Así titula un precioso vals de Lucero Villegas que inmortalizó Roberto Firpo con su cuarteto (vid. https://www.youtube.com/watch?v=fX65oDqvr9U). Es una pieza sencilla, pero llena de encanto y de ternura que ensalza el amor, no el apetito venéreo avasallador y destructivo que loa el sujeto rastrero y disoluto que nos desgobierna, sino esa egregia disposición espiritual que nos liga con seres escogidos, pero también en general con nuestros semejantes, con el mundo que nos rodea y, en últimas, con Dios, nuestro Alfa y Omega.
Esa apertura del alma hacia lo que no es ella dio lugar a la intencionalidad de que hablaban los filósofos medievales, concepto que fue rescatado siglos después por la filosofía contemporánea a partir de Franz Brentano y de Edmond Husserl, el padre de la fenomenología, uno de los siete filósofos judíos que encontraron a Cristo (vid. https://www.bibliothecasefarad.com/listado-de-libros/siete-filosofos-judios-encuentran-a-cristo/).
La disposición amorosa del alma es tema central del pensamiento cristiano. La exalta sobre todo el Evangelio de san Juan y encuentra una primorosa referencia en el Himno al Amor que compuso san Pablo en su primera epístola a los corintios (vid.HIMNO AL AMOR: 1 Cor 13 (1ª de 6) – bibliayvida.com ). El amor nos viene de Dios y hacia Él nos conduce. Es lo que proclama san Agustín en sus Confesiones (vid. «Tarde te amé»: Las Confesiones de S. Agustín y Sta. Teresa – Teresa, de la rueca a la pluma).
Cito de memoria a Dostoiewski en palabras que en "Los Hermanos Karamazov" pone en labios del stáretz Zósima: "Ame, ame profundamente, hasta el exceso; no le quedará duda entonces de la existencia de Dios".
Nuestra racionalidad ordinaria está encerrada dentro de los límites de la experiencia sensorial. Pero hay en nuestro espíritu una facultad que nos lleva a trascender ese cerco, lo que Bergson llamaba la intuición y, más concretamente, la mística, que el célebre filósofo francés ponderaba en grandes santos del siglo de oro español como santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz. Son las razones del corazón, de que hablaba Pascal.
Anoche asistí gracias a Youtube a la transmisión que desde el teatro Colón se efectuó de la novena sinfonia de Mahler, interpretada magistralmente por la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Es una composición compleja que exige escucha cuidadosa y culmina con un adagio sublime que los comentaristas consideran como el adiós a la vida terrenal por parte de quien ya contemplaba en su horizonte la cercanía de la muerte. Es el canto de un alma que alza su vuelo hacia la trascendencia, vale decir, la cercanía de Dios. Vid. https://www.bing.com/videos/riverview/relatedvideo?&q=Orquesta+Filarm%c3%b3nica+de+Buenos+Aires&&mid=9D2232475D3773A43BA49D2232475D3773A43BA4&&FORM=VRDGAR
Hace años vi una película que me produjo profunda impresión: "El Secreto de Beethoven" (vid. https://www.bing.com/videos/riverview/relatedvideo?q=o+segredo+de+beethoven+filme+completo+dublado&&mid=1F43927313ADA28D8F251F43927313ADA28D8F25&FORM=VAMGZC). Según su trama, los enigmáticos cuartetos finales para cuerda del genio de Bonn guiaban su alma hacia Dios. A Él estaban dedicados. Hacia Él lo conducían.
Como lo enseña san Pablo, ese anhelo de lo infinito nos viene de Dios y nos traza el camino que hacia Él nos conduce. Perseverar en ello es tema de mi oración cotidiana.