno del Tigre muestre sus frutos, pero de todas maneras es indispensable prestarle atención, máxime si se considera la cercanía de las elecciones del año entrante. Ya lo he dicho en otras ocasiones: se trata, como en una célebre película mexicana, de dos tipos de cuidado. El primero de ellos es un agitador irresponsable que busca tensar las cuerdas más oscuras y pugnaces del resentimiento popular. Lo ha hecho con éxito en un pasado reciente y podría ensayarlo de nuevo. El segundo es un tenaz odiador, como lo demuestra la implacable e injusta persecución judicial que a lo largo de varios años ha desatado contra el expresidente Uribe en venganza por haber arrinconado a sus amadas Farc. Son dos energúmenos que suscitan las fuerzas del Averno. Hay que darse la bendición cuando se los menciona.

En síntesis, al optimismo que han traído consigo los inicios del actual gobierno se hace menester rodearlo de buenas dosis de sentido de la realidad política. No hay que olvidar que la política se adelanta primero que todo con base en hechos que, como decía Lenin, son tozudos.

sábado, 12 de septiembre de 2026

Cuatro Preguntas

La religiosidad que se ha manifestado en el actual gobierno ha suscitado ásperas reacciones de muchos que son indiferentes respecto de asuntos que para la mayor parte de la humanidad resultan de gran importancia o, peor aún, son abiertamente escépticos e incluso francos enemigos de todo lo que huela a religión y hasta a espiritualidad.

Todos ellos esquivan cuatro preguntas fundamentales acerca de Dios, el destino final de nuestra personalidad, las normas supremas que rigen sobre las que obran efectivamente en las colectividades y la realidad del mal.

El presidente De la Espriella ha dicho que es necesario ubicar a Dios en el sitial que le corresponde en la cima de nuestra institucionalidad. No en vano la Constitución vigente se expidió invocando la protección de Dios, lo que implica que, sin desmedro de la libertad religiosa, se reconoce y exalta la Divina Majestad. No se ha consagrado entonces una neutralidad absoluta en materia de religión ni muchísimo menos un derecho fundamental a impedir que los gobernantes expresen sus preferencias al respecto. Los que desdeñan a Dios e incluso lo niegan y pretenden desarraigarlo de la mente humana profesan desde luego una increencia respetable en virtud de la garantía constitucional de la libertad de conciencia, pero dejan de lado la distinción inevitable desde los puntos de vista lógico y metafísico entre el ser necesario y eterno, que no puede no ser, y el finito y contingente que, en cambio, puede dejar de ser. La materia que los positivistas consideran como la única realidad tuvo, según la ciencia, principio y tendrá fin, por lo cual no constituye la instancia absoluta y suprema de la realidad.

Uno de los temas básicos de toda religión toca con nuestro destino eterno. El materialismo dominante en muchos sectores hoy en día proclama que venimos de la nada, "arrojados a la existencia" según Heidegger, y destinados a la muerte, que constituye nuestro final ineluctable y definitivo. Pero, qué tal si fuera cierto que tras la muerte biológica nos espera un más allá, asunto sobre el cual media hoy una documentación tan abundante y precisa que no resulta prudente despacharlo de buenas a primeras. Yo he tenido al respecto experiencias tan vivas que no puedo desconocer y me inquietan a diario. Tengo la certeza de que cuando llegue mi hora haré el tránsito a otra vida en la que espero que Dios se apiadará de mis múltiples errores.

Un capítulo fundamental en el estudio de las normatividades sociales versa acerca de si hay instancias supremas que orienten sus contenidos y garanticen el vigor de sus mandatos. Es asunto que en últimas remite a la Ley de Dios, que los creyentes pensamos que se resume en el Decálogo y sobre todo en los dos grandes mandatos evangélicos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos (Mt. 22 37-39). Muchos sujetos sin Dios ni Ley, como el Astado, niegan estas ideas y remiten el fundamento de las normatividades a una deidad que, repito parafraseando a Montaigne, es "vaga, vana y ondulante".

 Se me ocurrió ayer, en una amena charla en la se cuestionaba que muchos graves escándalos queden impunes, que de la justicia se piensa en tres escenarios muy distintos, aunque pueda haber relaciones entre ellos: el de la Justicia Divina, que muchos niegan o tergiversan, y de la que nadie escapa; el de la Justicia legal, que exploró con rigor Aristóteles y es desafortunadamente incierta y falible, tal como lo experimentamos a diario; y el de la que podríamos llamar Justicia Criolla, que retrata un tango muy censurable y se identifica con la justicia con la propia mano, y no es otra cosa que la venganza. Es la justicia que invocan los alzados en armas para legitimar sus depredaciones.

