Mi bisabuelo Indalecio Arbeláez Tobón consideraba a los liberales de su época como tizones del infierno. No le faltaban motivos, pues su hermano, el presbítero Eustaquio Arbeláez Tobón, de quien espero se conserve su retrato en la iglesia de Jesús Nazareno en Rionegro, fue víctima de la inicua persecución que desataron los radicales contra la Iglesia Católica en la segunda mitad del siglo XIX. De ello da cuenta, por ejemplo, la agresiva oratoria de José María Rojas Garrido, quien predicaba la necesidad de erradicar la religión entre nosotros.
Esa rabiosa política anticlerical contribuyó al fracaso de la Constitución de Rionegro y el consiguiente triunfo de la reacción conservadora en 1886, en la que jugó un papel decisivo Carlos Holguín, tal como lo cuenta Gonzalo España en uno de sus deliciosos libros.
La cuestión religiosa fue tema crucial del debate político en Colombia hasta bien entrado el siglo XX. Allá por los años 30 Alfonso López Pumarejo llegó a sostener que, si bien las fronteras ideológicas entre los partidos liberal y conservador se estaban desdibujando, persistía el debate sobre el papel de la Iglesia en la vida pública. La reforma concordataria a principios de los años 40 suscitó nuevos debates que fueron atizados por la feroz oratoria de Laureano Gómez, quien a la postre obtuvo que en los acuerdos del Frente Civil, que luego tomó el nombre de Nacional, quedara consagrado el principio de que la religión católica, apostólica y romana era la de la nación y, como factor básico del orden social, gozaría de la especial protección del Estado.
El principio rigió hasta 1991, cuando en el debate de la Asamblea Nacional Constituyente se discutió sobre el fundamento de la soberanía y se proclamó la garantía de la libertad e igualdad de cultos, con el consiguiente derecho de toda persona a profesar libremente su religión y a difundirla en forma individual o colectiva.
De hecho, el acuerdo político que se plasmó en el plebiscito de 1957 para instaurar el Frente Nacional contribuyó decisivamente a superar la llamada cuestión religiosa como centro de los debates entre liberales y conservadores, en lo que también tuvo que ver la evolución de la Iglesia Católica, que fue dejando atrás las posturas ultramontanas para adoptar actitudes más serenas en torno de la cosa pública. En la Iglesia se pusieron de manifiesto no sólo tendencias liberales, sino francamente socializantes, tal como se vio en el encuentro de Medellín en 1968. Su cercanía con el Partido Conservador prácticamente se difuminó en esos años. Los baculazos de monseñor Builes y los bandazos de monseñor Perdomo ya eran cosa del pasado. En otra época, las campañas presidenciales de los comunistas Petro y Cepeda habrían dado lugar a que los púlpitos abundaran en advertencias y condenas para orientar a los fieles acerca de cómo deberían votar. No sucedió así e incluso tengo conocimiento de clérigos que votaron por Petro en 2022.
En la Asamblea Nacional Constituyente se debatió sobre la invocación de Dios como fuente suprema de toda autoridad. Se quería retomar la fórmula de 1863, copiada de la Constitución norteamericana, que centraba el principio de legitimidad exclusivamente en la voluntad popular. Recuerdo que el finado Vélezefe publicó una graciosa caricatura en la que aparecía san Pedro informándole al Padre Eterno que aquí había unos interesados en excluirlo de la Constitución, a lo que Él respondió que también los estaba borrando de la lista de sus elegidos. El debate se zanjó con una fórmula transaccional: la Constitución se expidió dizque por el pueblo de Colombia, en ejercicio de su poder soberano, pero invocando la protección de Dios.
Es claro que nuestro ordenamiento no consagra un laicismo radical que ignora y combate la realidad cultural de la identidad cristiana de nuestro pueblo, pero ya no le brinda protección especial a la Iglesia Católica respecto de otros credos.
