El funesto M-19 se caracterizó por extorsionar, secuestrar, torturar, asesinar, asaltar, masacrar, falsificar y, en general, pasearse por casi todo el articulado del Código Penal. El actual okupa de la Casa de Nariño hizo parte de esa agrupación que justamente ha sido señalada como terrorista por sus estremecedoras acciones antisociales. Por su complicidad, ha sido denunciado hasta ahora de modo infructuoso ante la justicia internacional (vid. https://www.eltiempo.com/unidad-investigativa/gustavo-petro-francois-cavard-el-hombre-que-lo-denuncio-en-espana-676477) y al parecer se benefició de amnistía e indulto concedidos por nuestro Congreso, aunque hubo de estar condenado y preso por varios delitos. Estaba entre rejas cuando el M-19 asaltó el Palacio de Justicia y se rumora que promovió un motín para escapar de la cárcel con el propósito de sumarse a los asaltantes. Esa sentencia condenatoria lo inhabilitaba para ser elegido congresista y presidente, según los artículos 179-1 y 197 de la Constitución Política, pero cuando el Consejo de Estado intentó pronunciarse sobre el asunto no apareció copia auténtica de la misma, dado que por arte de bibibirloque el original había desaparecido del expediente. El que lo sustrajo incurrió, desde luego, en una modalidad de falsedad documental que nadie se tomó el trabajo de investigar.
Circulan muchos comentarios sobre las fechorías en que dicho personaje participó directamente como integrante de esa organización terrorista. Hay testigos presenciales que lo acreditan como cobrador de extorsiones. Se dice que actuaba además como carcelero de secuestrados a los que sometía a tratos degradantes en las cavidades de las tristemente célebres "cárceles del pueblo" y un pastor cartagenero se ha atrevido a vincularlo con el horripilante homicidio del líder sindical José Raquel Mercado (vid. "Usted torturó y asesinó...", el pastor Arrázola se va contra Petro).
En todo caso, su pasado no es edificante. Se duda, incluso, de que haya sido favorecido por el indulto (vid. Detector: Petro no fue indultado por su paso por el M-19, según MinJusticia - La Silla Vacía).
A pesar de todo lo que grazna en su defensa, bajo su desgobierno el país ha contemplado atónito su condescendencia con la criminalidad, la cual se ha desbordado en estos últimos tres años hasta el punto de que, según denuncias de Fernando Londoño y José Alvear Sanín en "La Hora de la Verdad", cunde el temor de que las bandas de delincuentes que controlan vastos sectores del territorio patrio estén en capacidad de forzar a las comunidades que los ocupan para que depositen sus votos por el candidato comunista. Se estima que de ese modo podría obtener unos dos millones de votos que serían decisivos para llevarlo a la presidencia.
Lo que el que nos desgobierna considera que sería la continuidad de la revolución que él se jacta de haber iniciado acarrearía consecuencias institucionales de tremenda gravedad. De entrada, daría lugar a la sustitución de una democracia liberal así sea imperfecta por un totalitarismo liberticida como el que impusieron los Castro en Cuba, Chávez en Venezuela u Ortega-Murillo en Nicaragua. Si resultare cierto que "Colombia es tierra estéril para las dictaduras", como lo dijo don Marco Fidel Suárez hace cosa de un siglo, el intento de implantar entre nosotros el comunismo estalinista en que el senador Cepeda se adoctrinó en Bulgaria traería reacciones tan graves como la guerra civil y el separatismo de regiones enteras, como Antioquia.
Nadie duda de que la situación en que estamos es compleja a más no poder. Son muy delicados y difíciles de abordar los problemas que el desgobierno actual ha traído consigo. Abelardo y Paloma, que parecen ser los más indicados para enfrentar al candidato comunista, si llegaren a triunfar quedarían en la misma posición de Churchill ante la Inglaterra desorientada en 1940: sólo podrían ofrecer "sangre, sudor y lágrimas" que convocaran la unidad de las fuerzas vivas para enderezar el rumbo hacia el bien común correctamente entendido. Sólo a partir de un gran acuerdo nacional podríamos aspirar a hacer de Colombia el país milagro de que habla Abelardo. Ese acuerdo tendría que considerar unas políticas sociales viables dentro de las limitadas posibilidades crematísticas en que nos dejará el derroche de este desgobierno.
Quizás nunca antes en la atareada historia de este país nos habíamos encontrado en una situación tan delicada como la presente. Todos somos responsables de la suerte colectiva y debemos votar en conciencia para que nos llegue un buen gobierno y cese de veras, como reza nuestro himno, esta "horrible noche".