Desde hace algún tiempo he venido pidiéndoles a Dios y a la Santísima Virgen que nos protejan del comunismo y de las perversas intenciones de Petro y de Cepeda. Acompaño mi ruego para que iluminen, bendigan y protejan a Abelardo y José Manuel en su propósito de enderezar el rumbo de nuestra patria.
Esas mismas intenciones se pusieron de manifiesto ayer en la ceremonia de posesión presidencial, en la que hubo una oración interconfesional para pedir por el buen suceso de la nueva administración.
A ciertos laicistas recalcitrantes les ha disgustado este aspecto de la jornada de ayer, pues su talante no sólo irreligioso sino antirreligioso les hace creer que el Estado laico no sólo debe ser indiferente, sino enemigo de la religión.
Eso no es cierto. Por eso he acudido para titular este escrito a la divisa que preside el dólar estadounidense: "In God We Trust". En castellano traduce "En Dios Creemos".
Uno de los grandes aportes del constitucionalismo de los Estados Unidos es la idea del Estado libre y la Iglesia libre, fundada en que en las 13 colonias no había una confesión religiosa dominante, sino una variedad que impedía el predominio de unas sobre otras. Aunque entre los Padres Fundadores había masones que profesaban el Deísmo que después evolucionó hacia un ateísmo puro y simple, el hecho social de la profunda religiosidad de los habitantes del territorio no hizo aconsejable que hicieran carrera manifestaciones contrarias a la religión, lo que favoreció la convivencia pacífica de diferentes credos religiosos e incluso el crecimiento de la religión católica en su país. Allá ha prevalecido el principio de la libertad de religión, que no se opone a la manifestación pública de los eventos religiosos.
La Revolución Francesa impuso otra versión del laicismo que condujo a perseguir a los católicos del modo más inclemente e incluso aterrador, de lo que da cuenta el espantoso episodio de la Vendée. Ese laicismo, inspirado no en la libertad de religión sino en libertad de la religión, a la que la ley de los tres estadios consideraba como fenómeno propio de la infancia y la adolescencia de la Humanidad e incompatible con la Edad de la Razón, inspiró las atroces persecuciones que tiempo después se desataron contra la Iglesia Católica en América Latina y con especial crudeza en México en los años 20 del siglo pasado y en España en los 30. Nuestro país no fue inmune a esa plaga que impregnó la política de los radicales en la segunda mitad del siglo XIX y suscitó la reacción clerical que quedó consagrada en la Constitución de 1886.
La Asamblea Constituyente de 1991 abandonó el reconocimiento de Dios como fuente suprema de toda autoridad e invocó la supuesta voluntad popular como fundamento de sus disposiciones, pero reconoció que las dictaba bajo la protección de Dios. Este planteamiento suscita importantes consecuencias jurídicas y políticas. La separación del Estado y de la Iglesia que se consagró como base de la libertad religiosa no implica la enemistad ni la indiferencia entre ambas potestades. La Constitución misma declara en su artículo 70 que la cultura en sus diversas manifestaciones es fundamento de la nacionalidad. Y agrega en el artículo 72 que el patrimonio cultural de la Nación está bajo la protección del Estado. ¡Qué duda cabe de que la tradición católica conlleva manifestaciones entrañables de nuestra identidad cultural!
El laicismo extremo que pretende erradicar de la escena colectiva toda connotación de índole religiosa ignora que tanto la idea de bien común para sustentar la legitimidad del poder del Estado, como la de dignidad de la persona humana como base de los derechos fundamentales, se nutren de lo más excelso de la tradición del pensamiento católico. Si a las ideologías se les presta algún mérito, como negarlo a lo que sustenta toda una civilización.
Volver a ubicar a Dios en el sitial que le corresponde, como lo propone Abelardo, no significa consagrar un régimen teocrático ni discriminar a los no creyentes, sino admitir que más allá del derecho positivo rige una Ley superior que se resume en el Decálogo. Ignorar los Diez Mandamientos es una de las causas de la tremenda crisis en que estamos sumidos.
En mis cursos de Teoría Constitucional y Filosofía del Derecho les hacía ver a mis discípulos que la mirada hacia Dios de parte de los gobernantes implica el reconocimiento de que sobre el poder que ostentan rigen unos valores superiores que en últimas lo legitiman y que, de todos modos, ello es preferible a que rindan culto a esa deidad vaga, vana y ondulante que, adoptando los célebres términos de Montaigne, caracteriza al Demos.
Uno de los dramas de la modernidad es la negación de la dimensión espiritual y por ende religiosa del ser humano. Al rescate de la primera se aplica un libro de Jerry Kroth cuya lectura estoy terminando y que recomiendo vivamente: "Psyche' exile: an empirical odyssey in search of the soul". Tengo en mente otro, del Dr. Manuel Sans Segarra: "La Supraconciencia existe: vida después de la vida". Ambos desafían a través de evidencias incontrastables el dogma que prevalece hoy en ambientes académicos acerca de que la conciencia es un epifenómeno ilusorio de la actividad físico-química del cerebro.
Se critica a Abelardo porque invoca a Dios y se sesgan los episodios de hechicería que ha protagonizado Petro, no sólo con la supuesta posesión espiritual que protagonizó con Francia Márquez antes del 7 de agosto de 2022, sino en la propia Casa de Nariño, de lo que hay un testimonio irrefutable. En ciertos medios se especula además sobre su pertenencia a cierta confesión de origen africano. Es muy probable que dicha sede esté infestada por presencias infernales, por lo que resulta prudente que Abelardo se niegue a ocuparla.
No podemos desconocer que nuestro país ha sido escenario de un fragoroso combate espiritual que nos enfrenta a potencias demoniacas. La droga, la violencia, la corrupción y otras funestas adversidades nos obligan a mirar de nuevo hacia Dios y rogarle que nos tenga de su mano.