A mis discípulos solía citarles el pensamiento de san Agustín, según el cual sin Dios no puede haber pueblo, ni ley ni justicia.

Queda la cuarta pregunta, que versa sobre el problema del mal. Sócrates lo reducía a una cuestión de ignorancia: el malvado se equivoca respecto de la apreciación del bien. Recuerdo que Artur Koestler, varios de cuyos escritos leí con mucho interés y provecho, pensaba que surgía de un desequilibrio entre el cerebro límbico que compartimos con los reptiles y el evolucionado del neocórtex. Pero la explicación que más me satisface es la del entonces cardenal Ratzinger: hay manifestaciones del mal que sólo cabe explicar por influencias de agentes externos, oscuros y en extremo perversos, como los que actúan a través del Astado y sus compinches. De esos agentes dan cabal cuenta los exorcistas y en particular el padre Amorth (vid. Habla Un Exorcista). Los demonios existen y obran de modo implacable sobre los seres humanos. Basta con abrir la prensa cotidiana para encontrar múltiples testimonios de la presencia del mal en las sociedades. Se ha denunciado, por ejemplo, su actividad en la Casa de Nariño bajo el desgobierno del Astado.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Pleitos viejos

Mi bisabuelo Indalecio Arbeláez Tobón consideraba a los liberales de su época como tizones del infierno. No le faltaban motivos, pues su hermano, el presbítero Eustaquio Arbeláez Tobón, de quien espero se conserve su retrato en la iglesia de Jesús Nazareno en Rionegro, fue víctima de la inicua persecución que desataron los radicales contra la Iglesia Católica en la segunda mitad del siglo XIX. De ello da cuenta, por ejemplo, la agresiva oratoria de José María Rojas Garrido, quien predicaba la necesidad de erradicar la religión entre nosotros.

Esa rabiosa política anticlerical contribuyó al fracaso de la Constitución de Rionegro y el consiguiente triunfo de la reacción conservadora en 1886, en la que jugó un papel decisivo Carlos Holguín, tal como lo cuenta Gonzalo España en uno de sus deliciosos libros.

La cuestión religiosa fue tema crucial del debate político en Colombia hasta bien entrado el siglo XX. Allá por los años 30 Alfonso López Pumarejo llegó a sostener que, si bien las fronteras ideológicas entre los partidos liberal y conservador se estaban desdibujando, persistía el debate sobre el papel de la Iglesia en la vida pública. La reforma concordataria a principios de los años 40 suscitó nuevos debates que fueron atizados por la feroz oratoria de Laureano Gómez, quien a la postre obtuvo que en los acuerdos del Frente Civil, que luego tomó el nombre de Nacional, quedara consagrado el principio de que la religión católica, apostólica y romana era la de la nación y, como factor básico del orden social, gozaría de la especial protección del Estado. 

El principio rigió hasta 1991, cuando en el debate de la Asamblea Nacional Constituyente se discutió sobre el fundamento de la soberanía y se proclamó la garantía de la libertad e igualdad de cultos, con el consiguiente derecho de toda persona a profesar libremente su religión y a difundirla en forma individual o colectiva.

De hecho, el acuerdo político que se plasmó en el plebiscito de 1957 para instaurar el Frente Nacional contribuyó decisivamente a superar la llamada cuestión religiosa como centro de los debates entre liberales y conservadores, en lo que también tuvo que ver la evolución de la Iglesia Católica, que fue dejando atrás las posturas ultramontanas para adoptar actitudes más serenas en torno de la cosa pública. En la Iglesia se pusieron de manifiesto no sólo tendencias liberales, sino francamente socializantes, tal como se vio en el encuentro de Medellín en 1968. Su cercanía con el Partido Conservador prácticamente se difuminó en esos años. Los baculazos de monseñor Builes y los bandazos de monseñor Perdomo ya eran cosa del pasado. En otra época, las campañas presidenciales de los comunistas Petro y Cepeda habrían dado lugar a que los púlpitos abundaran en advertencias y condenas para orientar a los fieles acerca de cómo deberían votar. No sucedió así e incluso tengo conocimiento de clérigos que votaron por Petro en 2022.

