viernes, 15 de mayo de 2026

Fuego amigo

El oscuro senador Cepeda, al igual que el irresponsable que nos desgobierna, es un comunista solapado que trata de disimular su verdadera identidad política presentándose como apóstol de la paz, cuando su ideología pregona la lucha de clases y la legitimidad de la violencia para acelerar los cambios sociales. Si llegare a triunfar en las próximas elecciones presidenciales, Colombia se vería abocada a la continuidad de un proceso revolucionario tendiente a arrojarla al precipicio que hoy padecen cubanos, nicaragüenses y venezolanos, o quizás a algo peor.

La disyuntiva que enfrentamos en esta campaña electoral no enfrenta propiamente a uribistas contra petristas, ni a derechistas, centristas e izquierdistas, sino a la democracia liberal versus el totalitarismo liberticida de los comunistas.

Las diferencias entre abelardistas y palomistas no son insalvables y podrían solventarse con un poco de buena voluntad. Si alguna de las dos tendencias pasare a segunda vuelta para enfrentar a Cepeda, la unión de ambas sería indispensable para salvarnos del comunismo.

Es imperativo entonces que se tiendan puentes entre Abelardo y Paloma, pues así lo exige la supervivencia de nuestra institucionalidad democrática. Ninguno de ellos representa un peligro para Colombia que pueda compararse con la amenaza letal que entraña el comunista o criptocomunista Cepeda.

Por supuesto que el estado en que nos viene dejando el desgobierno actual es calamitoso a más no poder. El que gane la primera magistratura tendrá que convocar a los colombianos a la unidad para  sobrellevar los sacrificios conducentes a la reconstrucción del país, que de seguro será ingente tarea de varios años.

Sea Abelardo o sea Paloma quien le gane a Cepeda, no podrá ignorar los reclamos populares que le han dado impulso al comunismo petrocepedista. Hay todo un programa social razonable pero decidido para que la masa popular recupere la fe en nuestra institucionalidad democrática. Se hace menester entenderse con los sindicatos, con las organizaciones populares, con los campesinos, con la juventud, con las madres cabeza de familia, con los trabajadores informales, con quienes pasan hambre, etc. porque sus voces deben contar para enderezar el rumbo del país.

En lugar de arrojarse dardos envenenados, les toca, en bien de Colombia, delimitar un terreno común en el que sean posibles los acuerdos. Conviene recordar al general Benjamín Herrera cuando en un momento crucial para nuestro destino proclamó la divisa de "la patria por encima de los partidos". Si por obra de la división irracional entre abelardistas y palomistas llegare a triunfar Cepeda, sobre unos y otros tendría que recaer un anatema insalvable.

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