De esta disposición del artículo 19 de la Constitución se han extraído por la Corte Constitucional y ciertos funcionarios judiciales, así como políticos y periodistas animados por prejuicios anticatólicos, conclusiones a mi juicio carentes de rigor jurídico con las que se pretende impedir la gestión de la política del espíritu que aspira a llevar a cabo el actual gobierno.
Su propósito no es imponer la fe por la fuerza. Los verdaderos creyentes sabemos bien que la fe nace de una gracia que nos es concedida por el Supremo Hacedor. No es fácil llegar a ella y conservarla, pues exige un denodado esfuerzo espiritual, muchas veces nacido de experiencias perturbadoras. Conviene traer a colación lo dicho por un converso eminente, Marshall McLuhan: " A la Iglesia se entra de rodillas". Para seguir sus pasos debemos despojarnos de muchísimos prejuicios y adoptar una actitud humilde ante los supremos misterios. A Dios llegamos abriendo nuestras mentes, nutriendo nuestros corazones y animando nuestras voluntades. No todos lo logran y es inútil forzarlos a ello. Pero no podemos ignorar el valor de la oración, de la que yo he sido beneficiado en grado sumo, ni el del buen ejemplo, que estimula a los vacilantes.
Los librepensadores a ultranza ignoran que el catolicismo se nutre de cerca ya de 2.000 años de reflexiones y certidumbres acerca de los hechos básicos que lo sustentan. No se trata de mitos ni de las ideas delirantes de que hablaba Freud, sino de realidades que están al alcance de todas las personas de buena voluntad. Sus ideas han permeado toda una civilización de la que nos ufanamos. ¿Cuánto le debemos al principio de la dignidad de la persona humana, que es el supuesto de los derechos fundamentales, o al de que la autoridad del Estado sólo se justifica por la búsqueda del bien común? ¿Cuál es el papel del Decálogo en la moral tanto individual como colectiva que profesamos? ¿Cómo influye la idea cristiana de la familia en el orden civilizado? Vuelvo a ello evocando un texto clásico que he citado en otras ocasiones: "Family and Civilization", de Carle E. Zimmerman. Sus conclusiones son del todo pertinentes acerca de la crisis que hoy afecta a la familia y se proyecta hacia la civilización entera. Para la muestra, el desorden familiar del que ha venido dando tan pésimo ejemplo el Astado. Todo ello sin mencionar el papel que la idea judeo-cristiana del orden cósmico ha jugado como fundamento de la ciencia occidental, que a no dudarlo reposa sobre fundamentos metafísicos.
Chesterton decía que el que deja de creer en Dios es capaz de creer en cualquier cosa. Los que dicen creer tan sólo en la razón la erigen como deidad suprema, sin percatarse de que uno de los grandes logros de la filosofía medieval fue identificarla precisamente con un atributo de Dios que se proyecta en la naturaleza y nuestras mentes. Separarla de Dios es la fuente de múltiples extravíos de los pensamientos moderno y postmoderno.
Los enemigos de la Iglesia Católica y los demás credos cristianos claudican ante la reviviscencia de credos ancestrales que niegan los valores de nuestra civilización o respecto del relativismo ético que mina todo su vigor espiritual, pues, como dijo con gran acierto Dostoievski, "Si Dios no existe, todo es posible". Lo han dicho otros: si todo valor es relativo, nada vale en absoluto. Esos enemigos creen ampararse en valores de cuyo fundamento no pueden ofrecer razón suficiente y son del todo deleznables.
No es la hora de atizar controversias religiosas ya superadas que derivaron en severos daños institucionales, bien fuera en guerras civiles o en regímenes autoritarios. El verdadero liberal, así se muestre escéptico o indiferente en materia religiosa, reconoce la libertad de los creyentes para profesar sus respectivos credos y difundirlos. Y si explora los fundamentos de su liberalismo, se encontrará con las ideas cristianas, tal como lo reconoció Lord Acton.