En la Asamblea Nacional Constituyente se debatió sobre la invocación de Dios como fuente suprema de toda autoridad. Se quería retomar la fórmula de 1863, copiada de la Constitución norteamericana, que centraba el principio de legitimidad exclusivamente en la voluntad popular. Recuerdo que el finado Vélezefe publicó una graciosa caricatura en la que aparecía san Pedro informándole al Padre Eterno que aquí había unos interesados en excluirlo de la Constitución, a lo que Él respondió que también los estaba borrando de la lista de sus elegidos. El debate se zanjó con una fórmula transaccional: la Constitución se expidió dizque por el pueblo de Colombia, en ejercicio de su poder soberano, pero invocando la protección de Dios.

Es claro que nuestro ordenamiento no consagra un laicismo radical que ignora y combate la realidad cultural de la identidad cristiana de nuestro pueblo, pero ya no le brinda protección especial a la Iglesia Católica respecto de otros credos.

De esta disposición del artículo 19 de la Constitución se han extraído por la Corte Constitucional y ciertos funcionarios judiciales, así como políticos y periodistas animados por prejuicios anticatólicos, conclusiones a mi juicio carentes de rigor jurídico con las que se pretende impedir la gestión de la política del espíritu que aspira a llevar a cabo el actual gobierno.

Su propósito no es imponer la fe por la fuerza. Los verdaderos creyentes sabemos bien que la fe nace de una gracia que nos es concedida por el Supremo Hacedor. No es fácil llegar a ella y conservarla, pues exige un denodado esfuerzo espiritual, muchas veces nacido de experiencias perturbadoras. Conviene traer a colación lo dicho por un converso eminente, Marshall McLuhan: " A la Iglesia se entra de rodillas". Para seguir sus pasos debemos despojarnos de muchísimos prejuicios y adoptar una actitud humilde ante los  supremos misterios. A Dios llegamos abriendo nuestras mentes, nutriendo nuestros corazones y animando nuestras voluntades. No todos lo logran y es inútil forzarlos a ello. Pero no podemos ignorar el valor de la oración, de la que yo he sido beneficiado en grado sumo, ni el del buen ejemplo, que estimula a los vacilantes.

Los librepensadores a ultranza ignoran que el catolicismo se nutre de cerca ya de 2.000 años de reflexiones y certidumbres acerca de los hechos básicos que lo sustentan. No se trata de mitos ni de las ideas delirantes de que hablaba Freud, sino de realidades que están al alcance de todas las personas de buena voluntad. Sus ideas han permeado toda una civilización de la que nos ufanamos. ¿Cuánto le debemos al principio de la dignidad de la persona humana, que es el supuesto de los derechos fundamentales, o al de que la autoridad del Estado sólo se justifica por la búsqueda del bien común? ¿Cuál es el papel del Decálogo en la moral tanto individual como colectiva que profesamos? ¿Cómo influye la idea cristiana de la familia en el orden civilizado? Vuelvo a ello evocando un texto clásico que he citado en otras ocasiones: "Family and Civilization", de Carle E. Zimmerman. Sus conclusiones son del todo pertinentes acerca de la crisis que hoy afecta a la familia y se proyecta hacia la civilización entera. Para la muestra, el desorden familiar del que ha venido dando tan pésimo ejemplo el Astado. Todo ello sin mencionar el papel que la idea judeo-cristiana del orden cósmico ha jugado como fundamento de la ciencia occidental, que a no dudarlo reposa sobre fundamentos metafísicos.

Chesterton decía que el que deja de creer en Dios es capaz de creer en cualquier cosa. Los que dicen creer tan sólo en la razón la erigen como deidad suprema, sin percatarse de que uno de los grandes logros de la filosofía medieval fue identificarla precisamente con un atributo de Dios que se proyecta en la naturaleza y nuestras mentes. Separarla de Dios es la fuente de múltiples extravíos de los pensamientos moderno y postmoderno.

Los enemigos de la Iglesia Católica y los demás credos cristianos claudican ante la reviviscencia de credos ancestrales que niegan los valores de nuestra civilización o respecto del relativismo ético que mina todo su vigor espiritual, pues, como dijo con gran acierto Dostoievski, "Si Dios no existe, todo es posible". Lo han dicho otros: si todo valor es relativo, nada vale en absoluto. Esos enemigos creen ampararse en valores de cuyo fundamento no pueden ofrecer razón suficiente y son del todo deleznables.

No es la hora de atizar controversias religiosas ya superadas que derivaron en severos daños institucionales, bien fuera en guerras civiles o en regímenes autoritarios. El verdadero liberal, así se muestre escéptico o indiferente en materia religiosa, reconoce la libertad de los creyentes para profesar sus respectivos credos y difundirlos. Y si explora los fundamentos de su liberalismo, se encontrará con las ideas cristianas, tal como lo reconoció Lord Acton.